El conspirador carlista
Texto y fotos: Rafael Castellano (APGE)
Es Propiedad/Rights reserved
En la Biblioteca Nacional de Madrid se conservan las acuarelas del
libro de agitación pornográfica y anti-Isabelina "Los Borbones en Pelota", obra de Valeriano Becquer con comentarios bufos de Gustavo Adolfo. Becquer, así, sin tilde, ya que se trata de un apellido para ellos muy lejano y adoptado por un abuelo también pintor. Éste, quizás para darle empaque a su firma, agregó a su apellido, Domínguez, el de una antepasada flamenca. En el Museo Romántico de Madrid, Saleta de Militares, se puede admirar "El Conspirador Carlista", supuesto retrato de dicho abuelo y realizado por Valeriano en 1866. Obra maestra que encabeza estas líneas.
A partir de la genealogía de los hermanos Domínguez Bastida, alias Bécquer, uno se explica -- no sin interrogantes que luego planteamos -- su larga estancia en la villa de Deba, Gipuzkoa, y su relación con el Palacio de Agirre, antes Itsas Bista, antes de Valmar. Esto último, debido al marqués del mismo nombre, Leopoldo Augusto de Cueto (1815-1901). Cueto había estudiado Derecho en Sevilla. Después fue diplomático en las legaciones españolas de Países Bajos, Brasil y Lisboa. Años más tarde le concedieron los cargos de Negocios en Atenas y Dinamarca. Político destacado que se retira cuando la Revolución de 1868 triunfa, el título se lo concede Alfonso XII al llegar la Restauración. Individuo (socio) de la Academia de San Fernando, encarga a Valeriano seis alegorías de obras dramáticas que nos gustaría ver allí colgadas cuando terminen, a punto están, de restaurar dicho edificio.
La de Ofelia fue indudablemente sugerida por Gustavo Adolfo. Ganándose malamente la vida de chupatintas en alguna oficina siniestra de Madrid, cosa de garantizarse una cesantía, a Gustavo, que era también pintor, le pillaron mientras dibujaba a dicha Ofelia, la de Hamlet, en papel de oficio. El sacrilegio le valió el despido. Luego lo contrataron como censor de novelas... que no censuraba. De nuevo a la calle. Pero vayamos a los apellidos auténticos de los Becquer por vía matrilineal. Su padre fue Domínguez Insausti. Su madre, Bastida Vargas. En este lienzo de gran valía, "El conspirador carlista", se ve al presunto abuelo de ambos hermanos con un ejemplar del periódico "La Esperanza". Algo así como "El Pensamiento Navarro" de la primera carlistada. Debajo de la capa furtiva asoma el cuello del uniforme. No se distingue el sombrero de copa con la cocarda roja. Empuña un bastón-estoque. Es un Aviraneta del otro bando, dada la actitud huidiza y clandestina. Nunca han sido extraños los apellidos de origen vasco en Sevilla, desde que existiese la Casa de Contratación de Indias. Eran buenos marinos, pero sobre todo grandes calígrafos, escribanos y cartógrafos. Que la relación con los revoltosos del Norte, aun que fuese sentimental, cundiese entre los sevillanos con raíces en el país Vasconavarro, no es de extrañar. Pero hay más.
Cuando se quedan Gustavo Adolfo y Valeriano huérfanos (eran ocho hermanos) al primero lo matriculan en la Escuela de Mareantes de San Telmo, en la ciudad del Guadalquivir. Su destino es de piloto de altura. Carrera que truncará -- tiene diez años -- la demolición por Real Orden de dicha Escuela de Náutica, fundada en el siglo XVII por el gremio de Comerciantes. Real Orden que firma Isabel II. Se instruirá el crío de modo autodidacta en casa de su madrina, Manuela Monchay, que le acoge y le proporciona cariño y libros, muchos libros. No navegará. Le cambia el rumbo la realenga voluntad y volcará sus entusiasmos en Zorrilla y Horacio. Deseará emularlos. Pero, dado el libelo, acuarelas y comentarios en verso libérrimo que dedicaron a Isabel II, se vislumbra que aquel derribo del Colegio de Mareantes de San Telmo no se les había borrado de la memoria.
Investigado lo cual, se pregunta el habitante de siglos venideros qué diablos hacían los Domínguez-Bastida-Insausti en el Palacio de Cueto, de Deba, que por entonces se conocía como Palacio de Valmar, marquesado que al dueño otorgó Alfonso XII, hijo de Isabel II. Sabiendo perfectamente el anfitrión que los dos mozalbetes trotamundos allí alojados tiraban por otros catecismos políticos
y que no se detenían ante la sátira más cruda y de lesa majestad. Eran días de supervivencia, que no tenían nada que ver con las ideologías, si es que éstas existían. Se vendía el alma al diablo. Gratis.
Entre dos lienzos, mientras se secaba la imprimación, Valeriano tuvo tiempo
para trazar grabados como el de abajo, "Aldeanos de Loyola", parte de una serie costumbrista que le hizo recorrer territorios diversos, Marruecos incluido, y que le sirvió de sustento. Brevemente, como buen romántico, se buscó la vida hasta perderla, muy joven. Dejó solo, por pocos años, a Gustavo Adolfo, su inseparable cómplice.
Etiquetas: Oteiza alias Oteitza