Oteiza alias Oteitza XXXX
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"Oye, Tomás, he visto en un escaparate una colección tuya de fundiciones". "Imposible, hace mucho que no hay nada mío en tiendas, aunque yo sigo trabajando, eh". Lo enfatiza porque es su cumpleaños: ochenta. "Pero el estilo, las traineras, las sokatiras, los mariñeles, la pátina semioxidada, de siderurgia"... Alguien tercia: "Serán del hermano de Oteiza, Antonio, el fraile, que se ha puesto a hacer cosas parecidas". "¿El misionero?" "Ése". A Murua, ya diablo sin redoma, se le da una higa que le salgan discípulos tardíos. Sabe que las habilidades propias residen en un ADN ganado a pulso e imposible de clonar.
Una de aquellas tardes, corría el 1981 y nos iban a fusilar a todos, Murua vino dispuesto a la crítica. A la talla y detalle de las situaciones por las que atravesaban (y atraviesan aún) el arte vasco y su escalafón. La postura de Tomás al respecto es, la conserva, tan dura como honesta. Él no le quita valor a los apóstoles, a los consagrados, firmas de todos conocidas, “por algo están allí”. Pero pide, exige sitio para todos.
“Se diría que te duele no estar en el hit-parade de los divinos”, le aguijoneo. “¡No es eso, no es eso! No se trata de que los de siempre sean malos artistas, es que no son los únicos. Mira, hace unos años vino una comisión de alemanes a visitar las Cajas de Ahorros y les hicieron a los delegados de éstas una pregunta que les dejó de hielo: '¿Dónde tienen ustedes el Museo de Arte?' Te puedes imaginar el silencio, el corte. A raíz de aquello se encargaron unas obras a esas firmas destacadas, a las
que sonaban, y se dio por zanjado el asunto. Tú me preguntarás”, le gusta la retórica contra el maniqueo, "de qué criterios se valieron para pedir obra a unos artistas y no a otros. Pues bien, hubiera bastado con una consulta a todas esas personas que en los periódicos y la radio se dedican al comentario de exposiciones”. Y yo: “Esos nombres inevitables, si te fijas, parecen ser los de quienes visitaron el extranjero, que se nutrieron allende montes y mares para aplicar lo allá asumido a lo de acá”. Él: “Tienes razón; pero depende a qué extranjero se vaya. Hace seis años, por ejemplo, fuimos a Yugoslavia. Allí, todos los escultores que fuimos, te hablo de Eslovenia, en el Norte, teníamos que realizar una obra que era para ellos, para el Estado; pero eso sí, a cambio lo tenías todo gratis, la estancia, los alojamientos, los museos. A cambio de que hicieras allí una obra. Pero no creas que aquellas piezas se destinaban al Estado así en abstracto, no: iban a las escuelas, a las plazas públicas”.
Anotemos aquí que, a caballo de los siglos XX y XXI, muchos de los llamados filantrocapitalistas han copiado las iniciativas tardosoviéticas con la particularidad de que lo creado se queda en sucedáneos de Venecia (hay varios) y paradores de lujo por todo el mapamundi dispersos. Allá van a parar, a cambio de ver mundo bien mantenidos y hospedados, estetas veteranos y emergentes a la par. “Y ¿cuánto tiempo pasasteis?” Murua: “Estuvimos dieciséis días. Suficientes para ejecutar una pieza de buen tamaño”. “Y ¿os dio tiempo para ver algo?”. “No, pero en otra ocasión si que pudimos recorrer sitios. De todas formas no había que precisar mucho porque se trataba, ya dije, de piezas grandes, la mía de dos metros y medio y de tipo mural en mesorrelieve . Sin demasiados pormenores, pero bastante más elaborada que las de los otros. Así que fue a parar al Museo, y me llamaron por tercera vez y entonces sí pudimos curiosear más cosas.
Relata: "Entre nosotros se encontraba un escultor negro, cubano, genial: Luis Frometa. Una vez se nos hizo de noche, andábamos un poco perdidos. A Frometa le entró el miedo porque estábamos cerca de la frontera de Hungría y él, por lo visto, estaba controlado, no podía salirse de unos límites y un horario: condiciones de su Gobierno”. “Cuéntanos la impresión de aquel vistazo”. Tomás, vehemente: “¡Luego hablan de los países socialistas! Como aquí”, ironiza. "Al oír a algunos parece como si aquí tuviésemos gangas de ayuda. Todos estos años atrás, en que el artista ha estado desvalido, cómo quieres que hubiera ganas de esforzarse, de trabajar, de investigar, de demostrar lo que uno sabe… Y claro, los importantes son los que suenan en Europa, la del Oeste”. Indago: “¿No será que hay demasiada competencia?”. Murua: “No, tampoco es eso. Lo que pasa es que los buenos, digámoslo así, empezando por el gran maestro Oteiza, que yo sigo siendo discípulo de él en el sentido de que sigo aprendiendo de sus escritos, del recuerdo de todas las conversaciones que he tenido con él, quede esto claro; que los buenos, decía, eran el único tema cerrado de todos los que tenían algún cargo allegado al Arte. La lista eterna, que me parece muy bien. Lo malo es esa cerrazón, ese vicio adquirido de mirar a la firma antes que al objeto”. “¿La solución?” Pausa reflexiva. “Es importante en este sentido, y me da cierta rabia decirlo, que hubiese menos dedicación política y mayor empuje a la cultura. Me sale del alma decírtelo: la autenticidad y personalidad de un país está en su cultura. ¿Es que en política vemos algo sano? No. La política no es sana. No tienes más que hojear los periódicos, sólo hablan de personalidades de partidos que se echan los trastos a la cabeza. ¿Qué me dices, que la política nunca ha sido sana? Todo lo que tú quieras; pero es que ahora estamos en un momento en el que cada vez se la ve más nefasta”. “Pues a veces coinciden arte y política: el ‘Guernica’, por ejemplo”. Y Murua se ríe: “Ahí tienes el artepolítica o el politicarte metido en un cajón. Lo que se necesita es fomentar aquí en Euskal Herria un interés para que los hijos del pueblo hicieran arte como el del ‘Guernica’, si quieres. Pero tratando de que no incida en la política, lo cual en el caso del cuadro de Picasso ha llegado a un límite en el cual el interés por él se reparte a un cincuenta por ciento entre estética y asuntos exteriores”. “¿Qué resulta más importante en este asunto? ¿Qué una Consejería ayude con subvenciones a los talleres existentes, o que funde academias?”. Tomás, sin dudarlo: “Escuelas de Arte. Si han proliferado tanto los talleres autocreados ¿por qué ha sido? Por falta de Escuelas. Hablado de eso, tú fíjate en la lección que ha dado nuestro compañero Reinaldo. Qué demostración ha dado en el Museo de San Telmo, en Donostia. ¿Qué ayuda ha tenido? Nada. Nunca. Y ahora es cosa de preguntarse de qué ayudas va a disponer después de este éxito. Está por ver. Muchas promesas. Ahora bien, lo que debería hacerse sería crear lugares de alternativa al chiquiteo y donde la gente pueda ir a instruirse y a cambiar impresiones. Un centro cultural donde el personal pueda formarse, aprender. Civilizarse”.
Ha sido ligón y guaperas, pero ante todo artesano diplomado cuya formación minuciosa, ciencia exacta, tuvo lugar en la Escuela Profesional de los Antonianos. "Después de la Guerra hubo gran necesidad de producir madera y hierro y eso hizo cambiar de trayectoria en Artes y Oficios. Trajeron maquinaria y nuevos profesores. El Arte era menos importante que los Oficios, mandaba la mecánica y los jóvenes pasaban ya directamente a una fábrica o a varias, rotando por años". El fenómeno no sólo afecta a Zarautz, también a Azpeitia, de tradición mueblista pasada al diseño. Saca su título de tallista y decorador de interiores en Santiago de Compostela. En torno a las Escuelas de Artes y Oficios y su derivación a la industria destaca a Iriarte y José Alberdi; a Arzalluz, Urrestarazu, Odriozola, Hilario Epelde. Así, Murua se hizo experto en decoración antes que artista.Esto último lo ratificó, a modo de rebeldía, con una exposición de encuentring, raíces y piedras de aluvión. Duchamp pasado por Moore. Al contrario que el concitado Oteiza, que lo denominaba encontrismo, él nunca negó las influencias de Moore cuya idea, seguramente, tampoco era idea original. Nace de aquellas cajas y plumieres que de chavales decorábamos adhiriendo con pegamento conchas, magurios y otras pichías pelágicas. Aún las venden en establecimientos de suvenirs de la Parte Vieja donostiarra. Lo de Murua era más fuerte, más provo, más tosco.
Como tenor solista de orfeón, partícipe del Donostiarra un tiempo, fue compañero de cantatas del célebre Amilibia --consigan algún 45 rpm suyo sin que se entere Teddy Bautista -- en escenarios y tabernas. Estamos en la inenarrable década, 1948, y Tomás se peina con tupé de rockabilly. Como a Elvis, se lo iba a rapar la mili.
Conserva orgulloso -- de su buena planta -- una foto de estudio en uniforme de infante de marina (raso). Fue a parar a la Armada porque sabía ya tallar incluso mascarones de proa, de esos que ostentan las tetas operadas. Exhibe la foto de estudio, fardón. Las Ordenanzas de Carlos III, vigentes hasta finales del XX, especifican que irían a servir a la Marina los mozos nacidos en localidades donde se sintieran las mareas en el río. Es decir, que Alzola, Zestoa o Hernani no son tierra adentro. Fue a parar, pues, al destino más desatinado: el Ministerio de Marina de Madrid, sito frente a La Cibeles y muy próximo al Estanque del Retiro. Concretamente, a Murua lo instalan en el Museo Naval. Lo mismo que al mutrikuarra Zumalabe, otro maestro carpintero que realizaba maquetas de buques, allá se estuvo un montón de meses. Alardea de que embelesó a Josune gracias a su prestancia y su voz. Es para preguntarse quién cazó con liga a quién, porque ahí siguen ambos. Inseparables. Flashback a los orígenes. Viene a este mundo en Zarautz, 1928, y se pasa seis años, desde los 14, como se apuntó, en Artes y Oficios: dibujo, talla y modelado. Quisieron convertirlo en delineante, pero se empeña en transmutar de artesano a artífice, artista y esteta. En 1964 se diploma como Maestro Tallista del Arte de la Madera por la Organización Sindical de Artesanía. Pero su primera expo consistió en el encuentring aludido: "Arte Moderno Decorativo: Raíces y Piedras". Tardaría lo suyo, empero, en renunciar a los negocios, a la tienda de muebles de la Calle Prim y dedicarse de lleno a su obra. Pluriempleado desde la niñez, sigue alargando el tempospacio diurno y le da tiempo a cuidar la huerta, las macetas, las flores, las plantas, leer la prensa, crearse una opinión propia, meter horas de taller y cuidar de su museo doméstico, cuyas piezas aumentan en silencio.
Diversificó pronto llevando sus molduras a fundición. A la de González Piris, de Irun, cómo no. Cuida más él de los dos perros, cave canem, que ellos de él, allá arriba, en el caserón de Ulia. Buenos genes.
Tuvo la fortuna de pertenecer a una saga de ebanistas sin ébano. Tallaban ajuares de comedor o dormitorio, vasares de roble, inmensos armarios donde guardar los muchos fantasmas a la naftalina que por Zarautz pululan. En cuanto a la ballena de la discordia entre esta localidad y Getaria, cantada en bertsos épicos por Benito Lertxundi, opriotarra, se encuentra hoy en el Museo Marítimo -- el "Aquarium" -- de Donostia. La mole de quien la cazó se encontraba aún en fase de escayola, hace diez o doce años, en el estudio de Tomás Murua, a quien no le sonroja hacer (también) folk. Un raro. Pero esta efigie en concreto viene determinada por razones de linaje e historia próxima: "Da la casualidad de que el arponero es el bisabuelo de mi mujer, Etxaberroke, que era Roke Etxabe pero le llamaban así. En él se mezclan la tradición familiar y el homenaje a bañeros, chipironeros, rederas y prácticos de astilleros que construyeron los galeones. ¡Cuatro astilleros había en Zarautz! El homenaje es pues, al bisabuelo y a toda la gente que trabajó para la mar". Pregunta delicada: "¿A quién correspondía la ballena disputada?" "¡¡A Zarautz!!" Apareció una ballena, salieron de Zarautz, luego de Getaria y de Orio. Los de Zarautz, este Etxaberroke, le metió el primero el arpón y, según las leyes del mar, suya era la ballena. Aunque los demás le ayudaran a remolcarla hasta Mollarri y allí, a rematarla". Concede: "Los de Getaria se dedicaban más, eran más balleneros, y vino el conflicto y por mala uva se quisieron llevar la ballena. Fue tal el lío que se llevó a juicio y costó 2.000 reales. Se llevó el pleito a Pamplona y pasó tanto tiempo que, claro, la ballena se pudrió". Toda una alegoría procesal.

En el taller, ahora también en su museo particular que sigilosamente se ha instalado en Ulia, hay remeros, buques, lamias provocativas, a veces kamasútricas; el arponero Roke ya vaciado en bronce verdusco de pátinas y con el arpón presto. "Sigo yendo donde el gran Piris, el fundidor, claro que sigue funcionando, anda que no voy veces allá a Irun a trabajar con él". El Primer Premio para el malecón lo ganó Elena Asins con su 'Canons 22' concebido con ayuda de computadora, lo cual produjo unos lamentables episodios de destrozo y expolio que trascendían la polémica. Con Asins también estaremos un día de estos. Tomás nunca se pronunciaría, ni en privado, acerca del asunto. No había ganado (que no es lo mismo que perder) y punto en boca. Sí destacaré que en otras entrevistas ha negado haber tallado abstracto, declaración incierta, ya que aparte de "Nortasuna", en nogal, se ha entregado ocasionalmente a la experimentación. Que ello no le satisfaga es circunstancial.
Aquí llega la confesión en exclusiva. Ofrece al tacto una estatuilla como de tres palmos. Madera aterciopelada, como carne, como cutis. "Esto es", la acaricia, "la maqueta de la grande que has visto ahí, que está en la sala
de esculturas de ahí al lado. Mis obras, mis muchas obras, sobre todo las de mayor tamaño, no las realizo en madera-madera. ¿Por qué? Pues porque como me gusta sacarles muchos calados, muchas formas, se corre el peligro de que al dilatarse no sirvan. No existen maderas como nosotros las quisiéramos. Vamos a las serrerías y allí hay troncos enormes que en el corazón de la madera pueden ocultar vetas podridas; puede también que al no estar secas no permitan las volutas, porque cuanto más grande sea el tronco o el tablón, más tarda en secar. Empiezan a torcerse, a enviciarse". No arrasa bosques, Murua. Pero no se trata de medioambientalismo beato. Donde reside, Ulia, no existen bosques comunales que permitan echar mano de ejemplares difuntos
Te van a copiar la fórmula, le prevengo. "Pues que lo copien. Ya sé de alguien que lo ha intentado, pero hasta ahora nadie..." Deja colgada la frase, como quien toca madera. El acabado: "Una vez hecha la figura,
al carecer de veta no es elegante; pero yo la termino como si fuese un mueble: patino, lijo, le doy el claroscuro; eso es lo que, generalmente, no se sabe hacer". Son mañas y pócimas propias de la vieja Escuela de Artes y Oficios que en Murua se perpetúan. Es como el saber nadar, que quien aprende ya no puede hundirse salvo si bucea adrede. "Puedes hacer caoba, nogal, cerezo..." El mejunje, pura alquimia, se llama fibradem.
Pasamos al aposento de los cíclopes y terpsícores; titanes y gorgonas. "Ésta es madera-fibra, y ésta, y ésta también". Nadie lo diría. Tactan los dedos los alabeos y sutilezas de la materia viva. Advierte Tomás: "Es un trabajo enorme el acabado, eh, siempre que se quiera hacer así. Y no, no corto árboles, menos mal. Y además en este soporte hay una garantía de lo que es la obra, en la madera de árbol, no. Ahora bien", modula, "si buscas un resultado tirando a rústico mmmm ... o antigüedad, no importa. Se trae una madera grande y, aunque se te vaya partiendo, no pasa nada". El tiempo también pinta, puede: pero no esculpe. Tactan los dedos los alabeos y sutilezas de la materia, y es materia viva. Como la que intentó elaborar Prometeo. Significa el remo, para Murua, etnología heroica. Motor prehistórico nacido con el anzuelo, el hacha, la flecha, la rueda, tal vez el fuego. De madera fue y es el remo. ¿Lo seguirá siendo? Contemplé una de sus series en bronce de remeros. Los inconfundibles regatistas de Tomás ciando, bogando, ciabogando o acarreando el remo al muelle, al hombro, los estrobos en el bíceps. "Ya sólo quedan, fuera de la competición, remeros de chinchorro, los que conducen a la embarcación grande. En Hondarribia los botes éstos son aún de madera". En Mutriku, Ondarroa también. Admite que ya han empezado a hacer incluso traineras de materiales sintéticos: plástico. "La madera DM", explica, "se hace con toda clase de desperdicios de serrería, serrines, virutas".

Otro secreto: "Estuve hace poco con el proveedor de remos para las tripulaciones de trainera de Orio, el que los fabrica, y se me ocurrió decir, vaya maderas más estupendas utilizáis ahora, qué flexibles. Él me dijo, del centro del remo hacia las manos el remo ha de ser durísimo, y del centro hacia el agua tiene que ser como un arco que se domine; y yo a él: ¿qué es mejor, ahora que van apareciendo los plásticos, éstos o los de madera? Y me contestó: todavía, todavía, ¿eh?, los de madera".
De todas sus figurillas populares, el remero es su fetiche. Infancia, la de Murua, frente a la mar: atalayeros, algas, calafates, naufragios, mareas vivas. Cómo no va a ganar Castro, si ahora la juventud no le da al tolete ni a la txanpla, si prefiere el surf de las antípodas. Esa infancia la narra y plasma Tomás en formas no exentas de investigación y de sensualidad, cuando las desnuda tanto que las ahueca en relieves insospechados. "La idea siempre te viene a dar en lo que tú sientes", define. "Incluso cuando estás dedicado a la obra más moderna", abarca unas baldas de abstracción, de expresionismo crudo. Como para sí: "Me gustaría hacer un libro con todo lo que he ido creando, de todos los estilos. ¡Un libro sin final, eh! El problema es que las fotos que conservo son de difícil reproducción y, para hacer nuevas diapos o digitalizarlas no tengo las esculturas que se han ido vendiendo por ahí; no, no guardo una lista de compradores. Vete a saber dónde pararán". Reconoce haber vendido mucho. "He tenido suerte con esto de la escultura, formatos grandes, de serie, bronces..." Una clientela muy suya, muy particular: indianos, vascoamericanos. USA, Colombia, Argentina. "Siempre que quepan en el avión, que ponen muchas pegas". Alemania, Venezuela, Francia, esconden asimismo muruas de anteayer. No se concebiría un Murua jubilado. Es persona dinámica y forzuda, bajo lo que queda de su tupé de 'hillibilly' maduro. Tenía, aquella mañana de 1996, las ágiles manos a la obra en su mariñel de novela o, al menos, de copla. No cupo en el espigón, para el que se solicitaban cinco esculturas. Los certámenes son lo que son. Los jurados, inescrutables. Curioso, que el joven Tomás comenzara de mooriano en el 'encuentring', para Oteiza 'encontring'. Recogía raíces y troncos muertos que el oleaje deposita en la playa tras un temporal. Les aplicaba "dos o tres golpes de gubia bien dados y una mano de barniz escogido" y los resucitaba. Su primera exposición tuvo lugar "en los bajos del Ayuntamiento de San Sebastián y la intituló: "Raíces y piedras". Y expuso eso, piedras y raíces algo maquilladas. "Cogí algunas también en el monte, donde hay más diversidad de formas". El crítico oficial del vespertino donostiarra "Unidad", que firmaba "Arramele", escribió por entonces: "Este joven escultor, Murua, ve formas donde no las hay". Que es, en suma, de lo que se trata. Algo tenía que decir ante una muestra que, en un Donostia austriaco, borbónico, chocolatero, rococó y finolis, constituía una actitud 'beat'. Pasó luego el performancista novel a hacer folklore primígeno y motivos populares -- no populistas -- de antropológica rudeza. Ello, una vez cumplido el bachiller de informal. Quien por esos mundos vagabundee hallará, téngalo por seguro, obra de Murua. Un Murua que ostenta el título francmasónico de Maestro Tallista del Arte de la Madera, Diplomado en Dibujo Artístico y Diplomado de Honor por Santiago de Compostela. Guardan piezas de su firma en el Museo de Lujbljana (Eslovenia), en el Diocesano de Donostia, en el ábside de la iglesia zarautzarra de San Pelayo (es imaginero tremendista): en la Diputación guipuzcoana, en el Banco de Navarra. En Ultramar, ya se dijo, permanece disperso. "Ahora trabajo por amor al arte. Y me dicen los hijos, sigue esculpiendo, sigue; ya adivinarás por dónde van..." Y guiña el ojo.

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