Maverick Ink Press

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Nombre: Rafael Castellano de la Puente
Lugar: DEBA, Gipuzkoa, Spain

Nace en Madrid, estudia en el Lycée Français (BEPC por Université de France) y en la RESAD: actor durante ocho años. Entra en La Codorniz, 1961. Publica como R.Castleman unos 700 relatos para la página Tiemble después de haber reído. Cubre la Crítica de la Vida y Huevos de Codorniz. Trabajó para La Voz de España, Egin, Punto y Hora, Interviú, El País, Argia, Reader's Digest, Radio Vitoria , ETB 1, Cacumen, La Hora XXV, Berriak, Cloc, Lógicamente, Kantil, Euskadi Sioux, Ardi Beltza. Elaboró en comic la serie Gabai y la biografía de Iñigo de Loiola. Sus libros: Cosas, anecdotario de Euskal Herria; Tiemble después de haber reído, Vascos heréticos, Sutondoan, La Viuda, Anes Arrinda, Los Anafroditas, Misterio de Vizcaya, Guía de Madrid para vascos, La cocina romántica, Beorlegui pinta el tiempo, Los vascos también ríen, Euskaldun heretikoak, magia eta sorginak, "¡Tiemble después de haber reído!", El Changai (inédita). Sus guiones de cine: Mar Adentro, Bandera Negra, Eskorpion. Envía ensayos al ciberperiódico Rebelión. Weblogs: Maverick Ink Press y El Flexo. Distinciones : La Codorniz de Plata, Legión de Humor y un Segundo Premio de Pintura Plenairista _____

martes, diciembre 02, 2008

Zumeta en Atallu

Pintar sobre el propio aliento
Comenta José Luis Zumeta en voz tenue que pronto cumplirá 70 abriles. Nadie lo diría y además eso no es nada en plena era filosofal. Del cofre donde guardo mis papeles del entorno otéicico, blocs, imágenes, catálogos, galeradas sin corregir, surge un escrito que data de su transición decisiva, 1985. Se le ve, en la foto de aquel ayer, entre rollos de papiros de embalaje como soporte alternativo. Luce más joven que en estas otras; pero no tan juvenil.
Rafael Castellano (texto y fotos-APGE)
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Había roto Zumeta en aquella etapa con un pasado durante el cual se encarnizó contra una sociedad cursi, teleadicta, paellera, benidormiana, dentífrica y modrega que alquila limusinas blancas como ambulancias para hacerse la foto del casorio antes de la luna de miel en Venecia. Estampas aquellas, exhibidas en San Telmo, Donostia, que me entusiasmaron; pero de las que él desistió sin renegarlas. Sólo las relegó y ahora son joyas. Siguió a su catarsis la serie de los papiros, los llamaba, aunque se trataba de cartones de empaquetar. Se había puesto a abstraer como en duemevela, a reducir sus vehemencias en manchas donde bailan como volutas unas siluetas posiblemente más rigurosas en su trasfondo costumbrista, pero esta vez distanciadas del color. Ajenas, quiero decir, a un colorido explosivo que terminaría, en la vida interior de Zumeta, dominando la coreografía. Asomaba ya el fovismo, que es la pintura tiflológica: la de las personas ciegas. El personal invidente también se dedica al arte con pasión. En los tubos que estas gentes utilizan los colores basales vienen descritos en braille en la etiqueta. Pero el artista de las tinieblas, por razones obvias, rara vez se arriesga a la mezcla. Zumeta aplaca esas tonalidades, las transforma en fuegos fatuos. Permanecían, en esta época zumética surgida de mi viejo cofre, 1985, ya dije, ciertos perfiles humanoides a modo de flashes en sordina que emergieran de la danza flamígera, inasibles. Yo -- ejerciendo mi derecho a la percepción que algunos me niegan por no haber pasado por Bellas Artes -- las asimilo al ejercicio de la caricatura decimonónica, ácida, que fortaleció las artes gráficas del siglo XIX. Pintor en París tras pasar por Estocolmo y Londres, Zumeta tuvo que saber de Vernet, Pigal, Daumier -- sobre todo Daumier --Gavarni, Trimolet, Traviès. Sospecho que me repito, pero ni nadie ha leído todo lo mío ni está obligada a ello, y se hace imprescindible insistir en que el jovenzuelo (no juvenil) Zumeta fue dentro del Ez Dok Amairu pictórico uno de quienes obedecieron al axioma de Mendiburu: "Como el salmón del Bidasoa, nos llegamos a mares lejanos para concebir y desovamos aquí, río arriba". Tenían Zumeta y Joxean Artze una Vespa. Artze, en desalmado anonimato, es el letrista de Mikel Laboa, entre otros. Con aquel vehículo neorreal llegaron sin mecánico hasta territorios hiperbóreos. Museos, galerías, expos: más vividuras que vivencias. En Francia, más allá de la Gioconda, conviene observar a pintores callejeros y retratistas al minuto del Sena e inmediaciones de Saint-Julien-Le-Pauvre. O sumergirse en hemerotecas a partir de 1830, de La Otra Revolución que en esa fecha hizo el agosto de todos los caricaturistas y editores de estampas hasta entonces bajo censura. Se abría, ese año, la veda del prohombre. La colección de "La Caricature" resulta imprescindible para cualquier perspectiva histórica sobre el evento. Me dijo Zumeta cuando le interrogué sobre fuentes de inspiración que se había pasado horas y horas delante de la tele y de entrada no le comprendí bien. Ahora constato que estaba en su 1830 francés, ni mayo del 1968 ni vainas. Era "La Caricature" un caos bufo, sanguinario y desternillante. Qué son, si no, hasta la fecha, los acontecimientos políticos cotidianos, las ruedas de prensa precocinadas, los horóscopos de los economistas, la interviú al jerifalte con las impertinencias en dosis de escrúpulo, las moñoñas de ETB que usan el nos mayestático para incluirse en la turba chusmacera con eso de "la crisis que a todos nos afecta" sin perder el aplomo y sabiéndose blindadas para siempre; o las secciones obligatorias de cultura oficial traducida del cool neoyorquino y del Rolling Stone, o los editoriales del si-no-tampoco, el ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio, los pasteleos en los presupuestos. Etcétera. Además de los depósitos del arte que en vorágine napoleónica París y Estocolmo habían concentrado tras intensa rapiña de talentos (y de obeliscos), y no se olvide que los reyes suecos descienden de un mariscal gascón, Charles Bernadotte, en los tenderetes de los muelles parisinos abundan las estampaciones, grabados, serigrafías, hemerotecas de la decadencia. Como Pigal, por ejemplo, Zumeta supo recrear en algunas de sus muestras esa gente que frecuentó nuestras cocinas o salas de recibir. Eran, o son, o fueron, (in)certidumbres vulgares, pero (in)certidumbres al fin y al cabo. El fundamento del artista plástico, en todas sus épocas, hay épocas que duran un día, es que mirar es comprender. Y, si se es lo suficientemente hábil para explicar en tabla, lienzo o cartonaje lo que se ha comprendido, esa tarea entra de lleno en la riqueza sociológica de los pueblos. La Comédie Humaine, el balzacismo, el folletín de
Sue y Montepin siguen vigentes. Cuando uno mira en derredor muchas gentes se parecen a las pinturas y no al revés. No digo de Zumeta, cuidado, que aquel arranque paródico suyo fuese fruto de sus captaciones parisinas, sino que éstas se le asemejan. Muchos nos hemos vestido y peinado, rememoren, según lo dictaban, más allá del Vogue,
los posters de la pelu y similares, El Víbora, Makoki y TMEO. Hay gestos, actitudes o fisonomías que muchas veces nos hacen pensar, en una exposición, que lo que allí se exhibe en estriptís conductual es el respetable y no lo que cuelga de las paredes



En los días de la dubitación, los tardosetentas con un Franco grotesco y tan parkinsoniano que los nodos tenían mucho de cine de los Lumière, José Luis instala un inmenso mural de cerámica en su tierra natal, Usurbil. Es un impacto, un estallido de pelotazos que rompen en centelleos el frontón. Le llevó un tiempo manual, otro conceptual, además de los trámites para convencer a ciertas mentes monocarriles: fue de 1973 a 1974.
A partir de entonces la pintura sin acequias de Zumeta se aproxima (sin intención de seguir maestrazgo alguno) a la idea de la jamsession de un Oteiza -- alias Oteitza -- que transformado en estratega observa la línea de fuego con el catalejo al revés. Habré escrito muchas veces acerca de Zumeta y sus mudanzas de estilo, que no de esencia. Las he atribuido a sus estados de ánimo, lo cual no significa descubrir la pólvora. No quiero decir con esto -- por favor, huyan de la obsesión clínica a que nos obligan ciertos masmedia -- que la expo de éste nuestro esteta en San Telmo, tan sulfúrica, brotara de la aversión al spot y a los telediarios risueños como lavado de cráneo por dentro. Ni que el arte plástico sea una terapia. Zumeta es algo garduño, muy rural y jamás se ha dedicado a buscarse a sí mismo porque intuye que el sí-mismo es lo único que jamás podemos perder: lo llevamos puesto. Eso sí, vamos mutando las células y sus lienzos y estructuras no son ajenos al fenómeno. Todo trabajo, aunque lo insinúen como recibir un salario por hacer lo que a uno le gusta, obliga a un esfuerzo y un tejemaneje muchas veces inaguantable. En ocasiones resulta que es lo único que un sujeto determinado sabe hacer para sacarse los garbanzos. La travesía laboral de las bellas o feas artes conlleva un mareo, una angustia. Más aún, lo trascendental aquí es regresar a lo que se produjo hace años. Tampoco es que el tiempo también pinte, otra sinsorgada: quien pinta es, desde la distanciación, el ojo de quien creó los cuadros. Sólo con ese transcurso de las témporas se satisface. Bueno, se alivia. Parcialmente. Zumeta ha preferido dar paso a escritores para que expliquen, es un decir, sus inefables labores. Es incapaz de discursar en vacío, de toda cultilatiniparla, no se distrae en descripciones cartesianas de sus procesos creativos. Vlaminck, por ejemplo, el fauve radical, lanzó la frase cabreada de que "la peinture c'est comme la cuisine, ça ne s'explique pas, ça se goûte" ante la eterna y fastidiosa pregunta de qué-has-querido-decir-con-esto. Pero aunque su dicterio es un feliz hallazgo retórico, y dado que el espectador se negaba a catar su obra, tuvo que obligarse a escribir acerca de ella cuaderno tras cuaderno. Teoría después de la práctica. Muchos, como Vlaminck, han sacrificado tiempo de creación a esas labores de apologética. Zumeta, no. En ese catálogo para el Museo Municipal de San Telmo, 31 de julio de 1985, que se me ha deslizado entre los dedos al hurgar otras reliquias del baúl, el 'lehen feredikia' o proemio corre a cargo de Bernardo Atxaga. El epílogo me correspondió a mí.
Escribí entonces: "La nueva etapa de Zumeta es un viaje al plano, a los planos, con otra índole de armamentos; un safari con bala letárgica; un alegato contra la placidez, siempre: un cuadro debe desasosegar; Zumeta se ha colgado de la muralla y se entretiene en el vértigo porque la cumbre en sí no es un fin, lo es el trayecto; lo cual no significa que no nos anticipe un trailer polifónico de lo que va a ser el grito sin oxígeno una vez franqueado el repecho y mientras se consulta el mapa en busca de paisajes y eminencias más dilatados. Estoy seguro de que Zumeta me llamó para que escribiera estas líneas acerca de su sustancia exteriorizada -- sus cuadros no terminan en el cuadro -- porque sabe que lo suyo me gusta, me mola y sabe que yo sé que él lo sabe. El misterio está, fuera de todo apasionamiento, en que Zumeta me mostró anteriormente -- y de forma involuntaria, como siempre suceden estas cosas -- en qué se distingue un cuadro vivo de un cuadro muerto; hay trazos, signos evanescentes -- el dedo que se pasea sobre el cristal después de haber echado uno allí su propio aliento -- de mayor entidad y consolidación que otros trabajos minuciosos, virgueros y virgúlicos; porque en muchos casos el arte puede rayarse, rasgarse, quemarse, falsificarse: lo que no puede someterse jamás a estos procesos es el instante; Zumeta tiene algo de animista laico, sabe sugerirnos que está en posesión de arcanos y pócimas para lograr colores no convencionales situados más allá del otro cromatismo. Queda la vibración invisible, llámenlo neurona, ectoplasma o tesis. No se caiga en la tentación de imaginar que nos hallamos ante un Zumeta converso, antagonizado con sus calendarios y sojuzgado por la esperanza. Bajo la pata de terciopelo las uñas del artista felino, hermético, arrancan chispazos y volutas; lo suyo es demoler la cantera con barrenos mixtos de trilita y pirotecnia -- previamente se les extirpó la impertinente geometría a los sistemas --; y
de esta forma nos muestra paisajes ocultos, sublimados en la rutina de una memoria hacia delante; se suplanta la perezosa memoria genética por la memoria genital, la creativa; se recusan los pálidos entornos de la vida misma; Zumeta renuncia -- momentáneamente-- a la explosión en favor de la eclosión. No puede hablarse, pues, de un Zumeta recapacitador o reflexivo, a que este tipo de actitudes o circunstancias requieren de un quietismo que aquí no asoma por ningún lado, ni dentro ni fuera de los forzosos rectángulos u opérculos; un cuadro suyo sigue siendo algo, por lo menos, sobresaltante; un ejercicio de astronomía inmediata; una agregación enharmónica de signos que brillan y mutan sin coagularse jamás; un ejercicio caligráfico que hace la rúbrica inútil. Un Zumeta es ese grito en la noche -- dirigido a ti solo -- que nos arrebata al duermevela y nos impregna de tinieblas de colores. Eso fue lo que dije en 1985. No me desdigo. Agregué, sorprendentemente, un poema telegramático en euskara:
hats eta irrintzi/ zumeta zume/ izan zurrunbiloan/ amets bortitz/ intziri lehertu/ argilunen paradisoan/ margoen altzoan/harramaska/ geometriaren kaleetan/ kromatismoaren zorabioan/ taup/ zirriborro dardarti/ piroteknia salati/muturreko bat/ bide ertzean/ hodei miazka/ zutaz galdezka























































































































































































































































































































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