Maverick Ink Press

kazetaritza, prensa, presse

Mi foto
Nombre: Rafael Castellano de la Puente
Lugar: DEBA, Gipuzkoa, Spain

Nace en Madrid, estudia en el Lycée Français (BEPC por Université de France) y en la RESAD: actor durante ocho años. Entra en La Codorniz, 1961. Publica como R.Castleman unos 700 relatos para la página Tiemble después de haber reído. Cubre la Crítica de la Vida y Huevos de Codorniz. Trabajó para La Voz de España, Egin, Punto y Hora, Interviú, El País, Argia, Reader's Digest, Radio Vitoria , ETB 1, Cacumen, La Hora XXV, Berriak, Cloc, Lógicamente, Kantil, Euskadi Sioux, Ardi Beltza. Elaboró en comic la serie Gabai y la biografía de Iñigo de Loiola. Sus libros: Cosas, anecdotario de Euskal Herria; Tiemble después de haber reído, Vascos heréticos, Sutondoan, La Viuda, Anes Arrinda, Los Anafroditas, Misterio de Vizcaya, Guía de Madrid para vascos, La cocina romántica, Beorlegui pinta el tiempo, Los vascos también ríen, Euskaldun heretikoak, magia eta sorginak, "¡Tiemble después de haber reído!", El Changai (inédita). Sus guiones de cine: Mar Adentro, Bandera Negra, Eskorpion. Envía ensayos al ciberperiódico Rebelión. Weblogs: Maverick Ink Press y El Flexo. Distinciones : La Codorniz de Plata, Legión de Humor y un Segundo Premio de Pintura Plenairista _____

jueves, octubre 09, 2008

Oteiza alias Oteitza XIV

Segundo Ruiz Roca
Deja memoria para largo.
Ha trascendido no sólo por su
prodigioso museo particular, sino en las habilidades de rastreo
intuitivo que supo inculcar en algunos discípulos a quienes ayudó en sus tesinas gracias a sus tesones. Con Segundo Ruiz Roca, albañil, trampero, alimañero y guía beduino de Nabarra la arqueología por libre pierde a un tozudo Livingstone --sin doctorado, supongo -- en Tierraestella y aledaños>>>>>>
Texto y fotos: Rafael Castellano (APGE)
(Es propiedad-Rights Reserved)
Fue Segundo Ruiz un pozo de ciencia intuitiva, un fisiócrata de los que no quedan, una inteligencia en simbiosis con los siglos. Dispuso de los reflejos mentales de un Sherlock Holmes – otro autodidacta -- y los recursos predatorios de un Robinson Crusoe o un Ciro Smith, el de “La Isla Misteriosa” de Verne. Segundo Ruiz Roca discurrió por toda una existencia, que se me antoja tan breve como intensa, recuperando las arqueologías y quimeras de ese gran filón del pasado que es la Merindad de Lizarra, Biana, Ioar y zonas adyacentes. No escaparon de su oxiopía de sherpa ni una punta de flecha, ni un blasón de fachada hidalga, ni una fíbula romana, ni un arpón fluvial, ni una estela discoidea, ni el lugar exacto donde se libró, con esqueletos que lo atestiguaban, una escaramuza de guerrillas. Coleccionaba calaveras de fraile. Quizás, de santo>>>>>>>>>>
Sabía, de paso, dónde levantar una liebre, cómo capturar a pulso grandes culebras, bicharracos que ni Linneo catalogó y lagartos del tamaño de un dragón de romancero que algún cómplice de lesa zoología se esmeraba en taxidermizar. Con idéntico instinto venteaba el paradero de una falcata ibérica, un azulejo de termas romanas, ajuares de los días del Bronce, un cachorrillo de bandidaje, osamentas de apestados o una tercerola de la Segunda Guerra carlista. Conoció toda grieta susceptible de revelar un hueso, una bala, una llave de barbacana, una momia eremítica o cualquier otra esquirla de la Historia. Y botánica: "¿Qué ramo lleva esa señora?" "La flor del espárrago, coñe, la flor del espárrago". En Biana me señaló la losa de Cesare Borja, "Aut Caesar Aut Nihil". A cien varas del interior de la catedral donde fue de primeras enterrado. Tras la excomunión sacaron sus despojos del recinto sacro, la iglesia de Santa María, templo y fortaleza que se edificó entre 1250 y 1329 y cuya portada, añadida en el XVI, dio sombra renacentista a su sepulcro. Éste quedó en mitad de la calle para que chusma, bestias, rebaños y carruajes lo pisaran. Cosa que hicieron durante siglos.
Borgia -- Borja, oscense, de Osca, de donde procede óskaro-eúskaro, algunos quieren que 'etrusco' sea la raíz -- había fallecido en combate, mejor dicho en asechanza, en Mendabia, 1507. Luchaba como agramuntés a favor de la independencia del Reino de Navarra contra ese puzzle imposible que se iba preconstruyendo, o se preconstituyó siglos después gracias al Florido Pensil, llamado España. Existe un monumento muy regio de Cesare Borja en bronce, obra de Fructuoso Orduna, posterior a los anatemas que sobre su persona se volcaron. Se erigió en 1965 y más vale tarde que nunca. La losa maldita, empero, seguía allá donde estuvimos y muy cerca se situaba una Fábrica de Antigüedades. Como se lo cuento. No era Segundo de ese cariz.Cuando el viudo y ya vejestorio Fernando alias El Católico pretende seguir reinando en una Castilla donde no rige la Ley Sálica (en Aragón, sí) se le insinúa que allí como consorte ya no pinta nada, que la Reina de la sangre es Juana, a saber si loca o enloquecida por los cronistas. El nuevo consorte es un joven austriaco apuesto y buen pelotari: Felipe el Hermoso. De regreso a su trono de origen, casaría el decrépito Fernando con Germana de Foix para intentar en vano que la descendencia propia impidiese para siempre jamás que Aragón y Castilla, de nuevo desunidos, y con cuyos cortesanos estaba cabreadísimo, volvieran a juntarse. Curioso que el Papa Borja llevara entre sus apellidos el de Santxonea, propio de más de un agote baztanés. Por eso las postreras fazañas de Cesare Borja, nombrado Condestable de Navarra por el bando de Agramont -- contrario éste a que Nafarroa y Castiella se integrasen en uno -- lo fueron contra el Conde de Lerín, Luis de Beaumont. Ordenó Lerín que se le hiciese emboscada a Cesare, contra la historia procastellana de que falleció en una refriega ocasional. Lo que sigue lo cantaban los beaumonteses cuando los Labrit hubieron de pactar con Beaumont:
"Labrit eta Errege/ aita semea dirade/ Kondestable Jauna/anaitzat artu".
Traducido: Que los Labrit acogieron como hermano a Borja. Allí, insisto, estaba la losa, y no creo que siga en su lugar porque Viana se estaba derruyendo de esa forma que tanto detestaba el albañil sostenible Segundo Ruiz Roca, rey del adreilu y las losas caravista. Sabía algo de euskara. Cuando le convenía. En una de las iglesias, a todas tenía acceso, me condujo hasta el sarcófago de vete a saber qué otra eminencia o príncipe renacentista. Solían acudir a él para alzar la tapa en caso de exhumación o traslado. “Se ve la figura en un segundo, como una estatua de polvo, y luego se desvanece y todo queda en ceniza, aquí había un infante, moví la losa y pudimos verlo”. En voz baja, reflejo adquirido que no logramos trasladar al patio de butacas del cine. Luego, señalando un convento de monjas a través de la ventana saetera: “Eso lo quieren derruir, también, es edificio de valor, ya se hará algo”. Contratista por oficio y para el sustento, conocía el límite sensato entre la necesidad de hormigón para edificar y su derroche en especulación territorial. Sólo hace unas semanas supe de su fallecimiento. Otro que se va muy joven. Malogrado ingenio. Nos puso en contacto Fernando Beorlegui, el eminente navarro de Eibar que además de pintor, o precisamente por ello, sabía rodearse de geniecillos de aldea, de pícaros sin biógrafo y de maritornes vasconas, modelos ulteriores para el lienzo y temple desde la memoria onírica. Se empeñó, digo, en que Segundo y yo nos conociésemos. Frikis declarados ambos -- Segundo y yo -- la sintonía fue inmediata y ya nunca me negaría información, ni una cita en exclusiva, ni una próspera caminata por sus dominios. Que la senda es de quien la transita. Tuve asimismo a través de Beorlegui noticia de Zurbano, otro filósofo de Lizarra.También, de la pareja de taberneros del puente viejo que lleva a la Rúa, la Judería, la barriada de Segundo. El ventero era un numismático que adhería sus billetes republicanos entre los vasares de botellas. Tratante en tagarninas, cuando quise saber de dónde importaba aquellos puros tagalos, helicoides, me respondió que crecían en Los Llanos, parque contiguo a su chiringuito, y que, como con las setas -- o los espárragos, o los pimientos morros de Lodosa -- había que ser experto en las épocas propicias. Ni guiñó el ojo. Supe de inmediato que aquellos vegueros asimétricos, hoy pecaminoso veneno, eran de contrabando. O sea, ajenos al monopolio. Acompañé a Segundo Ruiz en sus rastreos durante jornadas añoradas de mediados de los 1980. Aprendí de él a senderear siempre en busca de algo inconcreto que siempre aparece. Herraduras, piedras de honda, caracoles fósiles de tierra adentro, manzanas (este año, buena cosecha). Llegado el caso, sencillas pero exquisitas moras, 'masustak'. También, faltaría más, 'basaranac', palabra de la que procede 'pacharán' y que significa ciruela selvática. Pesquisábamos a brincos y pestañeos. Sin cronometraje ni esa fiebre lineal del fitting ciego, sucedáneo de la mili que algunas damas se imponen para ahuyentar el begizko que hoy es el estrés y ese birau que conceden los michelines y pistoleras. Undós, undós, mirada al frente. Eso no es pasear. Concedamos que cuanto más flaco y elástico, en más estrechuras de espelunca -- lezea -- cabes. Se corren riesgos yendo solo, aunque tampoco ayuda en nada una compañía gafe, timorata y sin fe en los hallazgos inesperados. La estepa pertenecía al estepario Segundo, las cárcavas rocosas eran su atmósfera de liquen y sílex, las marismas fluviales su espejo. “Eso es un jilguero, eso una chotacabras, eso un pardal, eso un azulón, eso un somormujo, y si vienes de noche se oye al buho que es gran duque; y eso un verderón, eso tordos en celo, me iba describiendo, señalando arbustos o copas de árbol, como quien enumera instrumentos de una orquesta intepretando a Strawinski. Un Von Karajan selvático, Segundo. Nervudo, córvido, infatigable, me invitó el primer día a recoger fragmentos de vasija en cerámica de la Edad del Hierro. Él marcaba la senda, ágil como un simio. Bueno es recordar que todos somos primates, que pasarán millones de años y seguiremos siéndolo. La ventaja, que nunca habrá dos idénticos. También buscábamos, me indicó, añicos medievales caídos al camino por un terraplén a raíz de unas excavaciones clandestinas practicadas en territorio de Los Arcos y que duraron, agárrense, dos años hasta resultar detectadas y paralizadas por los federales, qué digo: los forales. La ilusión del inexperto me movió a recoger un sugestivo cacho rojizo de cerámica o algo similar. “Eso no, cagüen el Diablo colorau, eso es un trozo de botijo”. No es tan fácil. Le enseño otra, al rato: “Eso es un cacho de teja, hombre: siglo XX”. Unas horas antes, Segundo, nada más recibirme en su casa-museo de la la vetusta Judería, con cuyo entorno encajaban sus rasgos, me condujo sin preámbulos hasta el último desaguisado por él descubierto. Se trataba de un escudo nobiliario desprendido al restaurar una casa antigua y que manos sin escrúpulos habían arrojado al Urederra. Nuestro trampero lo rescató con su cabrestante, poniendo a continuación el grito en el cielo y averno. Fue su debut en prensa, todo un scoop local. Dijo, sin fingir modestias, todo lo contrario: “Como yo, hay delegados en cinco zonas y en contacto con la Universidad de Navarra. Son las zonas de Zudaire, Mendavia, Sangüesa, Pamplona y Javier”. No tenía Segundo – por fortuna, quizás -- lo que suele entenderse por estudios. “Ninguno de los prospectores de la zona los tiene, excepto Ángel Elvira, que es maestro nacional, pintor y arqueólogo. Pero realmente se necesitan unos conocimientos grandísimos; porque te voy a decir la verdad, por aquí pasan licenciados y universitarios para hacer la tesina y nosotros les vamos enseñando las atalayas, los montes, los desfiladeros, las vaguadas, que no se los saben; ni si es una vía romana, que siempre se sitúa junto a ríos, riachuelos o mares, o de la Edad del Hierro o del Bronce, que suele ir por arriba; o del Neolítico, también cerca de los ríos y las montañas. Aquí en Montejurra, que es sitio extraordinario, se han encontrado puntas de flecha, hachas pulimentadas, la vasija con las cenizas...”
He aquí la trampa o truco de Oteiza alias Oteitza y su obsesión con el cromlech vacío que se hermana con la idea de Anaximandro de que el mundo es un infinito hueco con objetos que flotan en él. Nunca quedó absolutamente vacío ese microlito celta instaurado en zona de bascones y que se empecinan en atribuir a íncolas.
Es de necios, pienso, empeñarse en convertir a los vascos en alienígenas caídos de un aerolito e incapaces de migrar de zona circumpirenaica. Las escarpaduras de Biana, de Ioar (1.414 m) se presienten habitadas en principio por tribus subvasconas de berones y aquitanos. Es decir, preindoeuropea. Cierto, pues, que primero hubo castas indígenas a las que se mezclaron celtas, los de Stonehenge y otros santuarios hábiles para el cómputo de solsticios, o de imitación firmamental para calendarios de sombra. Los iberos son los últimos en arribar por mar a la Península. Cuando en Nabarra se asientan las razas híbridas, todas montaraces, ello tras varios desplazamientos y vaivenes del clima, quedarán sometidos a toda suerte de influencias exoculturales. Y no las desaprovechan. Cualquier inventiva ajena engancha en una civilización ávida, como hoy, de tecnologías punteras, de I+D+i que equivale a espiritualidad avanzada. De ahí la sucesión de herejías aceptadas en Vasconia porque desterraban creencias ya caducas. En el centro del cromlech se vertían los restos incinerados del difunto distinguido. Desde el inmenso instante neanderthal, especie que controló el fuego, o sea, la energía nuclear de uso doméstico e idolátrico, y más tarde, durante los milenios de coexistencia con el cro-magnon, se sepultaba al cadáver con ataduras. Para que no regresara a atormentar a los vivos. Así pues, no se comprende esa insistencia debida a Barandiaran -- cuyo aspecto era de homo calpensis -- de que un clan de vascones-berones descienden del Cro-Magnon, al fin y al cabo apreciación creacionista: Cro-Magnon es belleza, Neanderthal fealdada. Encima, apolíneo. Sólo que no hay generación espontánea de cromañones en zona cántabroaquitana. De otras castas precedente surgidas de otras más primitivas emergerían de forma, siempre, paulatina hasta lo imperceptible.
A saber cuándo, y debido a qué supersticiones o religiosidades, se pasa a hacer trascender el cuerpo difunto con el fuego, después con la tierra. Por consiguiente, nada de cromlech vacío. Nunca lo estuvo. Favorecía ese ilusionismo otéicico el que sólo aparatos tecnológicos avanzados, de los que pillan el desoxirribonucleico, las hubiesen discernido de la greda. Bajo el dolmen, en cambio, los restos incinerados se protegen con urnas toscas y pueden localizarse. Ilusionismo, pues, el 'erre ke erre' del de Orio. (Vean la etimología pasada a lo coloquia en castellano. Erre-ke-erre: quemar-humo-quemar). Todos los fines de semana – es oficio de solteros solitarios, el de ojeador de arqueologías – practicaba Segundo su huroneo como agotador reposo tras los cinco días de andamio y palustre. Vistiendo, desafío a quienes se disfrazan de boyscout, el pantalón de cristianar con raya bien planchada y un niki de cocodrilo. De mercadillo, que como los duros sevillanos llevan más ley que los auténticos. Repeinado y dandi. Era su casa un batiburrillo de vestigios, una almoneda paleográfica donde un caos euclideo -- hoy fractal -- se organizaba metódicamente. Poco a poco fui constatando que Segundo Ruiz peleaba contra la entropía cultural, el urbanismo bursátil y las visitas guiadas que prohíben que se deambule libremente, como antes, en los recintos con precinto. “Esto que ves aquí son los molinos, los tornos, todos encontrados en superficie” – que quede claro – “en Espronceda, en Los Arcos, en Estella, en Muniain, en Oteiza. Y luego, aquí tienes estelas funerarias y escudos del siglo XVI”. Sólo hacía de cicerone si se le pedía. Lo demás, dejaba al curioso subir y bajar las escaleras de su casón, examinar el botín, ¡tocarlo!
Me extrañó un cipo o idolillo que disonaba allí incluido, y pregunté a ver de qué época y procedencia era aquello. “Ése le he hecho yo”, sonrisa de raposo, de oreja a oreja. Según dijo, lo colocaba allí por si le venía un enteradillo de tres al cuarto y lo designaba como iconística cartaginesa, o totemismo del magdaleniense o musteriense. Para pillarlo en un renuncio. Qué hombre. Su predilección, el Neolítico y las Edades del Hierro y el Bronce.
“Y luego, lo medieval, que de eso en Estella hay cantidad, por ejemplo la Judería, aquí en la Rúa; y los castillos, lo que queda, que el Cardenal Cisneros se empeñó en demolerlos todos. Y aquí tienes los sílex de Cascante, y monedas también hay cantidad. La última que me encontré en Montejurra hace siete meses es de 1575, de Castilla y León”. Saltos de época en época, de era en era, en piruetas de milenios, mientras mostraba el surtido de bifaces, arsenales, osarios, culebrones en vasijas, cornucopias con fantasma dentro y bestiones -- gárgolas -- carcomidas por la desidia. Muy valioso todo cuanto rescató, si se ha conservado.
Había en la escalera espadones en panoplias, mosquetes, dagas, joyeles visigóticos, calaveras que acariciaba algo sardónico, como Hamlet con la del bufón Yock. Y grifos gigantes de embalse, y
una Santa Teresa con su pluma. Junto a ella, el famoso cartel
para lugares públicos de “Se Ruega Hablen Bien”. (Como el actual “Por Favor, Apaguen El Móvil”).
Tenaz hormiga humana, todo lo linceaba y recuperaba para después arrastrarlo a brazo hasta su vieja casa y almacén. “Yo empecé de chaval con la cosa de la paleontología, fósiles y eso. Los tengo a montones. Fíjate en éste, que bonito, un caracol que para mí es del Terciario: tiene ciento ochenta millones de años”. Se me puso cara de vértigo y Segundo lo malinterpretó: “Sí, hombre, palabra de honor”. Y exhibía otro, y otro, y muchos más. Nunca puso límites a sus rastreos. Desde el Terciario en adelante. Trilobites y trabucos. Conchas marinas de tierra adentro y tahalíes carcomidos. Bombas de bombarda y granadas de anarquista de tebeo, de las metálicas de mecha. Lo que hubiese. “Aquí, a dos kilómetros de profundidad, sacas cosas del Primario. Los alemanes, con unas cámaras para sacar petróleo, sacan las estrellas y los fósiles de esa época”. En Nabarra, efectivamente, se hicieron prospecciones de hidrocarburos en capas de bituminosos de la zona de Agoitz, y lo aproveché para la trama del guión de la película “Eskorpion” que dirigió Ernesto Telleria y protagonizaron François Beaukelaers y Jean Claude Bouillaud con Klara Badiola, AgnèsChateau, Antonio Resines. "Eskorpion" fue filme vapuleado con saña virulenta por el crítico Santiago Aizarna, cinéfilo detenido en Truffaut y Françoise Sagan. Tuvo éxito "Eskorpion" en Francia, donde por fortuna no se lee "El Diario Vasco". Vean de nuevo que lo que se crea con gran esfuerzo, tiempo e inversión fiduciaria e intelectual, lo tumba en media hora un comentarista borde. Quise cerciorarme, durante la investigación previa a la sinopsis, de lo que se me comentó una noche en Agoitz. Segundo me respondió en su jerga particular. “Yo creo que aquí hay cantidad de tapones” -- yacimientos petrolíferos -- “en Santa Bárbara, en Cirauqui, en la parte de Eguskitza; o sea, cuando yo salgo al campo veo los tubos ésos. Para el día de mañana, si pasa alguna guerra mundial, España ya sabe qué hay”. Me concedió así, a su manera, la solución al núcleo de la peli, la localización de exteriores y un plan energético de emergencia por entonces enfrentado a otras alternativas que todos temíamos y tememos. Hoy, lo que pasa, es que el crudo resulta más caro extraerlo que venderlo, porque va muy barato el barril. Es decir, exactamente lo mismo que en Senegal, donde los trapicheros globales prefieren los diamantes y el coltan.
Segundo estaba dispuesto a facilitarme datos al respecto, pero en ducha fría. “Los alemanes dicen que no hay”. ¿Intereses, mar de fondo? “Aquí en Estella se han hecho pruebas, por medio de unos cables iba un camión y según los movimientos lo iban dibujando”. De nuevo, la esperanza: “Entonces, sí que hay petróleo”. “Sí, sí, sí, yo creo que sí que hay. Gas, al menos, sale cantidad. Y otra cosa. Hace poco se anunció en Estella que había minas de oro y lo han denunciado a Madrid. Debe haber un filón desde la parte de Santa Bárbara hasta Berástegui”. Si antes lo pienso... Era lo que le faltaba a esta comarca bronca y fronteriza, a este Far West de la Nafarroa honda, para asemejarse a las descripciones noveladas de Pablo Antoñana: botín y fuego. Y uno veía ya a los lugareños con los calzoncillos totales, de batidor de auríferos, que siempre usó Jorge de Oteiza. ”Aparte de todo cuanto veo aquí, ¿tú has descubierto algún tesoro?” “Bueno, por ahora el tesoro que me he encontrado en Espronceda era un colgante muy bonito, un diamante que me robaron de la Casa de Cultura entre los días 1 y 10 de mayo de 1982. Levantaron la vitrina y se lo llevaron: lo estábamos exponiendo allí”. Yo: “Se supone que cuando pillas una cosa de ésas hay que dar parte a la autoridad”. Él: “Hombre, si es de superficie, realmente no. Tú te encuentras eso por el campo, por ejemplo en el yacimiento éste, y lo puedes coger perfectamente. Ahora bien, si excavas tienes que depender de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas de Madrid... Bueno, ahora no, ahora tenemos una Autonomía y dependemos de la Institución Príncipe de Viana”. Luego me revela una de sus añagazas para cumplir relativamente la ley: “En época de arar, voy detrás del arado y recojo lo que va dejando al aire, que suele ser mucho”. Raro sería dar con otro personaje más en simbiosis con su tierra, con toda la tierra, incluyendo los edificios, las catedrales y basílicas, los cánticos del alimoche, los héroes en neblina medieval, las viejas bordas de adobe con sus cicatrices de metralla de arcabuz. De repente localizaba un erizo huyendo hacia la quebradura más insospechada, o te identificaba los gorjeos, además de los ya citados, de la abebuta – abubilla – y el pálpala de la codorniz. O te señalaba una por una todas las plantas medicinales de la tundra navarra, engañosamente uniforme en
la zona de Lizarra y aledaños. Era la suya una ecología espontánea sin una brizna de retórica ni apocalipsis. Sin el evangelio mercantil, pisaverde y algo beato que ahora contiene el término.“Oye, volvamos a lo del robo del diamante”. “Pues estábamos exponiéndolo cuando hicimos la monográfica", rememora, "y en un descuido que hubo levantaron la vitrina y se lo llevaron. Había tres colgantes, que eran el de Espronceda, el de Ordoiz y el de Dicastillo. Y fueron a por el mejor, a por el azul, muy bonito, ya lo verás luego en fotografía. Me pidieron fotografías varios, e incluso una persona que no quiero nombrarla... En fin, que no sé más”. Claro que sabía. Pero otro de los atractivos de las jornadas con Segundo era su carácter que oscilaba entre la pedagogía caiga quien caiga y el enigma. Esta vez se desahogó: “Yo, para mí que es una norteamericana”. No facilitaría más detalles indiciarios. Me dejó más acá de la duda razonable y además la súbdita USA ya se había reintegrado a su país. Échale un galgo. Seguimos recorriendo la casona de Segundo Ruiz Roca, dos o tres veces, incluso en fiestas de Lizarra y yendo él con el pañuelico de los encierros sobre niki blanco de cocodrilo. Manía o talismán. El desorden, en el museo, era sólo aparente. Todo lo tenía fichado y etiquetado en archivos alfabéticos de cartón. Me enseñó, en efecto, la foto del diamante azul, un caso para Hércules Poirot. Era la joya, sin duda, tentadora. Olvidémosla. “¿Con qué medios cuentas? Me refiero a instrumental, porque traerse acá todo esto a brazo ya es tarea”. “Pues para lo único que he necesitado grúa ha sido para ese escudo que ya has visto, que lo han tirado al río. Este otro era de mi casa, y ese otro lo compré. Y éste me lo encontré, fígúrate, al hacer obra debajo de los desagües, enfrente de la iglesia de San Juan, aquí en Estella. Estaba todo cubierto de yeso, ya ves cómo lo ha atacado, lo tuve que cepillar”. Toda la comarca se asienta sobre reliquias. “En Estella he descubierto, por ejemplo, Merkatandoa, que significa en vasco 'mercado viejo'. Y Noveleta, la primera villa romana que hay en Estella, que se decía que había un gran núcleo, pero que nadie sabe dónde estaba hasta que un día en que fui a cazar pollas de agua vi que allí había sigilata. Sigilata y tesala, que es para vasijas finas, mira, aquí tienes una tesala. Y así encontramos aquello”. “¿Tú no crees, Segundo, que esto podría acomodarse mejor en un museo que aquí?”. “Sí, realmente se hará el Museo de Estella,
que se instalará en el Palacio de Navarra, donde la cárcel, y que contendrá el Museo Maeztu, el de Etnografía y el de Arqueología.
Y si no, pues mira, yo lo tendré en mi casa para siempre”.
Pensativo: “Aquí viene gente de mucha categoría, sí, incluso franceses, alemanes gente que muchas veces tiene más
cultura que nosotros”. Como es lógico, más de un visitante le ha propuesto a Segundo Ruiz Roca comprarle sus colecciones. “Pero yo esto no lo vendo por nada, aunque me den millones, porque esto es un orgullo mío. Ya te dije que no tengo estudios, y sin embargo me llaman a veces de la Universidad y hay cantidad de textos sobre los hallazgos”. Se exasperaba, como frente al convento en trance de demolición, ante tantos edificios derribados de cuyo interior desaparecían cuadros, armas, enseres y objetos valiosos que la Diputación no terminaba de recuperar. “Uno por el otro y la casa sin barrer. Se llevaron a San Andrés, se llevaron las antorchas, que las busca la Interpol, robaron en Lizarra, en San Miguel se llevaron el San Sebastián, en el Puy robaron las verjas y me parece que se las llevaron a Tolosa”. En cuanto al famoso escudo de blasón tirado al río, el anatema es total: “Ese señor no tiene cultura ni tiene nada. Ni un chaval de cinco años hace eso. Yo le metía cien mil pesetas de multa y le obligaba a la restauración. Y luego, con su grúa, a su sitio”. Así era Segundo Ruiz Roca, insólito jacobino capaz, que lo valiente no quita lo culto, de defender la heráldica. Pasamos juntos un día de junio de 1983, al que siguieron otras correrías entre cabañas de adobe como las antedichas, aún en pie. Ahora queda averiguar qué fue del fruto de sus días de ocio productivo. Queda conocer quiénes se beneficiaron de sus empeños.
Importante inciso : Qué útil resultaría en estas circunstancias en que Lizarra-Tierraestella busca con desespero rastros que conduzcan al paradero de Maripuy Pérez y por consiguiente a la inculpación de quien la hizo desaparecer, el instinto innato de Segundo Ruiz Roca.
En cuanto a los contenidos de su Museo de la Rúa y la herencia o donaciones del mismo, nos informaremos y un día de éstos se lo contamos todo. Dudo muchísimo que descanse Segundo en paz. Más bien me lo imagino haciendo pesquisas en el Averno y lanzando su “me cagüen el Diablo colorau”. ¿Que si sabía dónde, cómo, cuándo y a quiénes habían fusilado los cuneteros, y dónde yacían? La duda ofende.

Etiquetas:

0 Comments:

Publicar un comentario en la entrada

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home