Repunte al alza de tarifas en Euskal Herria. La ola de frío desinfla el “Gastech-2005”
Corría un cálido marzo cuando el “Exhibition Centre” de Bilbao concentró a 60 delegaciones internacionales de ‘oil sheiks’ petroquímicos. El Congreso “Gastech-2005”, Feria Mundial del Gas, se clausuró ajeno a los inmediatos huracanes en EUA, bíblica coartada para encarecer el crudo y las energías de calefacción en un invierno que en la CAV y en Navarra discurre gélido.
El vulgo, será el alzheimer del superego, pasó página tras la suspensión indefinida de la central nuclear de Lemoiz. Esta ‘joint venture’ entre lo que fuera Iberduero y la filial de la Westinghouse, que manufacturaba reactores ad-hoc, suscitó una de las crisis sociopolíticas más encarnizadas en un territorio de por sí conflictivo. Flashback. La Guerra Fría somete la cuestión atómica USA a censura militar. En 1971, unos 2000 científicos difunden, vía UNESCO, las nocivas secuelas de la radioactividad. Corre el otoño de 1974 cuando Carl J. Hocevar, miembro de la Comisión Atómica estadounidense y artífice de un ingenio de detección de averías nucleares, corroído por la ética, renuncia y rompe el yúyu en las páginas del “New York Times”. En precedente del “Watergate” que jamás mereció ni película ni propaganda, revela los riesgos de las instalaciones del ramo. Un escape ponzoñoso en la Central de Goldsboro (Pennsylvania), en marzo de 1979 y la evacuación urgente de las inmediaciones, le dan la razón. Las autoridades EUA bloquean manifiestos, efecto dominó, de sus colegas. Siete años duró la cuarentena del “informe Brookhaveu”: un fallo de reactor, avisa, puede aniquilar a 50.000 personas. La “Union of Concerned Scientists” aumentaría la cifra de ‘casualties’ a 125.000. Chernóbil, con su hecatombe de abril de 1986, iba a dejar cortos a todos.
Las compañías energéticas EUA, ya hacia 1971, difunden por el globo terráqueo (globalización) una industria indeseada en casa. Su Gobierno, sobrepasado por las opiniones científica y popular, impone medidas de seguridad exhaustivas en el proceso. Qué mejor julai que el Régimen español, colonizado, decrépito, tecnócrata y desarrollista a tumba abierta. En los 1960 ya ha erigido Zorita, Garoña y Vandellós. Una vez en el cepo otorgará licencia para, partiendo de la ensenada vizcaina de Armintza (rica en langosta, bogavante y almejas) convertir 50 kilómetros de costa vasca en paraíso nuclear. Se agita la ‘vox populi’ local y comenta que por qué no ubican armatostes atómicos junto a El Pardo. Luego, la Moncloa.
David, Gladys, Ryan…
Incluyen los planes de Iberduero/Westinghouse, 10 reactores (100.000 megavatios). En Lemoiz, 2 reactores: 2.000 megavatios. Las fuentes varían en cuanto a capacidad letal de los residuos; pero la catarata de uranio, estroncio, circonio, cesio-135 eriza, en todas ellas, el vello. ¿El contexto? La argucia eterna de la crisis petrolífera; una débil transición frente al poder fáctico de la Banca tras las exequias del Dictador; UCD y AP frente al PSOE emergente; un prolijo avispero de partidos vascos inconformistas, confrontados y convencidos, en substancia, de lo mismo: no a Lemoiz. Contamina. Irradiaría radio en el contorno. Más de 100.000 personas desfilan por Bilbao, exigiendo que se impida el desafuero, el 14 de julio de 1977. Ratifican la protesta más de 150.000 firmas. En agosto de ese año, la Diputación de Vizcaya desoye a las masas, concede permiso y desautoriza a ayuntamientos y pedanías de la comarca. Lemoiz nuclear se contempla por la ciudadanía vasca como consorcio sin aval gubernativo, o como cacicada sin plebiscito. La refrigeración va a influir en ecosistemas marítimos y en la sacrosanta pesca. Infunde temor. Hoy dirían alarma social. Nadie se fía de unos valedores cuyos escrúpulos, “lejos de mi jardín”, carecen de crédito.
La instalación se cobraría víctimas colaterales al intervenir las ETAs de entonces en la controversia. Un activista, David Álvarez, cae tras varios sabotajes y refriegas con el retén de la Guardia Civil, en Armintza destacado. La posterior manifestación de duelo (pasaría un mes en coma) es masiva. Hábiles conspiraciones con el catastro consiguen, sin incidentes luctuosos, aunque algún conferenciante haya de masticar y tragarse sus páginas por orden de la Benemérita, frenar las centrales de Ea-Ispaster y Deba. Otra instalación más se premedita en Tudela. Se oponen la Diputación del Viejo Reyno y lo que se dio en llamar el ‘carlismo-leninismo’. Cerca de la ciudad del Ebro, 1979, un disparo de las FOP contra una concentración de ecologistas mata a la joven Gladys del Estal. Lemoiz, entretanto, en Bizkaia, prosigue. Completará su edificación. La crisis alcanza su climax más negro tras el secuestro y muerte por parte de ETA del ingeniero-jefe de la instalación vizcaina, Ryan, en 1981. Ello indigna a la comunidad, la desconcierta y divide. Más ataques a Lemoiz se llevan por delante a varios obreros. Un chaval, Alberto Muñagorri, fallece al dar una patada a un paquete-bomba colocado ante las oficinas de Iberduero en Errenteria.
Acciones, detenciones y reacciones enfrentan al movimiento de resistencia y desobediencia civil que insta al impago de facturas de electricidad u organiza “apagones”, y al partidario de la goma-2. Anécdota, una comisión delegada por afectados de la zona nuclear extremeña de Valdecaballeros se persona en la redacción de “Berriak”, publicación vasca contestataria editada con capital del PC (sic) para preguntar cómo pudo paralizar el País Vasco las amenazas radiactivas. Nace así el cándido mito de “esto en el Norte no lo ponen” ante cualquier desmán infraestructural. Ilusos.
La ‘moratoria’ de 1997

