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Nombre: Rafael Castellano de la Puente
Lugar: DEBA, Gipuzkoa, Spain

Nace en Madrid, estudia en el Lycée Français (BEPC por Université de France) y en la RESAD: actor durante ocho años. Entra en La Codorniz, 1961. Publica como R.Castleman unos 700 relatos para la página Tiemble después de haber reído. Cubre la Crítica de la Vida y Huevos de Codorniz. Trabajó para La Voz de España, Egin, Punto y Hora, Interviú, El País, Argia, Reader's Digest, Radio Vitoria , ETB 1, Cacumen, La Hora XXV, Berriak, Cloc, Lógicamente, Kantil, Euskadi Sioux, Ardi Beltza. Elaboró en comic la serie Gabai y la biografía de Iñigo de Loiola. Sus libros: Cosas, anecdotario de Euskal Herria; Tiemble después de haber reído, Vascos heréticos, Sutondoan, La Viuda, Anes Arrinda, Los Anafroditas, Misterio de Vizcaya, Guía de Madrid para vascos, La cocina romántica, Beorlegui pinta el tiempo, Los vascos también ríen, Euskaldun heretikoak, magia eta sorginak, "¡Tiemble después de haber reído!", El Changai (inédita). Sus guiones de cine: Mar Adentro, Bandera Negra, Eskorpion. Envía ensayos al ciberperiódico Rebelión. Weblogs: Maverick Ink Press y El Flexo. Distinciones : La Codorniz de Plata, Legión de Humor y un Segundo Premio de Pintura Plenairista _____

sábado, octubre 22, 2005

Kike Turmix se quema

Fallece el teórico
de la
‘movida’ madrileña
Rafael Castellano (APGE)
Es Propiedad-Rights Reserved

Kike Vitoria, ‘Kike Turmix’ para la discografía y para Malasaña, distrito que revitalizó y regeneró junto a otros ingenios levantiscos en movida de ocupantes que evitaron su demolición especulativa yéndose allí a residir, se largó al otro barrio hecho polvo, quemado y sin chaucha. Acumulaba Kike una insólita erudición en sociología rockera y pop, desperdiciada por los editores. Encarnó su humanidad de dandi búdico sin complejos el tótem de una década pródiga en talentos. El suyo se le reconoce algo tarde, como a Mozart, que fue el ‘punk-ska’ del barroco.


Las cenizas se esparcirán entre sus dos pueblos escogidos, Malasaña, en Madrid, y Deba, Gipuzkoa, donde nació y comenzó sus malandanzas en tenaz ‘agitprop’ de los todos los sístoles, diástoles y seísmos rockeros más novedosos y cosmopolitas. Actuó, cantó y practicó la provocación, sin pasarse de la travesura culta. Pero, lejos de las tablas y los bafles, fue transformándose simultáneamente en teórico, en entomólogo de los valores sociomusicales y en estudioso de los géneros sincopados derivados del rock como paradigma en continua evolución.


Alojado en Malasaña con su envidiable colección de discos y su teorética de cuanto se tramaba en la vibrátil troposfera pop, fue el embudo plenipotenciario que canalizaría la ‘movida’ madrileña hacia unas coordenadas experimentales. Arrebató sus complejos al capitalino sumergido en la cutrez y el existencialismo; concentró a sus talentos dispersos y se movió por esos mundos para desovar en el Manzanares cuanto iba captando. Así imbuyó en Madrid, patria y matria ajena a su condición histórica, sus posibilidades de rebeldía e innovación, más allá de la contracultura oficial. Todo ello sin renunciar, mucho menos renegar de sus orígenes vascos. Visitaba Euskal Herria con frecuencia, practicando la distanciación política, y en ella se casó hace pocos años. Ha fallecido en el distrito que contribuyó, indirectamente, a transformar en divino: Malasaña, o Maravillas, según los puristas castizos. La patata le había avisado hace unos años, pero según los bareros aquello sólo moderó relativamente su condición epicúrea. No es que fuese gordo, es que iba de gordo. Jamás le venció el culto al cuerpo según las proporciones áureas, porque sabía que su obesidad en él trascendía a atributo distinguido, y no a defecto. Su abundoso corpachón, junto con los ojillos chinescos, le concedían un cierto aspecto de atleta de de ‘sumo’ japonés. Siempre, en todos los sentidos de la palabra, se guisó lo que devoró.


Aquellas tribus


Cayó en buen surco su semilla, y de allí surgiría el RRV, rock radical vasco, que Kike desdeñaba sin remilgos como subproducto. En una época de desconcierto y crisis de identidad juvenil, ejerció sobre el escenario, como líder de “Los pasapurés” y “Nacional 634”, un estilo estridente y zoológico, con algo de “Sex Pistols”, acogido por la incomprensión cazurra del respetable. También fue pionero en la cultura de la pegata, las chapas heteróclitas, los pírsins y demás indumentaria que, por cierto afán gregario, a veces rebañego, de las masas conversas, fue distribuyéndose en contraculturas tribales de forma específica. “Sí que existen las tribus urbanas”, admitía desde su sede, al aire libre, de la Plaza del Dos de Mayo, en Malasaña, para añadir de inmediato: “Yo no pertenezco a ninguna de ellas”. Era muy esmerado en lo que a su perfil se refería, y sólo se empeñaba en compromisos puntuales, jamás en sectas o clanes estructurados. Por lo demás comunicativo e hipersocial, su proselitismo obró el milagro y Madrid rompió las cadenas que le mantenían esclavizado a los 40 Principales, los clubs juveniles de ‘musicales’ de las matinés domingueras y los muchos pastiches de los Beatles y los ‘Everly Brothers’ que todos tenemos en el magín, y que por entonces industrializaban un españoleo seudorocker que Kike abominó. Otra fobia, más comedida, hacia el tecnopop lírico, le sugirió un heterónimo artístico que insinuaba, además, su pasión por lo culinario: “Turmix”.


Un ‘gourmet’ estoico


En el valioso cuaderno que obra en nuestro poder, y donde anotamos sus autodefiniciones dentro de una agónica ‘movida’ de finales de los 1980, se descubre que este comilón contumaz se contentaba con poco. Explica: “Durante la semana, el barrio es tranquilo. Te tomas unas cañas, entre ‘El Puerto’ y ‘Marcelino’. Comes en algún restaurante barato.


Con buen tiempo, esta terraza del kiosco es fundamental. Aquí se gestan revistas, grabaciones, exposiciones; y siempre encuentras a alguien. El mejor es ‘El Bocho’, de la calle San Roque. El ‘Pepe Botella’ es caro y hortera. Yo encuentro que en Malasaña falta una casa de comidas madrileña. Como ‘Casa Ciriaco’, sí “.


Entre los CDs perduran las estruendosas grabaciones de cuando regresó a los micros en directo con “The Pleasure Fuckers”. Duraron diez años. La ‘movida’ estaba parada. La coyuntura y otras miras generacionales la extinguieron, obligándole a dinamizar grupos y solistas como manager, promotor de valores foráneos y, en fin, un trajín que su naturaleza caótica y por paradoja sensata no asumía. Fue como uno de esos ‘cracks’ del deporte que luego no sirven como entrenadores o apoderados. De fino olfato de sumiller, se fijaba para su escudería en lo más postinero y valioso de la discografía mundial en una era, el XXI, donde impera lo chabacano y en la que epatar al burgués, ya atrofiado por una inmediatez mediática rosa y morbosa, resulta poco rentable. Estaba, Kike, en quiebra cardiaca y financiera cuando le llegó la hora.


Una vida muy breve, aunque intensa, para una muerte muy larga. Les pasa, por lo común, a los exquisitos y a quienes se introvierten en su proyecto vital sin pararse a pensar en la autopromo. Les pilla el toro.


Pegatinas de Chillida


Cuando el Gobierno franquista decretó instalar en la Costa Vasca dos centrales nucleares, una en Lemoiz y otra entre Deba y Zumaia, Kike Turmix, para algunos pelagatos Kike Bobo (mote que asumió con sagaz inteligencia, identificándose a veces con él por teléfono) repartía a los transeúntes, en Bilbao, las pegatinas que Eduardo Chillida, en su primer anagrama de traza laberíntica, creó en contra de aquel disparate atómico. Se le contemplaba, a Kike, con raras excepciones, como a un excéntrico y un faltón. Era el primer ‘punk’ en la Piel de Toro y el paredro de Sid Vicious, pero sin vicios. Le perdía el paladar, punto.


No faltaban antecedentes genéticos para su excentricidad. Su padre, Isidro Vitoria, era tambor mayor de la Tamborrada de Deba, espectáculo tan bufo como solemne patrocinado por la sociedad gastronómica “Osio Bide”. Un hermano, catedrático en matemática cósmica, hace años que se pluriemplea como celebérrimo payaso de ETB con el seudónimo extraacadémico de “Txilibiton”, junto a Txirri y Mirri. Otro más, conocido en la cuadrilla como “Monseñor”, ejercería con el tiempo de sacerdote y director del Seminario de Derio. Todos se llevaron siempre bien.


En ‘La Vía Láctea’



Tenía Kike, de ahí sus honras fúnebres, un pie en la meseta y otro en Euskal Herria. Analizaba con lucidez cómo se fue desarrollando el madrileñismo militante. Cuando accedió a explicarse, con la movida ya en marcha gracias al motor espontáneo de Turmix y otros apátridas luego famosos, que más abajo se citan, se buscaba la vida, amén de sus magistrales columnas en “La Luna de Madrid” y otras revistas y fanzines, como pinchadiscos en “La Vía Láctea”, una de las criptas más selectas de Malasaña. En esta barriada, como en algunas islas de Oceanía, los días se medían por noches. “Rebelión”, ya lo apuntamos, conserva y conservará las declaraciones de Kike recabadas al respecto de aquel fenómeno parasocial efímero porque, es ley de vida, el sistema lo absorbió y neutralizó.


Se sinceró al anochecer, tirando a fresco, en ese reducto tan particular, de gatos, gorriones y vecindario humilde, cuando aparecían las primeras camisetas de “Iron Maiden” o “Motorhead” pegadas a los costillares de las mozas. Dijo por entonces: “Esto, si te fijas, es como un pueblo dentro de Madrid. El Dos de Mayo es la fiesta del barrio, hay verbenas, aluvión, llenazo y marcha. Pero”, ilustra su dualidad jánica, “lo mejor es cuando llegan las diversas finales con el Athletic. Entonces aparece la banda de ‘Txomin Barullo’ (grupo contracultural del Casco Viejo de Bilbao, al que se le deben los jápenings más notorios de la presunta transición en los 1970) y se confraterniza con los vascos. Gane quien gane. En mayo del ’76 se celebraron las primeras fiestas de Madrid, y luego vino el Carnaval”. Y en el de 1981, Malasaña se llena de Tejeros y de guripas que ofrecían costo en tono de apocalipsis, enróllate, tronko, que se acaba la libertad.


‘Movida’ madrileña



Se crea, así, al socaire del Arco de Monteleón, el madrileñismo. Kike: “Sí que existe una reivindicación al respecto. Antes, ser de aquí era imposible. Nadie era de Madrid. Ahora, los que no somos de Madrid, somos de Madrid. De significar casi un baldón, se ha pasado a que ser de Madrid te dé un cierto tono. ¿Instituciones? Las instituciones han entrado en la ‘movida’ con retraso. No me avergüenza confesar que nos hemos aprovechado de las instituciones a manta; pero, la verdad, no mucho. Resulta incalificable que haya tantos locales vacíos”, predecía el fenómeno ‘okupa’, “y que los grupos tengan que pagarse un tugurio donde ensayar. Porque la música, en lo de la ‘movida’, fue el detonante a partir del Ateneo de “La Prosperidad” (barrio liminal). Luego vino la gente del cine, del cómic, de la literatura y otros círculos: Pero sin ‘Kaka de Luxe’ nada hubiera sido lo mismo. Y aquí hay que recordar al ‘Colectivo Premamá’, a la ‘Cascorro Factory’ y a la obra de teatro de Moncho Alpuente ‘Castañuela 70’, estrenada en 1969”.


La historia se reitera. En Deba, Kike Turmix dejó huella, y se formó un grupo garajero, “Dessakato”, que grabó en maqueta su tema “Alubias para cenar”, y cuyos miembros son hoy ejecutivos, padres responsables y puretas o directores de empresa. Aludía a esta metamorfosis Kike, en 1986: “El jipi del ’68 niega que lo ha sido y va de corbata. Tiene un hijo que se llama Julián y niega haber sido fan de los Beatles”.


Rebatió que el rock constituyese colonización USA: “No creo que el rock como música, estética o ideología pueda ser acusado de colonización norteamericana. El que yo lleve un ‘bandana’ y gafas ‘ray ban’ está unido al rollo que hoy constituye un lenguaje universal. Es más, lo que quieren vendernos los norteamericanos son otras cosas, Madonas y eso”.


Trago de cerveza. “Gente que está en la oposición hace giras contra Reagan. Aquí de lo que se trataba era de hacer casticismo con ‘rock and roll’. Porque es duro que sean gentes de fuera las que pongan los puntos sobre las íes de rock. Ahí tenemos”, surge el entendido, “la banda californiana ‘Love’. Se desarrolló en California Sur, donde existe influencia hispana. El rock pueden ser los sonidos latinos del ‘tex-mex’, o sea, la ranchera-rock. ¿’Rythm’n’ blues? El ‘rythm’n’blues es latino. Tocaban con acordeón. Con acordeón diatónico, como en Donostia”.


Los ilustres: Almodóvar, Moriarty…



“En Madrid están”, enumeró Kike, según nuestras notas, los ‘skins’, los ‘punks’, los ‘rockers’, los ‘mods’, los ‘jevis’. En Malasaña, jevis hay pocos. Se quedan en San Blas. En el ‘Argentina’. Y en el ‘Consulado’ o el ‘Canciller’. Tienden a no moverse de sus barrios. Aquí en Malasaña se aprecia una mezcla indiferenciada de ‘rockers’, ‘modernos’ y ‘punks’. Gente muy joven. A partir de las once, cambia, se eleva el nivel cultural. Es más dilatado. Gente que viene de un ‘Alphaville’, que ha estado en una librería y luego en una galería de arte. Se les ve en los garitos más serios. En ‘La Vía Láctea’, el ‘King Creole’, que cae en la esquina de Corredera Alta y San Vicente Ferrer. Por ahí van mucho Almodóvar, y Alberto Alix, y Antonio Bartina. Y ‘rockers’ de todo pelaje. Por ejemplo, Poch, de ‘Derribos Arias’. Y luego Jiménez Arnau, o Marta Moriarty”. Define su lugar de trabajo, en aquellos días: “La ‘Vía Láctea’ es más estándar. Es obligatorio, más que nada, por su relación con el rock.


Van prensa, música, gentes de distribución. Ahí enfrente, en el ‘Dos de Mayo’, está la sede de la LCR. En cuanto al ‘Choose Me’, puedes ver a la progresía en el poder, al desmadre institucional. Luego está el ‘Café del Foro’ que, oye, el encargado es de Mutriku. Tiene público generalizado. Y se me olvidaba citar a ‘Agapo’. De ‘Agapo’ salen bandas nuevas. Viene a ser lo que fue el ‘Rock Ola’. Siguen saliendo grupos buenos: ‘Desperados’, ‘Enemigo’, ‘Sex Museum’. Ya graban, y mira, son bandas formadas en pequeños clubs. En cuanto la droga, aquí, está institucionalizada”.


Se percataba ya, Turmix, de la decadencia de lo decadente, o postdecadente como moda fugaz. “Esto tocó fondo en 1983. Se vino abajo. Camellos, policías, fascistas diversos casi acaban con el barrio. Pero poco a poco se ha ido recuperando. Aparece menos gente guapa”.



No existía el colectivo pijo-guai, que aniquilaría al panteón mitológico de ‘Alaska’, Bibi Andersen y los Panero. Cumplió su ciclo, Malasaña. Kike Turmix, un enciclopedista con envidiable memoria, genio y figura, en eterno ensueño de un rock progresivo, que no progresista, habita ya el limbo de los rockeros muertos y no toca el arpa, sino la Stratocaster.



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jueves, octubre 13, 2005

El “Puente Colgante” de Portugalete, monumento universal

Puente de Portugalete, cuadro de Onandia, 1992

Por Rafael Castellano (APGE) Es propiedad-Rights reserved

El "Puente Colgante", ingeniería universal
La UNESCO lo incluirá en el patrimonio de la Humanidad

Una bilbainada y un armatoste feo, fue la opinión del vulgo de todo pelaje del fin de siglo y tardorromanticismo vasco del XIX, en plena fiebre del hierro, ante el Puente de Vizcaya, transbordador en estructura de meccano diseñado por el arquitecto e ingeniero De Palacio cuya realización supuso toda una odisea. Porque, para mayor derroche, requeriría el ‘nihil obstat’, carísimo, del más prestigioso experto en la materia: Gustave Eiffel.
A sus 112 años, el Puente de Portugalete, mal llamado “Puente Colgante”, ya explicaremos por qué, es el segundo monumento del contorno bilbaino, tras el Museo Guggenheim, que mayor atractivo turístico suscita. Su barquilla ya fascinó, días después de su inauguración en 1893, a la infanta María Isabel. Tanto, que cruzó en ella la Ría hasta siete veces. Muy borbónico.
La estampa y funcionalidad –cuentan que nunca se ha estropeado- del enorme y folklórico artilugio, rutinarias ergo invisibles para quienes lo utilizan o viven en sus inmediaciones, la ha examinado con la debida distanciación la UNESCO, y ha incluido el Puente de Vizcaya, denominación de origen, en el catálogo de candidatos que próximamente formarán parte del Patrimonio de la Humanidad. Ello, pese al contexto socioeconómico turbulento y agónico en el que fue creado por el ingenio de un ingeniero que, veremos, sufrió lo suyo, Martín Alberto de Palacio; pero cuya ejecutoria corrió a cargo del esfuerzo de una mano de obra cuyas condiciones de vida próximas al esclavismo en las minas de hierro vizcainas y otras infraestructuras encadenadas, todas ellas propiedad de una oligarquía emergente sin excesivos escrúpulos al respecto, resultaron inhumanas.



Quizás por eso mismo, como homenaje a una fuerza de trabajo mal pagada y sometida a condiciones existenciales durísimas, los responsables de la organización tecnocultural e internacional -se informa a Maverick Ink- aceleran los trámites para que el título aludido se haga realidad en breve y la centenaria estructura goce, estas cosas siempre llegan tarde, de reconocimiento y fama en todo el orbe. Se habla de la primavera del 2006 como fecha aproximada de la confirmación y el consiguiente evento. A un paso. Esperemos que el informe final de la UNESCO no renueve las peripecias y controversias, que más abajo detallamos, del Puente en su trance de construcción. La ciudadanía bilbaina, puede el lector imaginarse cómo se enardece, pase lo que pase. Aunque el metálico monumento, consubstancial a cierta neblina de nostalgia no desvanecida, no sea de Bilbao y se enclave en Portugalete y Las Arenas, municipios próximos, pero autodeterminados.

Todo procede, no cabe duda, de un ripio. Para la canción popular, o ‘bilbainada’ que reza: “No hay en el mundo/puente elegante…” había que rimar con algo. Y se endosó lo de colgante a lo que es levadizo: “No hay en el mundo/ puente colgante/ más elegante/ que el de Bilbao”. Ni cuelga, ni es bilbaino. Pero así quedó para la posteridad. Otra copla le hace justicia, y un tenor aúlla lo de “¡Puente de Portuugalete!...” Añade, obsesivo, lo de que: “eres el más elegante”. Y, para que encaje el verso que sigue, de nuevo: “el mejor puente colgante”.

La fiebre del hierro

Una de las últimas actuaciones de la UNESCO, meritoria, consiste en realizar una campaña de recuento y conservación de los grandes artefactos industriales destacados del siglo XIX, fijos o mecánicos. Del siglo de las chispas eléctricas, del Frankenstein de Mary Wollstonecraft y del módulo espacial o el batiscafo del capitán Nemo ideados por Julio Verne, Vino tras el de las Luces de velón del XVIII. Fue el XIX la era de las Grandes Exposiciones y la ingeniería aplicada, amén de los muchos inventos que hoy nos son imprescindibles como utillaje o logística de toda tecnología, por muy puntera que resulte. Enviamos inalámbricos correos y ciberfotos vía satélite a la luz de un flexo con bombilla-Edison, sirva de ejemplo.

Cuando se descubrió que en las entrañas de Vizcaya se escondía un inmenso bloque de hierro muy específico, las praderas idílicas de Sabino Arana y del pintor Arteta sufren un seísmo socioeconómico que durante muchos años, Guerra Civil incluida, determinaría la identidad, atmósfera y biosfera de la comarca, capital incluida. El análisis del mineral lo designaba como el de mayor eficacia para conformar, tratado con cok, un acero de excepción. De ahí las ‘joint venture’ mixtas de la Belle Époque bilbaina con ingleses, belgas y franceses. También, los Altos Hornos patente Bessemer. Cuaja asimismo, por entonces, la anglofilia inmarcesible del bilbaino medio, sólo superada por la ya histórica -- y amorodio -- de Portugal.

Residía el arcano en el exceso de fósforo imbricado en el hierro europeo. En los citados convertidores Bessemer de Gran Bretaña se constató que la inyección de aire en el alto-horno eliminaba el carbono, el silicio y el manganeso siempre y cuando el dichoso fósforo no complicase la alquimia. Los diversos hierros vascos, ‘rubio’, ‘campanil’, "vena, "carbono espático" contenían un mínimo del citado y nocivo elemento. Europa era, así, dueña de la tecnología; Vizcaya, de la materia prima idónea y de una mano de obra tan barata que terminó, gracias al impulso de un revolucionario barbudo, Perezagua, madrileño, artesano de alpaca emigrado; al propio Pablo Iglesias, que dispensaba mítines en el ojo del huracán, y más tarde Indalecio Prieto y otros líderes, rebelándose, sindicándose y, consecuencia inmediata, siendo reprimidas sus manifas -- pacíficas, por cierto -- por la autoridad competente.

Los ‘neguríticos’

A todo esto, como el ciego y el cojo cruzando un arroyo, los vizcainos dueños de filones y los expertos extranjeros, depositarios de la fórmula magistral, creaban prósperas sociedades conjuntas siderúrgicas, mineras, de vías férreas y navieras. Aldeanos de raigambre y, por dicha condición, zorrastrones, los vascos propietarios del tesoro en bruto se negaban a vender la gallina de los huevos de hierro a los socios de Ultramar: se limitaban a arrendarla a sus zahoríes. Se ha dicho que los capitalistas no se enriquecen por ser capitalistas, sino que son capitalistas porque son ricos. Otros sostienen (Marx) que los capitalistas no lo son por ser ricos, sino por ser capitalistas. Sea como fuere la dinámica, los propietarios de terrenos con vetas férricas se convierten a fines del XIX, es un frenesí, en potentados y gentilhombres de suma prosapia. Simultáneamente se crean, como en las monarquías de la Alta Edad Media, clanes mestizos que terminarían poblando el barrio más postinero y protopijo de la margen derecha: Neguri. En 1901 quedaría concluida esta urbanización de lujo, más neobarroca y jactanciosa que elegante, por insistir en el adjetivo.

El tiempo le ha concedido cierto valor arqueológico a sus villas más antiguas y palaciegas; pero sigue siendo núcleo prohibitivo de jeques indígenas. Cierta aristocracia comenzaba a tomar las aguas marítimas en albornoz como terapia cutánea ya probada por la mismísima Isabel II, aquejada de dolencias herpéticas. Se les agregan personajes sin prosapia, pero bajo cuyo terruño subyacen esas vetas de mineral perfecto para lograr un acero de muchos quilates a través de hornos de ciencia-ficción.

Oficios de tinieblas

Los primeros habitantes de Neguri habían adquirido sus parcelas a los avispados contratistas Amman, Aresti y Gorbeña. Éstos se habían apropiado, a bajo precio, de siete millones de pies, próximos a la playa de Ereaga, como Sociedad Terrenos de Neguri. Los revendieron con inmenso beneficio a los cresos de nuevo cuño. La ley, empero, impide cerrar el acceso a la costa, y se narra como anécdota que, al ser invadida Ereaga en los 1960 por la chusma dominguera, los neguríticos, neologismo significativo y aceptado, sólo se bañaban en ella los días de labor.

En cuanto a los machacas que se desplazaron en masa desde zonas deprimidas, a saber, casi toda la España del luto y la legaña, describe Zunzunegui cómo las jornadas interminables, el alojamiento chabolista, la inexistente sanidad, el estoico rancho y los misérrimos salarios de las minas vascas no fueron obstáculo para ellos. Huían de la hambruna del XIX caciquil y se agregaban a la fiebre del acero destripando con barreno, palanca, pico y pala la riqueza natural ya recopilada por Plinio: “Metallorum omnium vena ferri longissima est Cantabriae maritimae parta…” Acudían, recuenta Zunzunegui, “burgaleses, riojanos, leoneses, asturianos, gallegos, palentinos, navarros, aragoneses, zamoranos. En pocos años llegan más de veinte mil. Vienen con los primeros fríos, en bandadas. Tienen un aspecto miserable y triste. Son el desecho de una España empobrecida…”

Se instalan en barracones insalubres que supo narrar con cruda exactitud Dolores Ibarruri “Pasionaria”, nacida en Gallarta hacia el mismo año que el Puente Colgante: 1885. La creciente fiebre del hierro deriva en oficios de tinieblas, jamás remunerados con justicia, algunos repetitivos y monótonos, que el proceso minero requería. Los Altos Hornos de Sestao van creando enjambres obreros, en cierto modo artesanales, que participan en la producción de acero. El poeta Gregorio San Juan los enumeró en una oda al proletariado vizcaino de aquellos días, sin el cual las vigas del Puente de Vizcaya no hubieran podido engendrarse los cercanos Altos Hornos de Sestao.

Relata San Juan: “…veo llegar, formando un río, a los que viven por sus manos. Son torneros, ajustadores, taladradores, punzoneros, martilladores, fogoneros, mandrinadores, fresadores, maquinistas, remachadores, enganchadores, plantilleros, pulidores, bobinadores, trefiladores, escariadores, laminadores, cuchareros, gancheros, galvanizadores, enyuntadores, bruñidores, engrasadores, motoristas, estampadores, decapadores, rectificadores, horneros, terrajeros, encofradores, cepilladores, correístas, desbastadores, cortadores, rebanadores, cargadores, esmeriladores, moldeadores, punteros, areneros, retacadores, sopleteros, fogoneros, calentadores, coladores, atrapadores, recibidores, estuferos, barrenadores, caldereros, entalladores, soldadores, maquinistas, transportadores, maquinistas de sierra, garzones, garzones primeros, gasistas, garzones de pozo primeros, especialistas de primera, especialistas de segunda, maquinistas de cargadora, maquinistas de carro-grúa…”. Buena inspiración para los grabados, en su época comprometida, clandestina, de Agustín Ibarrola.

Altos Hornos en Sestao

Ya en 1885, una década antes de la erección del “Puente Colgante”, el viajero decimonónico Azcárraga describe las primitivas instalaciones metalúrgicas de Sestao, dotadas de sistema Bessemer: “La nueva fábrica ‘Vizcaya’ consta de dos altos hornos de 20 metros de altura y 6 de diámetro, con un volumen de 345 metros cúbicos, los cuales pueden producir diariamente de 100 a 110 toneladas de lingote. Se hallan colocados sobre un macizo o pedestal de 4 metros de elevación sobre el nivel de la fábrica, con el fin de que el día que llegue a fabricarse acero”, eran previsores, “se pueda llevar directamente lingote líquido, sin necesidad de nueva fusión, desde los hornos a los convertidores por medio de un wagon metálico”. Sigue: “La toma de gases en los hornos se hace por dos sistemas central y lateral. Estos gases, después de ser lavados en aparatos convenientemente dispuestos, recorren las 12 estufas, 6 para cada horno, combinándose con el oxígeno del aire que entra por orificios hechos ad-hoc, y se produce la combustión, elevándose la temperatura interior de 900 a 1000 grados centígrados”.


Todos los dispositivos han sido transferidos por el correspondiente socio británico. Así “…las máquinas soplantes son dos, del sistema llamado Cockerill, tipo nº 3, verticales, con cilindros de vapor de baja y alta presión y un cilindro soplante de tres metros de diámetro y 2, 49 de recorrido”. Un detalle de actualidad: “Dichas máquinas de condensación y expansión, con objeto de poder utilizar agua salada tienen condensadores llamados de superficie”. La verde campiña industrializada queda como Azcárraga apunta en su libreta: “Delante, o sea, en las eras, se halla el emplazamiento destinado a la colada, de 58 metros de largo por 12 de ancho, formado con armadura de hierro y cubierto con chapas de hierro galvanizado. Dos focos de luz eléctrica iluminan de noche este espacio”. Ya ha comenzado, 1885, la jornada fabril de 24 horas. “Enfrente hay un puente o estacaduras de hierro de 80 metros de largo a donde viene a descargar mineral de hierro y caliza la Compañía del ferrocarril de Galdames”. Otro chollo de la minería, el transporte, que desplaza a las yuntas de bueyes, como el novísimo “Puente Colgante” desplazaría a las barquillas que, por unas monedas, servían para cruzar el Nervión.

Un fortunón por un dictamen

A todo esto se ha concedido permiso en la “Gaceta” (el BOE del XIX) para instalar en el muelle de la Benedicta 4 grúas destinadas a la descarga del cok de los guiris y la carga del lingote producido en fábrica. El paisaje y el paisanaje han cambiado de forma radical en poco más de quince años. El Puente de Vizcaya, sobre el Abra, sería el remate. No sin dificultades. Por ello no vamos a obviar, sería injusto, al emprendedor, al ingeniero De Palacio, que también tuvo que sufrir lo suyo y percibir unos honorarios inferiores a los de la máxima autoridad metalúrgica de entonces, Gustave Eiffel, el de la torre-suvenir erigida en 1889, cuya opinión sobre el Puente se requirió sin reparar en gastos. Bilbao es Bilbao. Antes, Eiffel había instalado algunas esclusas del Canal de Panamá y el Puente de Burdeos. Una eminencia.

Recuérdese que el Museo Guggenheim, por otra parte, y ya que lo hemos citado, fue motivo también, como el propio Puente del que tratamos, de agrias confrontaciones al erigirse durante otro fin de siglo, el del XX. Si en este caso se puso en entredicho la seguridad del componente titanio, cuando se proyectó el Puente de Portugalete, o de las Arenas, un contratista francés, Dubois, se enfrentó al aludido arquitecto e ingeniero Martín Alberto de Palacio, autor del diseño que reproducimos.

Para Dubois, la barquilla del trasbordador, la que trasladaba peatones y bultos, quedaría siempre en peligrosa inestabilidad. Ante lo cual, la ya constituida Compañía Puente de Vizcaya, que es el nombre exacto de este servosistema cuyos dos machones se afincan sólidamente en ambas márgenes del Nervión, sufrió retrasos y no pocas pérdidas. (Concedamos que vino a sustituir a otro, más antiguo e inestable, utilizado por los frailes de San Francisco, que sí que colgaba, como cuelgan esas pasarelas del Tibet y Los Andes). El tiempo, decíamos, como el hierro dulce de los montes de Galdames y el acero surgido de convertidores Bessemer de los Altos Hornos, era oro para los promotores del Puente.

De Palacio se empeñaba, y además con razón, en que sus planos eran perfectos; Dubois se enrocaba: erróneos. Y fueron, pues, francos-oro los muchos que se ofertaron a M. Gustave Eiffel, el prestigioso ingeniero de Dijon que en 1858 ensayara con éxito la cimentación por aire comprimido, para que ejerciese de árbitro ‘ex cathedra’ acerca de la viabilidad del proyecto. Lo cual confirma cómo se requería la reciedumbre basal de las pilastras del artilugio. Se aguardaba el diagnóstico conteniendo el aliento. ¿La cantidad a percibir por Eiffel por su veredicto acerca de la planificación original de De Palacio? 20.000 francos-oro. Veinte mil, sí. Una cifra, al cambio bursátil de su época, inconmensurable.



En cuanto al pueblo llano, se enfrentaba entretanto en polémicas periodísticas y tecnológicas, algún guantazo y el consiguiente duelo a primera sangre en la Campa de los Ingleses. También se cruzaban apuestas. Hasta que Eiffel dio el visto bueno a los cálculos de De Palacio y le quitó la terca razón al contratista Dubois. Se ignora qué fue de tan impertinente sujeto. El Puente de Vizcaya, que se alza para permitir el paso del Abra a buques de gran tonelaje, fue inaugurado, al fin, en 1893.

Margen Izquierda

Resulta curioso, desde el punto de vista conceptual, que el mal llamado “Puente Colgante”, cuyos recios soportes, reiteramos, no cuelgan de parte alguna, comunicase en aquellos días la aún hoy llamada Margen Izquierda, zona fabril y minera del valiosísimo hierro dulce, la de los obreros sometidos a explotación inmisericorde en Gallarta, Triano, Ortuella, Somorrostro y La Arboleda, con la otra orilla del Nervión, la derecha de los Ybarra, Chávarri, Gandarias, Martínez de las Rivas y demás magnates del acero, las navieras, el inversionismo en Bolsa y los chalés de pésimo gusto. Vendrían, con los tiempos, la alfabetización en la Margen Izquierda de las minas a cargo de maestros-misioneros y de un librero ambulante, Varela, gallego que alquilaba literatura subversiva y folletines de Dicenta a las familias de las barracas de palanquistas y peonaje. De ahí, huelgas y, en cierta ocasión, una marcha de la obrerada, pacífica, hacia Bilbao, que hizo disfrazarse a más de un jesuita y, a la pequeñoburguesía pacata, rezarle apresuradas novenas a la ‘amatxu’ de Begoña. Sin incidentes. Bilbao no era Rusia, aunque lo pareciese.

Última hora: Bilbao acoge al “Queen Elizabeth”

Mientras requeríamos datos acerca del Puente de Vizcaya en el Abra bilbaina, nos informan de que el célebre transatlántico “Queen Elizabeth”, un tanto buque-fantasma residual, con sus treinta y seis años de navegación desde los días más prósperos del turismo sin prisas, de placer y lujo, decadente pero chic alternativa a los ya horterizados trendis, ha atracado por vez primera en el Puerto de Bilbao. Embarca un pasaje de 1.800 personas, más tripulación. Todos ellos, en celérico deambuleo, invadieron los puntos más calientes del territorio de la Comunidad Autónoma Vasca. No comenzaron la marcha por el té de las cinco, sino por las bodegas de la Rioja Alavesa, tal vez como alternativa al sempiterno ‘sherry’ de las obras de Agatha Christie y Conan Doyle. De allí a Donostia, el incomparable marco, a hacer la foto-postal de La Concha y el Kursaal de la Zurriola. Se extasiaron después ante las marismas con fauna protegida de Urdaibai y terminaron el periplo recorriendo el ya llamado “nuevo Bilbao”. Otra metamorfosis de la urbe que incluye, cómo no, el repetido Guggenheim y el “Euskalduna”. Les gustó la excursión y, el próximo año, el “Queen Elizabeth” repite escala en la capital vizcaina. Se recrudece la anglofilia y los caldos jerezanos peligran en sus exportaciones.

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