Maverick Ink Press

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Nombre: Rafael Castellano de la Puente
Lugar: DEBA, Gipuzkoa, Spain

Nace en Madrid, estudia en el Lycée Français (BEPC por Université de France) y en la RESAD: actor durante ocho años. Entra en La Codorniz, 1961. Publica como R.Castleman unos 700 relatos para la página Tiemble después de haber reído. Cubre la Crítica de la Vida y Huevos de Codorniz. Trabajó para La Voz de España, Egin, Punto y Hora, Interviú, El País, Argia, Reader's Digest, Radio Vitoria , ETB 1, Cacumen, La Hora XXV, Berriak, Cloc, Lógicamente, Kantil, Euskadi Sioux, Ardi Beltza. Elaboró en comic la serie Gabai y la biografía de Iñigo de Loiola. Sus libros: Cosas, anecdotario de Euskal Herria; Tiemble después de haber reído, Vascos heréticos, Sutondoan, La Viuda, Anes Arrinda, Los Anafroditas, Misterio de Vizcaya, Guía de Madrid para vascos, La cocina romántica, Beorlegui pinta el tiempo, Los vascos también ríen, Euskaldun heretikoak, magia eta sorginak, "¡Tiemble después de haber reído!", El Changai (inédita). Sus guiones de cine: Mar Adentro, Bandera Negra, Eskorpion. Envía ensayos al ciberperiódico Rebelión. Weblogs: Maverick Ink Press y El Flexo. Distinciones : La Codorniz de Plata, Legión de Humor y un Segundo Premio de Pintura Plenairista _____

sábado, septiembre 11, 2004

El Ministerio de Cultura concreta sus cometidos y segrega Enseñanza y Deporte

Por Rafael Castellano

Corrían los principios del bochorno y las secuelas de las operaciones salida cuando el BOE del 3 de julio confirmaba, con un cierto secretismo y una fecha como poco recóndita que desde el 1 de aquel mes el Ministerio de Cultura, cuya depositaria es Carmen Calvo Poyato, se libraba de dos lastres y, permítase el símil, declaraba su autodeterminación al segregar de sus jurisdicciones las competencias de Educación y Ciencia, que se insertan en otro Ministerio, y el Consejo Superior de Deportes, que figurará como Secretaría de Estado. Comienza el curso político y más de uno se verá desconcertado ante el nuevo organigrama. En qué consiste la Cultura y su administración, eso ya es debate aparte y roza la utopía definirlo.

EL refrán de la ‘mens sana in corpore sano’ ( y su versión en la proclama de aquel ministro de Franco, Arrese, que exigía ‘menos latín y más gimnasia’) lo desmintieron con arrojo los paralímpicos.

A la Enseñanza Básica, los Institutos, la FP y las Universidades les desborda ya la instrucción en el manejo de utensilios después irrelevantes, el encauzamiento hacia ocupaciones de provecho social, la creación de becas para Investigación con los presupuestos nimios de que disponen y alguna tesis de fin de carrera, de contenidos útiles para el fugaz conocimiento actual, que termine en la imprenta.

Soslayemos asimismo, ya que hoy toca informar de lo inevitable, el axioma de que el Ministerio de Cultura idóneo es el que no existe. Nadie puede evitar, hoy por hoy, que se agregue al limbo llamado Administración; el cual deriva de otro ente sin esencia: el Sistema.

Lo que llamamos en concepto vago Cultura, y que se produjo hace miles de años cuando el mundo era analfabeto (y metrosexual por instinto, véanse las fundas de pene de algunos aborígenes), deriva fundamentalmente de la nigromancia y en ella persevera por inercia, por simple amor al ocultismo y, es inevitable, por especulación.

Se nutrió la cultura, como hemos apuntado, del afán cosmético (el sacro, clásico y renacentista, de la ostentación); pero el más visible, hoy, se inmiscuye en modas, insinuaciones púbicas y pírsings: en la prolongación corporal por medio de aderezos llamativos que, como todo exhibicionismo zoológico, propicia el apareo. Las ferias de Arte obligan al vulgo a la veneración de lo incomprensible, y caemos de nuevo en la taumaturgia volátil. Las del Libro, a adquirir títulos que nunca se desentrañarán. Emergen en las ciudades industriales museos tótem y tabú. Los premios literarios crean superventas-klinex. Otrosí, el ser humano necesita ponerle cosas a los nombres más que la viceversa. Puede considerarse cultura, también, la inventiva no pragmática; la capacidad ipsista de ideación o incluso la catarsis glandular, hija del aislamiento y carente de propósitos divulgativos. Kafka, que nos viene al pelo en lo que intentamos desentrañar, un organismo de Cultura, exigió a Max Brod en testamento que quemase su obra. Un alienado coherente.

La fértil autodidaxia

Adviértase, sigamos, la inmensa labor que compromete a la llamada cultura oral, extinta y delegada en aparatos conocidos como ‘media’. No se pierdan de vista la autodidaxia fértil, el aprendizaje intuitivo, sin rigidez de programa, a través de un maestro ( o varios ) en talleres de Arte sin registro; los laboratorios de creatividad asamblearia, la lectura compulsiva y su emulación libre. Si definir qué es la cultura pertenece al terreno de las mancias, más arduo resulta indicar qué no lo es. Pero el Organismo está ahí, sólido y tentacular. Ministerio de Culturas quedaría, como parche, mejor. Las transferencias, cierto, han hurtado capacidad de criterio e intendencia del hecho cultural; pero no faltan otros embriones y sembrados para proteger sin proteccionismo y sin incluirlos, hábito ordenancista, en la exclusión.

Es mucho lo que vías ajenas a lo Oficial, al Ministerio y su tarea de intervención -e integración ulterior- aportaron al acervo mundial (¿qué burocracia engendró el flamenco, el ‘rap’, la pintura rupestre, el gospel, el bertsolarismo -copleros-; el grafiti, los trampantojos o edificios pintados en paneles que un urbanismo caótico deja a la vista cuando se derriba un edificio antiguo?; ¿quién instruyó a Van Gogh, qué secretariado recibiría a Baudelaire o a Pessoa a las seis de la tarde?).

Se ignora cómo adscribir a un organigrama a los conjuntos de música andina, los violinistas ambulantes o los lectores espontáneos del metro, el tren de cercanías y los bancos públicos. El vicio del libro surge ajeno a estímulos y campañas. Persiste pese a las estadísticas maliciosas al respecto que anulan toda promoción: "España es el país del mundo con menos volúmenes por familia>> y demás propaganda perversa y subliminal. Brota el hábito pese a dichos mensajes sibilinos y sin necesidad de cartelones, eslóganes, cuñas en radio y llamadas en un televisor que posiblemente no encienden los bibliófilos. Ámbito, ya que lo citamos, la tele, que sí debería tutelarse con fiscalización contundente en cuanto a contenido embrutecedor, coreografías de violencia policial , parapornología casposa, conculcación de leyes de inserción publicitaria que desgarra cintas de cine; amarillismo periodístico y etiqueta nula en cuanto a la alegre retransmisión en directo de opinión insultante e información ¡lo confiesan con crudo cinismo! remunerada. La mafia rosa roza, hoy, límites de escándalo y, lo admita la ministra o no, es Cultura: contrólenla.

Coordinación con Asuntos Exteriores y la UE

El nuevo y algo enmarañado Organigrama puede examinarse con paciencia en el BOE Nº 160. Lo que fuera, en caótico puzzle, Ministerio de Cultura Educación y Deporte se disuelve de modo que la disciplina (o indisciplina) que para entendernos designamos como Cultura queda separada de las competencias didáctica y deportiva, cuyos intereses, ya exentos de diligencias mixtas, pueden resolverse, un decir, en sus respectivos y específicos terrenos.

Como intención a destacar, se contempla a través de la Dirección General de Cooperación y Comunicación Cultural, encomendada a Carlos Alberdi, en coordinación con Asuntos Exteriores y con un seguimiento privilegiado para la UE, el intercambio de tendencias, experiencias y mutua identificación en un catastro europeo como poco confuso en cuanto a actividades, entidades, personalidad productiva y autores de cada uno de sus Estados. La miopía o la rutina no deben impedir, por otra parte, la apertura de perspectivas transatlánticas hacia manifestaciones intelectuales novedosas, no las firmas eternas, como fenómeno ecuménico. Si se centra el Ministerio en lo umbilical, lo divulgativo y la efemérides termina convirtiéndose en promoción de folklore exclusivista, piropos a la Virgen, juegos florales, exaltación de la Hispanidad y necrológicas centenarias obligatorias.

Piratas de guante blanco

Apoyan a Calvo Poyato, en estructura bifurcada y laberíntica: un Gabinete-Dirección General, órgano de asesoramiento inmediato a la ministra, adjudicado a Adoración Herrador, y una Subsecretaría capitaneada por Antonio J. Hidalgo, con ramificaciones como la Secretaría General Técnica; la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales; la del Libro, Archivos y Bibliotecas (hay bronca entre los autores y el préstamo público no remunerado) y la ya citada de Cooperación y Comunicación Cultural.

Interesa a los creativos la inclusión de la Secretaría General Técnica. Sobre el papel, se le atribuye la defensa y protección de la Propiedad Intelectual, a lo que se añade el Registro de dichos bienes intangibles, la gestión colectiva de los derechos de autor y el enlace o mediación

de éste, punto que resulta preferente, con los sectores industriales

de producción y difusión de original. Si funciona, gestionada por

Mª Concepción Becerra, se sugiere lleve a cabo a cabo un implacable arbitraje contra cierta reiterada, alegal e impune piratería de guante blanco por omisión, por ejemplo, del nombre del guionista o letrista. Práctica cuya Isla Tortuga es el autobombo-web y la venta de soportes

a través de Internet.

Presidencia nominal de entes

Aunque a la ministra corresponda la Presidencia, más bien honorífica, de los centros en teoría autónomos que se citan, dependen directamente de la Subsecretaría de Antonio J. Hidalgo: el Museo del Prado (Miguel Zugaza) ; el Reina Sofía (Ana Martínez Aguilar); la Biblioteca Nacional (Rosa Regás Pagés); Bellas Artes y Bienes Culturales (Julián Martínez García) ; el Instituto de Artes Escénicas y Música, una hibridación discutible (J. Antonio Campos Borrego) ; y la Cinematografía y otras Artes Visuales, todas en el mismo saco, en días de diversificación de sistemas atípicos de la imagen (Manuel Pérez Estremera). En cuanto al Ministerio como tal (no todo va a ser delegar, cortar la cinta y tirar de la cortinilla), se encarga, léanlo bien y resuelvan el enigma, "de ejecutar las directrices generales del Gobierno respecto de la Política Cultural", concepto etéreo y compuesto por dos vocablos difícilmente compatibles. Kafka lo llevaba claro.

En síntesis, el Ministerio se compromete a la promoción, protección y difusión del Patrimonio Histórico español; de los museos, archivos y bibliotecas estatales; artes plásticas: fomento del libro y lectura; al control, desde luego prioritario, de la Propiedad Intelectual, o sea, la guerra contra el imperio de la manta ( y lo que oculta más allá de los africanos); al impulso de Cooperación Cultural, las relaciones internacionales en materia de Cultura y su preferencia por la dinámica de una UE más extraña a nuestro conocimiento que los paradigmas EUA y el utillaje de difusión ‘made in China’, contingencia esta última preocupante para la manufactura estatal de bienes de ocio.

La contracultura, desalojada

Se echa de menos un Anexo de Actividades Contraculturales dirigido a olvidar e ignorar las funciones escasamente reputadas de colectivos instalados en edificios vacíos y estériles, cuando no decrépitos, que algunos jóvenes, y no tan jóvenes, ocupan, rehabilitan y constituyen en conservatorios de manualidades útiles y artísticas, y enculturación o endoculturación alternativas a la picaresca cervantina y al dopaje sin fines olímpicos. La ministra debería comentárselo a su colega de Interior y a Salud Pública. No nos referimos, es de cajón, a que integre centros ‘okupacionales’ y gaztetxes en otra arácnida red de ordenanzas y delegaciones derivadas. Eso sería desintegrarlos. Nada más cómodo y lógico que la pasividad ante lo que no daña. Constituyen esos refugios espontáneos vías de desfogue para una juventud prolongada, rebotada, sin esperanzas de trabajo, futuro ni rumbo que los diversos ministerios, sea cual sea la ordenación que los maneje, se ven incapacitados para encarrilar. Sugeriríamos asimismo que, de forma compensatoria, se establezca una subdivisión, adherida a las competencias de Mecenazgo, destinada a la absorción de talentos taimados, listos útiles, genios de solemnidad y movidas cenicientas. Ésos sí se dejan querer y fardan un montón a la hora de exponer resultados ante las Cámaras.

miércoles, septiembre 08, 2004

‘Sofa potato’

Por Rafael Castellano

Una autocrítica al artículo "Una mística intelectual"

Resulta frecuente que, si no se trabaja con la atención adecuada al espacio que al intelectual acoge, éste lo desprecie mediante el insidioso salir-del-paso y no responda al privilegio con el debido intercambio, que es el tiempo. Nace así la chapuza. Quizás resulte insólito, pero el día 31 del pasado mes redacté para esta sección un artículo ("Una mística intelectual") que propugnaba con énfasis la autocrítica, y caí en la tortura de todo opinante: releer lo propio. Así, me veo en la obligación de autocriticarme con toda dureza por farragoso, propagador de solecismos y culpable de pleonasmos. En el que ahora comienza trataré de cuidar y revisar la prosa, que es la sustancia fundamental de la amenidad (a la que también me refería) y del transcurso ágil del discurso.

Por lo demás, sigo empeñado en la implicación mística de la tarea intelectual frente a una sociedad hundida en la molicie y enajenada, en su sentido estricto, hasta caer en la condición de ‘sofa potato’. Esta metáfora sajona define a quienes, provistos de comida rápida, golosinas y chuches, se repantigan frente a un televisor, se rodean de publicaciones cuya función estriba en multimillonarias compraventas de inmundicia aristocrática y terminan involucrándose en las estúpidas miserias de una clase social digna de extinción o recreándose en la desdicha de ídolos caídos hasta experimentar toda suerte de morbosos orgasmos mediáticos. Especie infectada y contagiosa, emplea su valiosísimo tiempo (mi mística no contempla más allá de una vida, o sea, que vivo porque no muero) en apoltronarse frente a ese cajón doméstico y tabernario del que pocos escapan, la inadecuada TV, y prefiere caer en las redes de decididores antes que tomar por sí misma la iniciativa instintual, o azarosa, de irse al cine, captar tertulianos en su entorno, hojear un libro, intentar escribirlo, hallar sin guía el sendero del propio intelecto latente, acudir a una biblioteca o penetrar en una sala de exposiciones, ámbito que provoca en las masas un yúyu muy digno de estudio.

Existe además la alternativa-argumento más significativa: la calle, la de los amigos o el chafardeo íntimo, a ciertas horas de telebasura o gol vacía. No la chic y exclusiva que le seleccionan a través de los ‘reality-shows’ o la avalancha de insulsas y vacuas autobiografías que inundan los kioscos de aeropuertos y estaciones de tren o bus, sino la real, la vívida, la proteica, la que constituye el más barato y el más didáctico de los espectáculos. Labor del intelectual es dotarla de interés y sintetizarla adecuadamente, sin encuadres prostituidos, en los diversos formatos que el progreso oferta.

Me llamó siempre la atención que en América Latina, donde se emplea un envidiable léxico (en la que fuera metrópoli extinguido) incluso para las noticias-relámpago, la lectura de libros, o sea, el principal y más manejable de los elixires intelectuales, resulte más frecuente que en la Europa de habla hispánica, cuyas prisas y altas velocidades le imponen existir y opinar por titulares y flashes ojeados entre dos vermuts. Si quien me atiende se fija, los kiosqueros suelen instalar el ingente material de información de que disponen al revés, de modo que el transeúnte no se nutra de actualidad mediante la picaresca de examinar los mazos de prensa y leerse en un minuto la letra grande de lo que (supuestamente) le está ocurriendo. A lo que iba. Toda campaña institucional destinada a que la población conceda preferencia a la gran cantidad de novedades contenida en páginas, plástica, cine, teatro, concierto, café-internet, y se habilite para discriminar la basura del legítimo y útil conocimiento, caerá en saco roto. El compromiso del intelectual, no me cabe la menor duda en estas fechas protoescolares, comienza en la enseñanza. Un místico jamás debe perder de vista, otrosí, que su volátil labor no es ni será jamás obligatoria. Nadie está forzado a leerle, pinchar su espacio o disfrutar por decreto de sus divagaciones, argumentos, melodías, diseños o tebeos.

El único sistema que se me ocurre para que la población, o la ciudadanía, sepa discernir lo que le nutre y lo que le envenena, es la reflexión previa del intelectual a la hora de engendrar lo que venimos llamando su compromiso.

Aludamos al maniqueo del sermón: puede oponerse que en la Sudamérica citada la hora del novelón retransmitido es tan sagrada como la siesta; y yo replicaría que sin folletín, Sue, Montepin, Dumas, Stevenson, Scott, Hugo, y demás superventas de antaño, la narrativa, con el enlace que supone Baroja, habría perecido. Supieron hallar (o los libreros-imprenteros de entonces les asesoraron certeramente) la fórmula, ante todo, de enriquecer el vocabulario del vulgo a través de tramas tremebundas, denuncia velada de las burguesías decadentes, sugerencias de rebeldía contra la cada vez más voraz opresión mercantilista y neutralización de las clases sociales a través de los amoríos desinteresados. Debo advertir que por ahí cunde una estratagema contra la idea que acabo de exponer, predilecta del ‘sofa potato’ cuya mente anquilosada perdió las facultades cerebrales de que le dotaron de crío. Es la que echa en cara al siempre presunto intelectual que "hay que crear para el pueblo, que no tenga que leer con la enciclopedia al lado". Eso es malévola demagogia. Quitando que un diccionario nunca aumenta el colesterol malo, no debe jamás descender el intelectual a esforzarse a la baja, depreciando la antes aludida prosa (o imagen) de modo que resulte grafía para analfabetos; sino que es labor de todo instruido, instituciones incluidas, la de lograr una sociología, mística si se quiere, del intelecto ágil sin discriminación de oportunidades por origen.

Ello presupone una labor que concierna, fuera de las aulas, a las familias allá donde la docencia concluye su horario y los trabajos encomendados cierran el cuaderno. En la práctica todo intelectual se enfrenta a un territorio yermo, duro y sembrado de competencia como poco destructiva de sus esfuerzos. Pero, para concluir, este mundo breve que nos acoge debería esforzarse para erradicar de una vez para siempre el acomodaticio, y por desdicha hereditario y epidémico "yo de eso no entiendo". He ahí la larva putrífica que define a una sociedad que a pulso es necesario rehabilitar como se recupera a un enfermo. Y peleamos en plena pandemia de mugre a la que se aplica inadecuadamente la palabra ‘ocio’. El ocio se confunde pérfidamente con el tedio. Todo logro de las técnicas (en griego techné significa ‘arte’), por místico que sea, jamás debe resultar ocioso hasta rozar lo tedioso y hacer peligrar existencias aquejadas de la lacra del ‘sofa potato’ y la hipnosis catatónica. En pincelada final, debe asumirse que hoy una grata revolución significaría incrustar en las inteligencias derivadas de los modelos EUA y UE (y regiones satélites) que el éxito no se consuma mediante la posesión de riquezas y posición social añadida, que es a lo que tácitamente y con deliberada perversión se tiende desde quienes dominan al indefenso ‘sofa potato’; y que el recreo intelectual, jamás pasivo, ni incompatible, conduce a espacios gratos y, humanamente, más satisfactorios. Punto.

miércoles, septiembre 01, 2004

Una mística intelectual

Por Rafael Castellano

Personalmente siempre me interesó más el hereje que el ateo, y mucho más la mística que el voto de obediencia. Cuando se discute acerca de las demasías, torpezas y desvaríos de una sociedad que el intelectual, se presupone, debería encauzar a través de una presupuesta sabiduría canónica autoconcedida y a veces autocomplaciente, caigo en la valiosísima zozobra de preguntarme hasta qué punto debo arremeter contra los molinos de viento a quienes no complace, aunque les perjudique la mente, transformarse en hiperestésicos y cuerdos gigantes. Por fortuna me modera la convicción de que me muevo en un universo contradictorio, selvático, arrogante, injusto, mendaz a sabiendas, acomodaticio, global, esclavista, egocéntrico y, sobre todo, terriblemente ágrafo y voluntariamente manipulado por masmedias en las que jamás cabrá ésa mi mística a la que aludo. O llámese mi discurso. Cierto que la convicción de utilizar los conocimientos de que me he dotado para reinsertar a los réprobos en la justa cañada de la libertad, el compromiso común y la actitud coherente, solidaria, sensata y rebelde frente otras tentaciones mediáticas siempre más poderosas que la añorada autocrítica, tan olvidada de sí misma, me pregunto si los denominados intelectuales o místicos de la comunicación no deberían conformarse con el espíritu contenido en el tintero que les da de malvivir y de sufrir. ¿Qué compromiso cabe desde un escritorio de ermitaño, sin medios de propulsión adecuados para la importancia que la mística intelectual concede a su esencia y obligación sociales?

El compromiso siempre sale solo, tiene la divina cualidad de no casarse con nadie; de escurrirse de las catequéticas normativas de aquellos grupos o sectas a los que se aproxima sin identificarse jamás en su totalidad, actitud que le sumergería en el dogmatismo a tanto la línea; y de pelear siempre, a riesgo de Santo Oficio (en un mundo donde no se tiene en cuenta lo que se opina, sino dónde se opina) con dos limitados dedos, contra la contradicción ‘per se’ en la que todo movimiento definido como progresista, llamémoslo así, incurre muy a su pesar en su cotidiano devenir. Si se posee una fuerza crítica bien limada y curtida por los años de oficio y contemplación de una humanidad que no se ajusta como uno quisiera a sus certezas, casi siempre acertadas, rara vez escuchadas, el intelectual debe dejarse guiar por la aludida mística y lanzarse a ciegas a opinar contra lo evidente, aunque ello le valga una llaga más en la conciencia, la bolsa y la vida.

Tras una larga trayectoria de opinión libertaria ( y, si es adquirida, veraz y contrastada, aunque la experiencia me dicte que tres fuentes te pueden emponzoñar a la vez); opinión que exige debate, polémica, plática y no censura timorata, cuando no ciega, una de las frases más estúpidas y obyectas con que me he tropezado, desde núcleos de lo más reaccionario a las avanzadillas presuntamente audaces es que ‘eso que escribes es cierto, pero no se dice’. No conviene. Es herejía, es mística. Y el ateo no permite que te desembaraces de sus cánones y su fe. Siempre con el pretexto de la consecuencia, la coyuntura, la conveniencia, el conflicto interno, la contingencia de que lo obvio contribuya a ser percibido y demás insensateces que menguan al enemigo, pésima y necia estrategia de todas las entidades que dicen velar por el bien común en un futuro inmediato, me decanto por la utopía, es decir, por la denuncia de lo evidente dentro de los márgenes que me lo permitan, que suelen ser escasos, malquistos, poco lucrativos y para colmo inermes. Y he vuelto a decir lo que es cierto, pero se calla. Hay que adaptarse, además, al ámbito sociológico que siempre aflige al místico, cuya cerrazón se vislumbra casi siempre como enajenación o delirio. Se precisa, además, para calar en ciertas seseras, una cierta amenidad. Todo ente que se intitula como cultural o, hablando de ello, intelectual, me echa a temblar, ya sea un ministerio, una delegación burócrata o un espacio radiofónico.

Que uno se deja tantos pelos en la gatera que concluye más calvo que un huevo calvo, quién lo duda. Aunque, en el fondo de sí mismo, en los instantes de receso, tamañas audacias (que se deben corregir sin testarudez si uno también metió la zanca, circunstancia que no debe perderse de vista) retribuyen al intelectual con el aire puro de su independencia, aunque resulte intemperie. No sé cómo expresarlo, la racionalización de lo místico conlleva la definición de recovecos ambiguos; pero el caso es que cuando inicio la labor que me atañe, no me lanzo a ello con la jaculatoria de allá voy, a comprometerme. Comparando con otras artes, las plásticas sin ir más lejos, o las partituras, lo que de arriscado tiene la literatura es que carta en la mesa, pesa. Lo dicho, impreso, o en este caso difundido queda, y quiere decir lo que dice y no se escuda en trampantojos ni entrelíneas en las que para mi desdicha tuve que sumergirme no sólo en días de dictadura, sino en otros de presunto y vigilante libertinaje político.

Por no hablar de la pandémica ausencia de sentido de la ironía que nos aflige en todos y cada uno de los sectores ideológicos. Muchos de los cuales carecen de lo que les fundamenta: la idea. Esto es lo que he reflexionado, aparte de que párrafos como los que anteceden puedan ser acogidos, es privilegio y logro, en esta página; que para el místico no hay nada peor que constatar que la imagen se queda en escayola modelada y que predica a la pared. El compromiso me contiene y, escriba en el género que escriba, y sea el medio que sea el que lo acoja, se cuela por añadidura en la receta. Asumo que la perfección no existe, que es dañina para quien se cree dotado de ella; conozco y mortifico todo cuanto me exaspera y enemista y, ante todo, persigo cualquier cosa excepto la lerda unanimidad.