Maverick Ink Press

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Nombre: Rafael Castellano de la Puente
Lugar: DEBA, Gipuzkoa, Spain

Nace en Madrid, estudia en el Lycée Français (BEPC por Université de France) y en la RESAD: actor durante ocho años. Entra en La Codorniz, 1961. Publica como R.Castleman unos 700 relatos para la página Tiemble después de haber reído. Cubre la Crítica de la Vida y Huevos de Codorniz. Trabajó para La Voz de España, Egin, Punto y Hora, Interviú, El País, Argia, Reader's Digest, Radio Vitoria , ETB 1, Cacumen, La Hora XXV, Berriak, Cloc, Lógicamente, Kantil, Euskadi Sioux, Ardi Beltza. Elaboró en comic la serie Gabai y la biografía de Iñigo de Loiola. Sus libros: Cosas, anecdotario de Euskal Herria; Tiemble después de haber reído, Vascos heréticos, Sutondoan, La Viuda, Anes Arrinda, Los Anafroditas, Misterio de Vizcaya, Guía de Madrid para vascos, La cocina romántica, Beorlegui pinta el tiempo, Los vascos también ríen, Euskaldun heretikoak, magia eta sorginak, "¡Tiemble después de haber reído!", El Changai (inédita). Sus guiones de cine: Mar Adentro, Bandera Negra, Eskorpion. Envía ensayos al ciberperiódico Rebelión. Weblogs: Maverick Ink Press y El Flexo. Distinciones : La Codorniz de Plata, Legión de Humor y un Segundo Premio de Pintura Plenairista _____

viernes, septiembre 11, 2009

Cueva de brujos en Deba

De Pralenaitze a Praileaitz
Texto y fotos: Rafael Castellano (APGE)
En 1928, Telesforo de Aranzadi y Joxemiel de Barandiaran exploran el desfiladero fluvial que entre las demarcaciones de Deba y Mutriku forman las laderas de Arno (Estigarribia) y Arbil (Sasiola). Lo consigna el Anuario de Eusko Folklore de esa fecha. Describen la ladera de calizas cretácicas de Pralenaitze, evidente sincretismo, como "peña de los frailes" y se esmeran con la botánica: robles, encinas, madroños, laureles, álamos, pinos, abedules, tilos y chopos. Es difícil catalogar tanta flora, con obligada luz diurna, sin darse de bruces con la boca de la gruta y su espectacular atrio. Prefirieron las muy próximas de de Ermittia y Arbil <<<<<<
Fue una elección buridaniana y escogieron cavernas donde existía instrumental etnográfico y restos de fauna y humanos, como en la tercera estudiada, la de Urtiaga, esta vez por Barandiaran y José María Merino. No se ocuparon, o no lo hicieron público, de Pralenaitze-Praileaitz. Aquí, tras fructífera prospección desde 2000, el ajuar que ha aparecido es de objetos de liturgia que se atribuyen a un brujo o druidesa del Magdaleniense. En el antro se celebraba de forma específica un culto mágico en un entorno de pinturas rupestres: puntos y rayas rojos del Gravetiense. Lo descubierto, auténtico tesoro cultural y mitológico, nos remite más bien a vestigios sobrehumanos. Es testimonio, pues, la caverna, de un deseo de más-allá o de trance místico entre los clanes que en esa época poblaban la zona >>>>>
Sí que apuntaron los condichos sabios la existencia, en aquellos días inofensiva, de lo que hoy constituye abuso industrial de minería que deriva en incompatibilidad con el cañón de Sasiola en el que se asienta. La cantera de Aitzerle ("peña de las abejas", en Millapros hubo hasta hace poco colmenas) se situaba en los 1920 como hoy "junto a la carretera, cerca de los caseríos Irurein y Sasiola, donde se extrae piedra para la carretera; algunos caseros extraen en Arbil la piedra necesaria para hacer la cal con que abonan sus tierras; los de Goikoetxe la extraen en Ermittia". No notifican que esa cal, mezclada con añil, se utilizaba en todo el valle hasta mediados del XX como enjalbegado para evitar epidemias y pestes. Las supersticiones no sólo son magdalenienses. Puede que funcionara.
Sea como sea, los enormes bloques que hasta hoy se han venido extrayendo y transportando en camiones con bula para recorrer la travesía de villas del contorno a doble velocidad de la señalada, cargados de megalitos destinados a satisfacer la construcción/destrucción habitual, ya nada tienen que ver con su anterior aprovechamiento en lo que siempre ha sido monte comunal que permite también la recogida libre de leña.
Amigos (y enemigos) de Praileaitz
Desde 2006 viene denunciando esta tropelía la asociación "Amigos de Praileaitz", que reunió e informó entonces por primera vez en un lugar de Euskal Herria a un grupo de interesados en la materia cuya implicación iba a lograr una onda expansiva tan considerable como impotente. Tuvo lugar la asamblea el 16 de diciembre de dicho año, y en seguida se aderezó con charlas y comunicados de prensa. Aunque si bien logró un eco de opiniones favorables y un notable libro de divulgación, "Praileaitz I", que editó Xabi Otero y que sigue en los escaparates, además de una presencia habitual en los medios, pronto se topó con la ambigüedad de la Administración autonómica de la CAV. Durante 2007 se multiplicaron los contactos con responsables de Cultura tanto gubernamentales como de la Diputación, sin mayor éxito que divinas palabras y sonrisas de apoyo mudo. Obras son amores, dicen, y las autoridades aman a un Amenabar que esponsoriza a la Real y mete publi exhaustiva e impertinente en ETB mientras bogan las traineras.
Así, el 10 de septiembre de 2009, ante las expectativas de 'cambio' (en todos los órdenes) del ya no tan nuevo Gobierno, una vez más se convocó a varias mentes sensibles en el incomparable marco del Koldo Mitxelena. Más de una de ellas, en la mesa informativa, confesó no estar al tanto en directo de la existencia de Pralenaitze-Praileaitz.
Es ahí donde funciona el libro de Otero, con su p.point, salvo en que rara vez quienes reclaman solicitan antes en el Ayuntamiento -- o a quien corresponda -- permiso y llaves de los candados para echar un vistazo testimonial a la cueva. Con desbroce previo del sendero y sogas de seguridad, que están rotas y podridas y la vereda quedó resbaladiza y enmarañada de zarzales tras un año muy lluvioso. ´
En estos casos, y por lo mismo, no suele existir debate ante los medios, muchos dan la callada por pregunta y lo de más enjundia se capta en la penumbra de los pasillos (el Koldo Mitxelena ahorra luz a tope). Refiriéndose al anterior Diputado General y al propietario de la explotación a cielo abierto, una voz: "O sea, que González de Txabarri y Amenabar son amigos". Cierto, no es delito. "Pero ¿Amenabar es del PNV?"Otra voz: "No, no: el PNV es de Amenabar".
Ofensiva renovada y reforzada
Se escuchaban balbuceos de extrañeza: "Pero a ver, si los que hoy mandan en Euskadi estaban de acuerdo con proteger la cueva y votaron todos a favor y solo en contra el PNV, ¿por qué ahora no cumplen?". No se entendía bien si era retórica o búsqueda de respuesta. Desde la mesa: "Por lo visto este Gobierno está adoptando los malos hábitos del anterior". La ingenuidad, tras los discursos y escasas réplicas, era patente. Durante la era del Tripartito, EA, EB y EHAK se mostraron muy favorables a respetar la cueva como patrimonio endeble en peligro y digno de protección frente a la arrogancia de los propietarios de la cantera. El PP se abstuvo para no coincidir con los Comunistas de las Tierras Vascas, que así funcionan las democracias, dicen. Era una abstención asertiva, vamos, la del PP. Posiblemente, los tiempos lo corroboran, no quisieran tampoco identificarse-- o contaminarse, recuerden aquel verbo tan machacón -- con el PNV.
Llega el cambio de marcha y todo, en efecto, se trastorna. Praileaitz ya no interesa. Estos apoyos incondicionales a las causas perdidas de picapiedras paleolíticos suelen caer, vertiginosos, en el remolino de la amnesia práctica. Tenemos la gripe, la crisis y el cambio climático en Alaska.
Hay, además, matices. Se ocuparon, desde la Diputación, de estudiar el problema in-situ y, de paso, paralizaron los trabajos arqueológicos, cosa de detectar con sismógrafos y aparatos de hidrología la situación matemática de la sima. Investigación que requería, para el registro del impacto, que la cantera siguiese dinamitando y recorriendo el piso con su escuadrón de orugas, bulldozzers y demás maquinaria pesada. Un ensayo general con todo. En tanto que la prospección con cedazos tenía que abandonar el lugar, no se les fuese a caer el techo de estalactitas encima.
Maravilla encontrar aún almas cándidas que creen en la rectitud y el 'fair play' políticos. Se ha consultado a Blanca Urgell, actual consejera de Kultura que destaca por su especialización en filología vasca sin que nadie se pare a pensar que el euskera, como todos los lenguajes del planeta, también sirve para dar largas ("Nire kontura!") y rascarse bajo la boina. Hay lugareños que aún recuerdan a un edil a quien se terminó rebautizando como "Bai-Bai" porque decía que sí a todo aunque supiera que no podría cumplir. Le dolía desilusionar. Dice Urgell, en junio, que "paciencia, que está en ello" y que "pronto habrá una solución que satisfaga a todos". Dios nos coja confesados cada vez que el sistema pronuncia uno de estos latiguillos. Suele preceder a una solución salomónica, como la de Garoña, que a todos cabrea. Y el niño, descuartizado.
Un tesoro arqueológico
Durante las excavaciones que tuvieron lugar de 2000 a 2009 a cargo del arqueólogo Xabier Peñalver y de su equipo, todos pertenecientes a la Sociedad de Ciencias "Aranzadi" (en memoria del etnógrafo que durante aquella campaña de 1928 no pudo o quiso, junto con Barandiaran, entrar en Pralenaitze) surgieron entre otras evidencias un collar ritual de 14 piezas, 20 colgantes sueltos del tipo de las "venus" paleolíticas en rombo desenterradas por toda Europa, una empuñadura de bastón de mando y dos lápices de ocre destinados al maquillaje de corifeos o de quien oficiara, en luz movediza de teas, algún tipo de ceremonia de cromañones y cromañonas difícil de recrear más acá de la imaginación.

Con lo que en inicios del otoño-2009, en ofensiva renovada y reforzada por nuevas afiliaciones de postín, el KM acogió a un puñado de personas de buena voluntad dedicadas a oficios culturales y artesanales diversos, desde la cátedra, la pintura, el teatro, la escultura o las artes gráficas, incluidos la literatura y el periodismo, a la música. Reclaman esta vez de los mandatarios coherencia con sus actitudes anteriores. Lo hacen desde la longánima oposición de un área sociológica plural y piden respeto para esta ladera con cueva y hallazgos rupestres. Lo hicieron en un Donostia (Gipuzkoa) que aspira a Capital Cultural de Europa. Estaban José Antonio Sistiaga, Néstor Basterrechea, Mirentxu Purroy, Laura Esteve; la ejecutiva de "Praileaitzen Lagunak", Maite Marco; Koldobika Jauregi, Fernando Larruquert, José Luis Isasa, Baroja Collet, Mikel Campo, Gentz del Valle Lersundi, Xabi Otero, Lukax Dorronsoro, Peio Urtasun, Txiki Keixeta. Se han agregado al manifiesto que sin duda subseguirá 32 catedráticos de Prehistoria y Arqueología. Disculparán quienes se me hayan escurrido entre los dedos.
A otro patriarca, Oteiza (alias Oteitza), devoto de las coreografías de vudú y de las 'strias' preindoeuropeas, le hubieran entusiasmado estas noticias. (Por cierto, a la careta-spot-cortinilla de ETB en memoria de este escultor y polemista le han mutilado el perfil de los apóstoles de Arantzazu y la firma "Oteitza", quedándose con unos meros gimnastas. Lo cual lo resume en una estampa de tai-chi muy reñida con aquella didáctica de lo tridimensional-performance con que el de Orio dejaba estupefactos a quienes, en la Escuela de Deba, iban a clase de cantería y modelado: o se suprime del todo por haber caducado el centenario, o se conserva tal cual).
Hoy en día la aludida explotación de grava y materia prima para cemento y gravillas, propiedad de la S.L. "Zeleta", se ha sobredimensionado hasta amenazar de de derrumbe total, como hizo con otra caverna paralela, un conjunto (pre)histórico que varios entendidos, entre ellos la autoridad en la materia, Jean Clottes, han calificado de inédito. Naturalmente, el anterior Gobierno de la CAV se buscó un desinteresado especialista que llevase la contra a los anteriores, mayormente a Clottes. La situación es obvia: la cueva y la ladera, amenazadas mientras se siga triturando grava, son complementarias. Si se derrumba la una, lo otro se desintegra. Sobra la cantera, rebañada hasta las heces. ¿Los puestos de trabajo? Amenabar-Zeleta pueden trasladar a la obrerada, como a trabajadores de cualquier sector, a otro tajo próximo.
Pinturas rupestres
En agosto de 2006 aparecen las pinturas: puntos y rayas rojizos que aquí el profano describe como un posible morse metafísico del Paleolítico Superior y de una antigüedad de unos 20.000 años. Fecha que se irá afinando, ya que al vulgo le da por no darle importancia a los milenios salvo si nos resultan contemporáneos. Aunque lo que se resaltó en la conferencia del antes citado arqueólogo de Aranzadi, Peñalver, dirigida a los habitantes del Bajo Deba en 2006, es que, al contrario que en cuevas de la Zona Francocantábrica, lo que en Pralenaitze-Praileaitz se exhuma por capas revela que ésta no era, como las más comunes, un almacén de alimentación o lonja de marisco, un enterramiento, un matadero, un espacio de curtido de pieles o un arsenal de hachas, bifacies o lascas. Tampoco un refugio. Sí han aparecido arpones y azagayas. Propios para pescar en el Deba como en Ekain, a escasa distancia, se pescaba salmón en el Sastarrain.
El pasado jueves, 11, en el Koldo Mitxelena, decíamos, se lanzó a todas luces un órdago al nuevo Gobierno que desde hace cuatro meses mantiene idéntico silencio administrativo respecto de Praileaitz. Mucha solidaridad; pero cantera y cedazo funcionan a velocidades dispares y sin equilibrio de fuerzas. Goma-2 contra un raspado y selección minuciosos del terreno y sus hallazgos. Han cesado las deflagraciones, se han quitado los rótulos metálicos de precaución-cantera y están trabajando, muy cerca, en una rotonda de carretera comarcal. No se advierten patrullas de la Guardia Civil, como hace dos años, obligadas en todo lugar donde haya explosivos. Pero la erosión industrial va ganando terreno inexorablemente. Fábulas aparte, la liebre siempre gana a la tortuga. La ladera, vista desde la caverna, abajo.



























































































































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domingo, agosto 16, 2009

Novelista a uña de caballo

Antoñana en la hoguera

Texto y fotos: Rafael Castellano (APGE)

Es Propiedad/Rights reserved

Esto no es una necrológica. Dicen que a Pablo Antoñana lo han incinerado y de inmediato recordé, sinapsis, que vivió muchos años en la hoguera, en el rescoldo de la txondorra de Zúñiga, allá en el Valle de Lana donde hacen carbón de encina, borto y castaño en industria antigua, de días de collazo y pechero, idéntica a la que practican en el Valle de Turtziotz. En el enclave encartado y usurpado de donde me dicen salieron mis ancestros, los De la Puente, hacia el Perú. Oñacinos, por lo visto. Me gustaría que la ruta que me mostró conservara la virginidad turística. Leo en una dedicatoria de su obra imprescindible, "Pequeña crónica", dice: “Que no se me pierda el inmejorable amigo…etc”. Tal y como solicita, no lo pierde. Mientras lo conservemos en el latido del papel, mientras le releamos quienes pese a tenerle ley leímos sus novelas con envidia insana, nunca descansará en paz. No va con su persona.

Me condujo al valle recóndito de Lana a bordo de un ágil cuatrolatas cuya palanca de cambios horizontal metía y sacaba con su zarpa peluda. Como quien maneja riendas. Es Pablo un hombre hirsuto de pies a cabeza, el entrecejo le junta los párpados con las sienes y éstas con la boina que aquella tarde de ferragosto navarro se quitó porque el sol vertical agotaba. Durante muchos años se sintió marginal, deseado pero ninguneado. Sucede siempre que uno conoce sus méritos y los demás no los reconocen. Si lo voceas, eres narcisista. Si lo callas y maceras en la mente, te diagnostican baja autoestima. A veces se carece de salida digna para la propia dignidad. Le molestaban las grabadoras y tuve que tomar notas. "No quería morirme sin dejar algo que me guste y satisfaga. Captar, por ejemplo, esta sociedad en la que me hallo preso y desterrado de mi tierra. Capturar lo ocurrido y no ocurrido desde 1800, por ejemplo, hasta hoy". Curva cerrada. "Esto llevaría tiempo, material yo creo que tengo, y ganas también. Lo que no sé es si tengo tiempo". Cruje la grava y de alguna chimenea de piedra vieja, pese a la calorina, brota humo sonámbulo. "Está tan bien articulada, tan pensada esta estructura social, que cada uno tiene que estar en su sitio, pensar como Dios manda, hacer lo que hay que hacer y seguir las instrucciones del pastor. Yo reduciría el esquema social a cinco pés. Propietario de rebaño, pastor del mismo, palo del pastor, perro que obedece y el rebaño, que también empieza por pé de pecuaria". Al fondo se yergue, fortaleza natural de inmenso sílex, la sierra de Lokiz. "Y quería dejarlo todo esto escrito", mete marcha más corta en un recoveco de la pista, en uve y cuesta arriba. "Pero escribo a uña de caballo y a contrapelo, en intersticios de tiempo libre que me deja mi profesión de chupatintas a la que el destino, no digo que yo mismo, me ha condenado. Hago un alto en el camino", acelera, "me siento enfermo, necesito curarme, tomo mi remedio que es el escribir y saco algo. Se me pasa el mal por unos pocos días, vuelvo a enfermar, vuelvo a coger la máquina de escribir, y otra vez, y así dando vueltas y vueltas a la noria del tiempo. Mientras pìerdo memoria", se contradice, "envejezco y las orejas de burro de la muerte se dibujan por algún sitio".

Caballero cubierto

Cuando le concedieron el Príncipe de Viana, mantuvo la txapela ceñida en el cráneo mientras Felipe de Borbón pregonaba sus virtudes, y hubo quien lo tomó como afrenta o al menos postura inconformista. Ignoran que, al igual que los árabes, en Euskal Herria los varones nos cubrimos en señal de respeto y nos descubrimos como ademán de desprecio. Jurisprudencia al respecto, la hay a manta. En cuanto a la grabadora, le entraba sofoco, repite. "Yo creía que lo iba a superar; pero inmediatamente me di cuenta de mi condición de campesino y retrocedí a lo primitivo. Creía haber superado esta civilización de las cosas útiles, pues yo nací con la radio y casi con la luz eléctrica a domicilio. Vi las calles de Viana sin pavimentar y no tenían agua corriente. Creí haberme con mi tiempo y no, estoy inmerso en la cultura del campesinado de mis días. Soy uno de sus supervivientes". Decide: "Narrar únicamente lo que yo he visto en esta sociedad rural sería fascinante. Aquella vida que no volverá a repetirse ya nunca más y que yo llevo fotografiada en la memoria". Llegamos a Viloria, y es fiesta, y hay labriegos de camisa blanca y raya con fijador que beben en porrones.

Durante los banquetes funerarios de antaño, los convidados permanecían con la gorra hincada. El maestro cantero don José de Chinchurreta, natural de Andoain, director de las brigadillas de vascos que en la mina abierta de Mingorria (Ávila) cuadraban los bloques de granito para edificar El Escorial, solía despachar con Felipe II sin hacerle sombreradas. Es el fuero del caballero cubierto, que de eso Pablo sabía mucho.

Premio Sésamo, 1961

No era el Viana su primera distinción. Entre otros premios obtuvo en Madrid, 1961, el “Sésamo” de novela corta (hoy ‘roman fleuve’) con “No estamos solos”. “La cuerda rota” fue finalista en el Nadal de 1962, no se publicó y ahora, no lo duden, irá a imprenta, si no fue ya. Como otros muchos manuscritos suyos, varios de ellos premiados, meritorios pero por hache o por be rechazados. Aunque presentaba originales a estos certámenes, y ganaba, con publicación posterior o no, prefería la literatura en acción y participó en proyectos como “Kantil” y “Pamiela”, movidas literarias que lo recuperaron y extrajeron de su madriguera. En "Kantil" apareció la edición modestísima de la ya citada obra maestra, "Pequeña crónica". Pero quizás donde más se prodigara fuese en "Elgacena", un boletín literario muy digno que adoptó la toponimia con que se conoce la Judería de Lizarra, barrio del que ya se ha hablado en esta web cuando nos ocupamos de otro ilustre de la zona, Segundo Ruiz Roca. Fue una hermosa malaventura, ideas sin ideología, hojas en remolino. Me pedían escritos que con gusto les envié y me publicaban. Para "Elgacena" entrevisté, una vez más, a un Pablo náufrago al que todos nos empeñamos en extraer de su introversión ceñuda.

La Zuñiga de “Tasio”

Durante aquella excursión, digo, el bochorno le obligó a destocarse. En el asiento de atrás, Elvira, con qué hombre primitivo a fuer de delicado y sensible fue a casar esta belleza medieval, asustada como yo, que me lo callaba, le prevenía en balde de correr y derrapar por la angosta ruta y los puentecillos hendidos de baches por sobre riachuelos agitados que llevan a Galbarra, Viloria, Ulivarri y Narcué. En esta última villa confederada (Lana es una anfictionía de 230 habitantes) se estableció el hospital de guerra de Zumalacárregui; y de ahí fuimos a Gastiain, Atachuela e Irasabela para rematar el circuito en Zúñiga. Es Zúñiga tierra de nadie donde Tasio, el protagonista de la película, ejerce aún de furtivo y de carbonero como el de la imagen, troncos calcinados en txondorrac. Todos, allí, son Tasio. Me lo dijo este, que atiza su pila de troncos humeantes: “Ya no se llama así, ahora es el Pueblo de Tasio”.

Idioma híbrido

Antoñana conocía bien, buen oído pese a los tufos que de él emergían como maleza de aspillera y que parecían taponarlo, el dialecto castellano enredado en vascuence viejo del enclave donde Armendáriz y Querejeta situaron y rodaron la película. Pablo convirtió aquel valle, ciego entre peñascos, en su República de Ioar. Es en vano que allí deslinden lo que llamamos Araba con Tierraestella y con el reino de Iruña. Productor y director, me dijo, le pasaron el simplicísimo guión para que revisara los diálogos de modo que acentuaran el clima de islote en el océano peninsular donde transcurre la acción. Se ovacionó mucho el filme en el Festival donostiarra porque constituía el minimalismo humano de la intriga. El protagonista nace, crece, adolece, se enamorisca, va a la mili, se casa, junto con su esposa se reproduce y muere. Pablo retocó, pues, el guión con giros y palabras adecuados a la imagen. Con el vocabulario híbrido que aún habla de carriquiris, zabarrotes, chiringas o neskaundis; o de dedo medigual, o molindangas. Sin llegar a tanto, adecuó Antoñana sutilmente algunos párrafos. La pincelada del maestro. Su nombre no figura en los créditos; pero le creo.

La senda que junta Acedo con Galbarra serpentea hasta llegar a Zuñiga con la sierra de Lokiz al fondo, otra guarida del bandido moro Juan Lobo, a quien persiguen y queman en efigie en día de solsticio, que es viejo rito contra la peste que traen los mosquitos como hoy esa nueva gripe. Habrá que hacer novenas y sacar al santo. Después dimos media vuelta. Pablo, de nuevo a los mandos del troncomóvil, quiso llevarme hasta un monasterio con valiosos lienzos en sus peristilos y claustros. Convento que espero siga estando allí bajo la advocación de San Cristóbal y que dispone, cómo no, de innúmeras leyendas necrománticas.

La postguerra del padre Astete

Fue una tarde memorable, de dichos y avatares. De sombras de guerra civil, de postguerra agobiante; de la masacre traumática que el niño Pablo presenció durante la enésima carlistada del requeté en armas contra los rojos que pretendían fusilar a Cristo Rey, aullaban los capellanes. “Hay un padre Astete”, me señala por escrito, “aprendido de memoria, olvidado después, muchas tardes de verano canturreándolo mientras mis amigos jugaban a la pelota o al marro. que me es imposible denunciar como tremendo castigo infligido sobre mí”.

Le martirizaba esa crueldad reiterada, le corroían los inexplicables episodios sanguinolentos de los que fue precoz testigo. Los telediarios y teleberris que tres veces al día destrozan el idioma, sea el que sea, hablan de “víctimas inocentes”. Como si las hubiese culpables. Ignorancia o lapsus. Puede que libro de estilo. Sabía Pablo que toda víctima, por definición, es inocente. El asunto, confesó, le torturaba: “Yo escribo para librarme de mí mismo. Llevo sombras, espectros, o yo qué sé qué imaginarias culpas que he de expulsar igual que demonios. Hay un 1936 metido entre hueso y hueso que no consigo arrojar”.

De esas obsesiones, cierto, uno sólo se alivia mediante la literatura. Por eso se empeñaba en su práctica, hiriendo sin zaherir a la tribu a la que pertenece sin posibilidad de huida. Su estilo se vale, como botín salvado del fuego, de inventarios y ajuares. De valiosísimos expedientes que estaban a su alcance como Secretario de Ayuntamiento que ha estudiado Derecho y conoce las posibilidades descriptivas, sintéticas, del lenguaje procesal. No tiene epígonos. Se han empeñado en que la cultura descienda al nivel de la ignorancia en lo tocante a léxico, y no al revés. Se escribe con plantilla, sin emotividad ni otro sufrimiento que la prisa.

Literatura curativa

Decía que Antoñana exorciza sus fantasmas como quien traga las pócimas de Petriquillo hechas de guernubelarras y buglosas que, aderezadas con opio, dicho curandero suministraba al antedicho Lobo de las Améscoas para que agonizase en paz. Petriquillo llegó a médico honorífico gracias al enchufe de varios mariscales surgidos del arado. “La literatura”, confirma, “llegó más tarde y como remedio curativo a todos aquellos males que ya herían y no cicatrizaban. Escribir aminora el dolor, como esas píldoras o grageas para el momento; pero no mata el mal”. También denuncia: “Había un hambre, una red de espías a nuestro alrededor que tenían mil ojos para mirarnos y mil cerebros para juzgarnos. Este es bueno, aquel es malo era la única filosofía que circuló entonces. No se nos dijo por qué. Cuando nos sumergimos en preguntas incontestadas todavía, llegamos a conclusiones dolorosísimas que aún nos supuran”.

Un maniquí con casco

Profético. Habla de 1948; pero ésas sus percepciones siguen intactas. Es el sótano, más bien búnker de su casa de Los Arcos el refugio de su inacabable discurso, robándole horas al sueño y a la holganza. Lo hace con tachones y enmiendas en una remington de oficina siniestra que tabletea como una metralleta y en rededor suyo se acumulan recuerdos y pichías antiguas, esquirlas de obús, libracos de lomo pardo en olor a carcomín, pacharán y naftalina. A lo Gómez de la Serna, sólo que el maniquí de mujer llevaba por si acaso un casco de la guerra civil.

Contra la ignominia

Papeles, documentos, mamotretos, hemerotecas de “El Pensamiento Navarro” y de la muy abundosa prensa de combate napartarra trepan por las paredes y baldas como hiedra en la muralla. Pocos asumen que fue uno de los promotores, en peligro porque muchos de los represaliados vivían, y porque los papeles municipales señalaban los lugares de infamia que los cuneteros, por entonces también en este mundo, cubrieron de ignominia, de la hoy llamada memoria histórica. Han aguardado a que casi todos fallecieran y ahora es moneda falsa para el voto y el guiñol de la controversia entre demócratas de pega. Cómo va a descansar en paz Antoñana, viendo que tanto arrebatacapas y advenedizo absorbe sus labores semiclandestinas, hoy oficiales y rentables.

El pueblo como magma

Insisto, no es que Pablo sea bueno, noble, íntegro, capaz, es la costumbre, porque se haya muerto. Aparte de que lo dudo, ha cumplido su ansia de sobrevivirse con sus testimonios novelados. Antoñana vive, en la hoguera, pero vive. Precisamente porque el fuego ancestral depura. Es que lo fue siempre, con sus terribles rebotes y bufidos de tímido explosivo. Chispazos de ira porque la cultura y la sensibilidad son una maldición si los demás carecen de ambas y los poderosos se empeñan en que así permanezca el status-quo. Define: “Creo en el pueblo a condición de que al pueblo se le enseñe a leer, se le intoxique con la funesta manía de pensar y se le den montañas de libros para que los devore al igual que infatigable termita. Mientras tanto, el pueblo es barro, un pedazo de magma que moldea el primero que llega. Yo, al modo de los regeneracionistas, creo en la escuela antes que en otra cosa. Mientras no se consiga una educación libre, obligatoria y gratuita para todos, el pueblo será un apéndice de quienes suministran la cultura con fines bien conocidos desde hace siglos”.

La losa de César Borgia

Añade: “La literatura no es de derechas ni izquierdas; pero el escritor sí es o debe ser. El escritor debe estar en la vanguardia de la humanidad. El escritor debe ser de izquierdas porque si es ‘el espejo pasado por el camino’ y se copia cuanto refleja, no cabe duda de dónde tiene que estar quien escribe”.

Se define en autobiografía que jamás alteró: “Vine a la tierra un veintisiete de octubre de 1927. Lugar de nacimiento: la ciudad de Viana y precisamente en la casa en que nació, vivió y murió el escritor integrista Don Francisco Navarro Villoslada. Este es un hecho, además de casual y coincidente, decisivo seguramente en mi vocación de escritor”. También me confesó que la chispa de la narrativa saltó cuando, en una de las breves balconadas de aquella mansión donde su padre ejercía de administrador o de contable, su madre le entretenía horas y horas con cuentos, crónicas improvisadas o recogidas de boca en boca según transcurrían las generaciones. Fue ésa la impronta básica de su necesidad de comunicación como desfogue. Acudí varias veces a sus dominios, y se quitaba las pantuflas de cuadros, de friolero; se calzaba botas y boina y paseábamos por Viana. Una villa de Viana desvencijada, derruida y lamentable. Me señaló con sorna un taller con el rótulo: “Fábrica de Antigüedades”. Meditamos ante la losa bajo la cual yace César Borja o Borgia, caído en batalla, descomulgado, exhumado de la iglesia e introducido luego en una hoya a la intemperie, bajo la calle principal, para que los viandantes la pisaran y los perros la mearan. Nadie se ha molestado en rehabilitarle, tampoco. Para mí que se identificaba con el réprobo.




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viernes, mayo 22, 2009

Alias Bécquer

El conspirador carlista
Texto y fotos: Rafael Castellano (APGE)
Es Propiedad/Rights reserved

En la Biblioteca Nacional de Madrid se conservan las acuarelas del
libro de agitación pornográfica y anti-Isabelina "Los Borbones en Pelota", obra de Valeriano Becquer con comentarios bufos de Gustavo Adolfo. Becquer, así, sin tilde, ya que se trata de un apellido para ellos muy lejano y adoptado por un abuelo también pintor. Éste, quizás para darle empaque a su firma, agregó a su apellido, Domínguez, el de una antepasada flamenca. En el Museo Romántico de Madrid, Saleta de Militares, se puede admirar "El Conspirador Carlista", supuesto retrato de dicho abuelo y realizado por Valeriano en 1866. Obra maestra que encabeza estas líneas.

A partir de la genealogía de los hermanos Domínguez Bastida, alias Bécquer, uno se explica -- no sin interrogantes que luego planteamos -- su larga estancia en la villa de Deba, Gipuzkoa, y su relación con el Palacio de Agirre, antes Itsas Bista, antes de Valmar. Esto último, debido al marqués del mismo nombre, Leopoldo Augusto de Cueto (1815-1901). Cueto había estudiado Derecho en Sevilla. Después fue diplomático en las legaciones españolas de Países Bajos, Brasil y Lisboa. Años más tarde le concedieron los cargos de Negocios en Atenas y Dinamarca. Político destacado que se retira cuando la Revolución de 1868 triunfa, el título se lo concede Alfonso XII al llegar la Restauración. Individuo (socio) de la Academia de San Fernando, encarga a Valeriano seis alegorías de obras dramáticas que nos gustaría ver allí colgadas cuando terminen, a punto están, de restaurar dicho edificio.
La de Ofelia fue indudablemente sugerida por Gustavo Adolfo. Ganándose malamente la vida de chupatintas en alguna oficina siniestra de Madrid, cosa de garantizarse una cesantía, a Gustavo, que era también pintor, le pillaron mientras dibujaba a dicha Ofelia, la de Hamlet, en papel de oficio. El sacrilegio le valió el despido. Luego lo contrataron como censor de novelas... que no censuraba. De nuevo a la calle. Pero vayamos a los apellidos auténticos de los Becquer por vía matrilineal. Su padre fue Domínguez Insausti. Su madre, Bastida Vargas. En este lienzo de gran valía, "El conspirador carlista", se ve al presunto abuelo de ambos hermanos con un ejemplar del periódico "La Esperanza". Algo así como "El Pensamiento Navarro" de la primera carlistada. Debajo de la capa furtiva asoma el cuello del uniforme. No se distingue el sombrero de copa con la cocarda roja. Empuña un bastón-estoque. Es un Aviraneta del otro bando, dada la actitud huidiza y clandestina. Nunca han sido extraños los apellidos de origen vasco en Sevilla, desde que existiese la Casa de Contratación de Indias. Eran buenos marinos, pero sobre todo grandes calígrafos, escribanos y cartógrafos. Que la relación con los revoltosos del Norte, aun que fuese sentimental, cundiese entre los sevillanos con raíces en el país Vasconavarro, no es de extrañar. Pero hay más.
Cuando se quedan Gustavo Adolfo y Valeriano huérfanos (eran ocho hermanos) al primero lo matriculan en la Escuela de Mareantes de San Telmo, en la ciudad del Guadalquivir. Su destino es de piloto de altura. Carrera que truncará -- tiene diez años -- la demolición por Real Orden de dicha Escuela de Náutica, fundada en el siglo XVII por el gremio de Comerciantes. Real Orden que firma Isabel II. Se instruirá el crío de modo autodidacta en casa de su madrina, Manuela Monchay, que le acoge y le proporciona cariño y libros, muchos libros. No navegará. Le cambia el rumbo la realenga voluntad y volcará sus entusiasmos en Zorrilla y Horacio. Deseará emularlos. Pero, dado el libelo, acuarelas y comentarios en verso libérrimo que dedicaron a Isabel II, se vislumbra que aquel derribo del Colegio de Mareantes de San Telmo no se les había borrado de la memoria.
Investigado lo cual, se pregunta el habitante de siglos venideros qué diablos hacían los Domínguez-Bastida-Insausti en el Palacio de Cueto, de Deba, que por entonces se conocía como Palacio de Valmar, marquesado que al dueño otorgó Alfonso XII, hijo de Isabel II. Sabiendo perfectamente el anfitrión que los dos mozalbetes trotamundos allí alojados tiraban por otros catecismos políticos
y que no se detenían ante la sátira más cruda y de lesa majestad. Eran días de supervivencia, que no tenían nada que ver con las ideologías, si es que éstas existían. Se vendía el alma al diablo. Gratis.
Entre dos lienzos, mientras se secaba la imprimación, Valeriano tuvo tiempo
para trazar grabados como el de abajo, "Aldeanos de Loyola", parte de una serie costumbrista que le hizo recorrer territorios diversos, Marruecos incluido, y que le sirvió de sustento. Brevemente, como buen romántico, se buscó la vida hasta perderla, muy joven. Dejó solo, por pocos años, a Gustavo Adolfo, su inseparable cómplice.


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lunes, diciembre 15, 2008

Oteiza alias Oteitza XXXX

Murua, sin 'ismos'
Texto y fotos: Rafael Castellano (APGE)
Es propiedad. Rights reserved

"Oye, Tomás, he visto en un escaparate una colección tuya de fundiciones". "Imposible, hace mucho que no hay nada mío en tiendas, aunque yo sigo trabajando, eh". Lo enfatiza porque es su cumpleaños: ochenta. "Pero el estilo, las traineras, las sokatiras, los mariñeles, la pátina semioxidada, de siderurgia"... Alguien tercia: "Serán del hermano de Oteiza, Antonio, el fraile, que se ha puesto a hacer cosas parecidas". "¿El misionero?" "Ése". A Murua, ya diablo sin redoma, se le da una higa que le salgan discípulos tardíos. Sabe que las habilidades propias residen en un ADN ganado a pulso e imposible de clonar.

Murua va, siempre ha ido, de lobo solitario. Es el artista en su rincón concibiendo figuras matriarcales de ingravidez inesperada. Samotracias minimal y Venus del color mulato de la caoba. Es el esteta con memoria genética de pastores de Izarraitz, de aquellos que engañaban a las horas con una navaja y una vara de fresno, de boj, de haya, de espino para makilas de notables. De las auténticas, no made- in-Taiwan como en tiempos presentes. Iban naciendo de aquellas virutas signos, evocaciones, fetiches. Escultor ebanista, no se contenta con las carnes agradecidas y hasta maleables de la madera, cuyos arcanos domina; sino que busca la sólida nobleza del bronce, y en él funde sus maquetas, algunas inmensas, y también sus entes digitados, sus antropoformas y sus conjuntos. Los hay deportivos, costumbristas, eróticos. Abstrae sin deformar: conforma. También modela estatuillas y tótemes fertilizantes. Y al final, el eclecticismo de la técnica mixta. Bronce y madera; carne y hueso; esqueleto y pelleja. Todo ello dinamizado, cinético. Las esculturas de Tomás nunca están quietas. Como decía más arriba, el expresionismo púbico de sus matronas, de sus diosas de nogal negro, no les impide una una elasticidad danzante, ritual. Si me lo preguntaran, respondería que el creativo libre tiene que imitar del artesano la virguería, la exactitud, la numeración – o ojo – de Fibonacci. Improvisación controlada. La actitud, en suma de la propia naturaleza. No en vano empezó este artista plurívoco y, a la par, sin 'ismos' que lo atrapen, enmendando la plana a lo espontáneo, recogiendo y corrigiendo los tocones desarraigados que tras el temporal arriban a nuestras playas. Movido por otros impulsos ha estilizado – fitting -- y desnudado a sus criaturas. Ni una gota de grasa: fibras metalizadas, torsos tensos como maromas. Su colección de flexibles iconos olímpicos, confrontados con esqueléticas tragedias, meditación clepsidra en mano, in pulvis reverteris, bate las marcas del movimiento quieto. Era preciso despeinar al clasicismo helénico de su componente gomoso y privarle de esteroides: lo grecorromano encubre la fuerza con la belleza quietista. Murua – lo notas cuando habla – pide nervio y vigor a su obra, la despoja de peso superfluo y logra, en conjunto, una contenida libido, un platonismo desenfrenado, un vitalismo primitivo y talismánico. Allí, cada estructura, cada actitud se yergue sobre el pedestal dispuesta a saltar sobre la propia sombra.



Una de aquellas tardes, corría el 1981 y nos iban a fusilar a todos, Murua vino dispuesto a la crítica. A la talla y detalle de las situaciones por las que atravesaban (y atraviesan aún) el arte vasco y su escalafón. La postura de Tomás al respecto es, la conserva, tan dura como honesta. Él no le quita valor a los apóstoles, a los consagrados, firmas de todos conocidas, “por algo están allí”. Pero pide, exige sitio para todos.
“Se diría que te duele no estar en el hit-parade de los divinos”, le aguijoneo. “¡No es eso, no es eso! No se trata de que los de siempre sean malos artistas, es que no son los únicos. Mira, hace unos años vino una comisión de alemanes a visitar las Cajas de Ahorros y les hicieron a los delegados de éstas una pregunta que les dejó de hielo: '¿Dónde tienen ustedes el Museo de Arte?' Te puedes imaginar el silencio, el corte. A raíz de aquello se encargaron unas obras a esas firmas destacadas, a las
que sonaban, y se dio por zanjado el asunto. Tú me preguntarás”, le gusta la retórica contra el maniqueo, "de qué criterios se valieron para pedir obra a unos artistas y no a otros. Pues bien, hubiera bastado con una consulta a todas esas personas que en los periódicos y la radio se dedican al comentario de exposiciones”. Y yo: “Esos nombres inevitables, si te fijas, parecen ser los de quienes visitaron el extranjero, que se nutrieron allende montes y mares para aplicar lo allá asumido a lo de acá”. Él: “Tienes razón; pero depende a qué extranjero se vaya. Hace seis años, por ejemplo, fuimos a Yugoslavia. Allí, todos los escultores que fuimos, te hablo de Eslovenia, en el Norte, teníamos que realizar una obra que era para ellos, para el Estado; pero eso sí, a cambio lo tenías todo gratis, la estancia, los alojamientos, los museos. A cambio de que hicieras allí una obra. Pero no creas que aquellas piezas se destinaban al Estado así en abstracto, no: iban a las escuelas, a las plazas públicas”.
Anotemos aquí que, a caballo de los siglos XX y XXI, muchos de los llamados filantrocapitalistas han copiado las iniciativas tardosoviéticas con la particularidad de que lo creado se queda en sucedáneos de Venecia (hay varios) y paradores de lujo por todo el mapamundi dispersos. Allá van a parar, a cambio de ver mundo bien mantenidos y hospedados, estetas veteranos y emergentes a la par. “Y ¿cuánto tiempo pasasteis?” Murua: “Estuvimos dieciséis días. Suficientes para ejecutar una pieza de buen tamaño”. “Y ¿os dio tiempo para ver algo?”. “No, pero en otra ocasión si que pudimos recorrer sitios. De todas formas no había que precisar mucho porque se trataba, ya dije, de piezas grandes, la mía de dos metros y medio y de tipo mural en mesorrelieve . Sin demasiados pormenores, pero bastante más elaborada que las de los otros. Así que fue a parar al Museo, y me llamaron por tercera vez y entonces sí pudimos curiosear más cosas
.

Relata: "Entre nosotros se encontraba un escultor negro, cubano, genial: Luis Frometa. Una vez se nos hizo de noche, andábamos un poco perdidos. A Frometa le entró el miedo porque estábamos cerca de la frontera de Hungría y él, por lo visto, estaba controlado, no podía salirse de unos límites y un horario: condiciones de su Gobierno”. “Cuéntanos la impresión de aquel vistazo”. Tomás, vehemente: “¡Luego hablan de los países socialistas! Como aquí”, ironiza. "Al oír a algunos parece como si aquí tuviésemos gangas de ayuda. Todos estos años atrás, en que el artista ha estado desvalido, cómo quieres que hubiera ganas de esforzarse, de trabajar, de investigar, de demostrar lo que uno sabe… Y claro, los importantes son los que suenan en Europa, la del Oeste”. Indago: “¿No será que hay demasiada competencia?”. Murua: “No, tampoco es eso. Lo que pasa es que los buenos, digámoslo así, empezando por el gran maestro Oteiza, que yo sigo siendo discípulo de él en el sentido de que sigo aprendiendo de sus escritos, del recuerdo de todas las conversaciones que he tenido con él, quede esto claro; que los buenos, decía, eran el único tema cerrado de todos los que tenían algún cargo allegado al Arte. La lista eterna, que me parece muy bien. Lo malo es esa cerrazón, ese vicio adquirido de mirar a la firma antes que al objeto”. “¿La solución?” Pausa reflexiva. “Es importante en este sentido, y me da cierta rabia decirlo, que hubiese menos dedicación política y mayor empuje a la cultura. Me sale del alma decírtelo: la autenticidad y personalidad de un país está en su cultura. ¿Es que en política vemos algo sano? No. La política no es sana. No tienes más que hojear los periódicos, sólo hablan de personalidades de partidos que se echan los trastos a la cabeza. ¿Qué me dices, que la política nunca ha sido sana? Todo lo que tú quieras; pero es que ahora estamos en un momento en el que cada vez se la ve más nefasta”. “Pues a veces coinciden arte y política: el ‘Guernica’, por ejemplo”. Y Murua se ríe: “Ahí tienes el artepolítica o el politicarte metido en un cajón. Lo que se necesita es fomentar aquí en Euskal Herria un interés para que los hijos del pueblo hicieran arte como el del ‘Guernica’, si quieres. Pero tratando de que no incida en la política, lo cual en el caso del cuadro de Picasso ha llegado a un límite en el cual el interés por él se reparte a un cincuenta por ciento entre estética y asuntos exteriores”. “¿Qué resulta más importante en este asunto? ¿Qué una Consejería ayude con subvenciones a los talleres existentes, o que funde academias?”. Tomás, sin dudarlo: “Escuelas de Arte. Si han proliferado tanto los talleres autocreados ¿por qué ha sido? Por falta de Escuelas. Hablado de eso, tú fíjate en la lección que ha dado nuestro compañero Reinaldo. Qué demostración ha dado en el Museo de San Telmo, en Donostia. ¿Qué ayuda ha tenido? Nada. Nunca. Y ahora es cosa de preguntarse de qué ayudas va a disponer después de este éxito. Está por ver. Muchas promesas. Ahora bien, lo que debería hacerse sería crear lugares de alternativa al chiquiteo y donde la gente pueda ir a instruirse y a cambiar impresiones. Un centro cultural donde el personal pueda formarse, aprender. Civilizarse”.

“Ya. Y ¿qué tal si se industrializara el Arte? “. A botepronto, y recordándonos los mecenazgos vaticanos, de los Duces: “Tienes un montón de artistas de prestigio mundial que, al quedar demostrado que valían, los gobiernos respectivos les han pagado un tanto al mes, les han resuelto lo básico, como quien dice, como a un funcionario, y todo cuanto producían era, es para el Estado, para jardines, monumentos, paseos. En Estocolmo hay más de un caso de ésos. A esos países ¿qué les ha costado la manutención de sus artistas? Pues darle seguramente lo que seguramente hubiera ganado con ello en otro sitio”. Uy, ha dicho funcionario. “Esa palabra despierta muchas denteras en el medio. Conoces el cliché: estetas de cualquier orden, bellas artes, música o literatura inmersos en su vida libertaria, bohemia, caótica”. Tomás se exaspera: “¡Tampoco se trata de trabajar para un Gobierno, no! El artista así mantenido está pagado por el pueblo, y al pueblo revierte su creatividad”. “¿Y tú crees factible esa experiencia aquí y ahora?” “Hombre, por algo se empieza. Y ahora dicen, dicen, ¿eh?, que va a existir una promoción. La andadura podría iniciarse con una mayor presencia del artista en radio, prensa, televisión. Y ayudas para que pueda exponer: infraestructuras, catálogos, carteles, la luz y demás”. “Lo segundo, excelente; lo primero, no sé hasta qué punto es cinismo decirlo, pero estoy convencido de que no sirve para nada, de que todos los rollos del Arte sólo los leen y visualizan los allegados al esteta o círculos muy limitados: amigos y enemigos, vamos”. Murua discrepa. “Para mí que no, que bastaría con intensificar la promoción del artista de modo que de ahí surgiera lo demás: suscitar el interés de la gente, de las masas. Volviendo a lo de las experiencias en los países socialistas, ahí tienes ese libro que te he enseñado antes, ese libro de arte. Ese tomo te costaría aquí unas cinco o seis mil pesetas, se considera un lujo. Allí me ha costado menos de novecientas. ¿Por qué? En Yugoslavia, en Eslovenia, todos los libros de cultura están libres de impuestos. Tú imagínate que aquí todo libro de pintura, escultura, o del arte que prefieras estuviese exento de impuestos. Fíjate cómo se comprarían. Si eso se hace, y se vende, y se aprende, se está culturizando al pueblo. Es lo que ocurre en otras facetas de la vida, en otros presupuestos. No se cargan gravámenes a las joyas, a las casas suntuosas, no. La carga siempre va a parar a la leche y al pan. A los artículos de primera necesidad”. Parece que fue ayer. Fue Tomás Murua el único de todo el serial de artistas en taller entrevistados para Jaiegin e Igandegin que no se reclamó autodidacta. Que yo recuerde, sólo el Tarzán de la novela de Burroughs aprende por sí mismo a hablar valiéndose de libros que sin ayuda alguna logra descifrar al tiempo que se inicia en el lenguaje de los monos. Los libros de Arte y de filosofías varias se acumulan en una pared, en la casa de Ulia. Una escultura pequeña me llama la atención. La utiliza de sujetalibros. "¿De quién es esto?" "¿Eso? De Oteiza". El único que no lo pronuncia con veneración. Ha sido ligón y guaperas, pero ante todo artesano diplomado cuya formación minuciosa, ciencia exacta, tuvo lugar en la Escuela Profesional de los Antonianos.

Ha sido ligón y guaperas, pero ante todo artesano diplomado cuya formación minuciosa, ciencia exacta, tuvo lugar en la Escuela Profesional de los Antonianos. "Después de la Guerra hubo gran necesidad de producir madera y hierro y eso hizo cambiar de trayectoria en Artes y Oficios. Trajeron maquinaria y nuevos profesores. El Arte era menos importante que los Oficios, mandaba la mecánica y los jóvenes pasaban ya directamente a una fábrica o a varias, rotando por años". El fenómeno no sólo afecta a Zarautz, también a Azpeitia, de tradición mueblista pasada al diseño. Saca su título de tallista y decorador de interiores en Santiago de Compostela. En torno a las Escuelas de Artes y Oficios y su derivación a la industria destaca a Iriarte y José Alberdi; a Arzalluz, Urrestarazu, Odriozola, Hilario Epelde. Así, Murua se hizo experto en decoración antes que artista.
Esto último lo ratificó, a modo de rebeldía, con una exposición de encuentring, raíces y piedras de aluvión. Duchamp pasado por Moore. Al contrario que el concitado Oteiza, que lo denominaba encontrismo, él nunca negó las influencias de Moore cuya idea, seguramente, tampoco era idea original. Nace de aquellas cajas y plumieres que de chavales decorábamos adhiriendo con pegamento conchas, magurios y otras pichías pelágicas. Aún las venden en establecimientos de suvenirs de la Parte Vieja donostiarra. Lo de Murua era más fuerte, más provo, más tosco.
Como tenor solista de orfeón, partícipe del Donostiarra un tiempo, fue compañero de cantatas del célebre Amilibia --consigan algún 45 rpm suyo sin que se entere Teddy Bautista -- en escenarios y tabernas. Estamos en la inenarrable década, 1948, y Tomás se peina con tupé de rockabilly. Como a Elvis, se lo iba a rapar la mili.
Conserva orgulloso -- de su buena planta -- una foto de estudio en uniforme de infante de marina (raso). Fue a parar a la Armada porque sabía ya tallar incluso mascarones de proa, de esos que ostentan las tetas operadas. Exhibe la foto de estudio, fardón. Las Ordenanzas de Carlos III, vigentes hasta finales del XX, especifican que irían a servir a la Marina los mozos nacidos en localidades donde se sintieran las mareas en el río. Es decir, que Alzola, Zestoa o Hernani no son tierra adentro. Fue a parar, pues, al destino más desatinado: el Ministerio de Marina de Madrid, sito frente a La Cibeles y muy próximo al Estanque del Retiro. Concretamente, a Murua lo instalan en el Museo Naval. Lo mismo que al mutrikuarra Zumalabe, otro maestro carpintero que realizaba maquetas de buques, allá se estuvo un montón de meses. Alardea de que embelesó a Josune gracias a su prestancia y su voz. Es para preguntarse quién cazó con liga a quién, porque ahí siguen ambos. Inseparables.
Flashback a los orígenes. Viene a este mundo en Zarautz, 1928, y se pasa seis años, desde los 14, como se apuntó, en Artes y Oficios: dibujo, talla y modelado. Quisieron convertirlo en delineante, pero se empeña en transmutar de artesano a artífice, artista y esteta. En 1964 se diploma como Maestro Tallista del Arte de la Madera por la Organización Sindical de Artesanía. Pero su primera expo consistió en el encuentring aludido: "Arte Moderno Decorativo: Raíces y Piedras". Tardaría lo suyo, empero, en renunciar a los negocios, a la tienda de muebles de la Calle Prim y dedicarse de lleno a su obra. Pluriempleado desde la niñez, sigue alargando el tempospacio diurno y le da tiempo a cuidar la huerta, las macetas, las flores, las plantas, leer la prensa, crearse una opinión propia, meter horas de taller y cuidar de su museo doméstico, cuyas piezas aumentan en silencio.
Diversificó pronto llevando sus molduras a fundición. A la de González Piris, de Irun, cómo no. Cuida más él de los dos perros, cave canem, que ellos de él, allá arriba, en el caserón de Ulia. Buenos genes
.
Tuvo la fortuna de pertenecer a una saga de ebanistas sin ébano. Tallaban ajuares de comedor o dormitorio, vasares de roble, inmensos armarios donde guardar los muchos fantasmas a la naftalina que por Zarautz pululan. En cuanto a la ballena de la discordia entre esta localidad y Getaria, cantada en bertsos épicos por Benito Lertxundi, opriotarra, se
encuentra hoy en el Museo Marítimo -- el "Aquarium" -- de Donostia. La mole de quien la cazó se encontraba aún en fase de escayola, hace diez o doce años, en el estudio de Tomás Murua, a quien no le sonroja hacer (también) folk. Un raro. Pero esta efigie en concreto viene determinada por razones de linaje e historia próxima: "Da la casualidad de que el arponero es el bisabuelo de mi mujer, Etxaberroke, que era Roke Etxabe pero le llamaban así. En él se mezclan la tradición familiar y el homenaje a bañeros, chipironeros, rederas y prácticos de astilleros que construyeron los galeones. ¡Cuatro astilleros había en Zarautz! El homenaje es pues, al bisabuelo y a toda la gente que trabajó para la mar". Pregunta delicada: "¿A quién correspondía la ballena disputada?" "¡¡A Zarautz!!" Apareció una ballena, salieron de Zarautz, luego de Getaria y de Orio. Los de Zarautz, este Etxaberroke, le metió el primero el arpón y, según las leyes del mar, suya era la ballena. Aunque los demás le ayudaran a remolcarla hasta Mollarri y allí, a rematarla". Concede: "Los de Getaria se dedicaban más, eran más balleneros, y vino el conflicto y por mala uva se quisieron llevar la ballena. Fue tal el lío que se llevó a juicio y costó 2.000 reales. Se llevó el pleito a Pamplona y pasó tanto tiempo que, claro, la ballena se pudrió". Toda una alegoría procesal.
Conserva y usa una valiosa colección de gubias de cuando fuera aprendiz en el aludido conservatorio de Artes y Oficios de los Antonianos.
Quería Tomás ser esteta, artista, imaginero. Desde crío. Pero el clan familiar le puso firme: mueblista, como medio Zarautz y todo Azpeitia. Murua, cual pícaro de las leyendas suletinas, se aplicó en los oficios (aperos, dibujo artístico y delineante, clases de maderas y árboles) para especializarse en las Artes. "Como mueblista me jubilé, pero sigo siendo escultor: seguiré esculpiendo hasta que me muera", afirma. Lo está cumpliendo y lo cumplirá.
Se jubiló, la verdad sea dicha, a los veintipocos años, ya licenciado como marino mesetario en Madrid , cuando ya su padre le diera por perdido para la causa local de camas de matrimonio, secreteres de palosanto y fabricación de antigüedades. Es cuando vuelca su pericia adquirida, "te enseñaban en la Escuela a manejar las gubias y, sobre todo, a mantenerlas afiladas, es fundamental", en la talla de toda la sociología que de la mar malvive. Transcurren en el taller sus lentas y disciplinadas horas solitarias. "A veces cuando me viene una idea y me estoy aquí concentrándola, a veces cuando me enfado con la mujer y me encierro".

En el taller, ahora también en su museo particular que sigilosamente se ha instalado en Ulia, hay remeros, buques, lamias provocativas, a veces kamasútricas; el arponero Roke ya vaciado en bronce verdusco de pátinas y con el arpón presto. "Sigo yendo donde el gran Piris, el fundidor, claro que sigue funcionando, anda que no voy veces allá a Irun a trabajar con él". El Primer Premio para el malecón lo ganó Elena Asins con su 'Canons 22' concebido con ayuda de computadora, lo cual produjo unos lamentables episodios de destrozo y expolio que trascendían la polémica. Con Asins también estaremos un día de estos. Tomás nunca se pronunciaría, ni en privado, acerca del asunto. No había ganado (que no es lo mismo que perder) y punto en boca. Sí destacaré que en otras entrevistas ha negado haber tallado abstracto, declaración incierta, ya que aparte de "Nortasuna", en nogal, se ha entregado ocasionalmente a la experimentación. Que ello no le satisfaga es circunstancial.
En 1996 me mostró en maqueta el proyecto para concurso. La figura, tensa, invadía casi todo el recinto, titánica, en molde de escayola que transubstanciaría en metal según técnica milenaria de cera perdida. Realizada, exhibe perfiles cortantes del sello Murua, oquedades fisiognomónicas que en maqueta trazó con tacto para lograr el solisombra más sorollesco que penumbral. Manos, torso apolíneo y torsión -- hay tanta firma rimbombante descuidada en lo que a este principio básico de escultura se refiere -- que permite detenida lectura circular del conjunto. Con gestos diferenciados según la óptica de quien lo merodea en silenciosa interlocución. El espinazo de la ballena se encuentra hoy en el Museo Marítimo -- el "Aquarium" -- de Donostia. La mole de quien la cazó se encontraba aún en fase de escayola, hace diez o doce años, en el estudio de Tomás Murua, a quien no le sonroja hacer (también) folk. Un raro. Conserva y usa una valiosa colección de gubias de cuando fuera aprendiz en el aludido conservatorio de Artes y Oficios de los Antonianos.
Se agregan al inventario, en el estudio, baldas y cajas de figurillas de la cosmogonía naviera y algo corsaria. Altura, bajura, bacalao, añorada pysbe, balleneros de Achab, sirenas de Ulysses más procaces que sublimes contrastan con otros formatos suaves, rítmicos, de desnudos tirando a minimal: siluetas femeninas y masculinas, tan macizas como volátiles, que se cimbrean como adheridas al oleaje. Ofrece al tacto Murua una estatuilla como de tres palmos. Madera peluda, suave como carne.
Aquí llega la confesión en exclusiva. Ofrece al tacto una estatuilla como de tres palmos. Madera aterciopelada, como carne, como cutis. "Esto es", la acaricia, "la maqueta de la grande que has visto ahí, que está en la sala
de esculturas de ahí al lado. Mis obras, mis muchas obras, sobre todo las de mayor tamaño, no las realizo en madera-madera. ¿Por qué? Pues porque como me gusta sacarles muchos calados, muchas formas, se corre el peligro de que al dilatarse no sirvan. No existen maderas como nosotros las quisiéramos. Vamos a las serrerías y allí hay troncos enormes que en el corazón de la madera pueden ocultar vetas podridas; puede también que al no estar secas no permitan las volutas, porque cuanto más grande sea el tronco o el tablón, más tarda en secar. Empiezan a torcerse, a enviciarse". No arrasa bosques, Murua. Pero no se trata de medioambientalismo beato. Donde reside, Ulia, no existen bosques comunales que permitan echar mano de ejemplares difuntos
e irrecuperables. "Hice una vez un descubrimiento, y para tallar una escultura de éstas", palpa la más cercana, textura tersa y sólida, "utilizo el DM especial". A ver, a ver. "Ahí tienes un tablero de DM bien prensado. Es un aglomerado, sí; pero de calidad. De tres, cuatro centímetros máximos de grueso cada tablón". Para una escultura cíclica, la que permite su lectura desde todos los ángulos, "se necesita un bloque más ancho". ¿El proceso? "Dibujas, recortas todo el trazado resultante, encolas varios tablones en una prensa hidráulica y queda como la piedra: el bloque resultante es como el de un árbol". Sin sorpresas ocultas de pudrición, ni otras posteriores de deformidad. La selva, intacta. Las raíces, profundas.

Te van a copiar la fórmula, le prevengo. "Pues que lo copien. Ya sé de alguien que lo ha intentado, pero hasta ahora nadie..." Deja colgada la frase, como quien toca madera. El acabado: "Una vez hecha la figura,
al carecer de veta no es elegante; pero yo la termino como si fuese un mueble: patino, lijo, le doy el claroscuro; eso es lo que, generalmente, no se sabe hacer". Son mañas y pócimas propias de la vieja Escuela de Artes y Oficios que en Murua se perpetúan. Es como el saber nadar, que quien aprende ya no puede hundirse salvo si bucea adrede. "Puedes hacer caoba, nogal, cerezo..." El mejunje, pura alquimia, se llama fibradem.
Pasamos al aposento de los cíclopes y terpsícores; titanes y gorgonas. "Ésta es madera-fibra, y ésta, y ésta también". Nadie lo diría. Tactan los dedos los alabeos y sutilezas de la materia viva.
Advierte Tomás: "Es un trabajo enorme el acabado, eh, siempre que se quiera hacer así. Y no, no corto árboles, menos mal. Y además en este soporte hay una garantía de lo que es la obra, en la madera de árbol, no. Ahora bien", modula, "si buscas un resultado tirando a rústico mmmm ... o antigüedad, no importa. Se trae una madera grande y, aunque se te vaya partiendo, no pasa nada". El tiempo también pinta, puede: pero no esculpe. Tactan los dedos los alabeos y sutilezas de la materia, y es materia viva. Como la que intentó elaborar Prometeo. Significa el remo, para Murua, etnología heroica. Motor prehistórico nacido con el anzuelo, el hacha, la flecha, la rueda, tal vez el fuego. De madera fue y es el remo. ¿Lo seguirá siendo? Contemplé una de sus series en bronce de remeros. Los inconfundibles regatistas de Tomás ciando, bogando, ciabogando o acarreando el remo al muelle, al hombro, los estrobos en el bíceps. "Ya sólo quedan, fuera de la competición, remeros de chinchorro, los que conducen a la embarcación grande. En Hondarribia los botes éstos son aún de madera". En Mutriku, Ondarroa también. Admite que ya han empezado a hacer incluso traineras de materiales sintéticos: plástico. "La madera DM", explica, "se hace con toda clase de desperdicios de serrería, serrines, virutas".

Otro secreto: "Estuve hace poco con el proveedor de remos para las tripulaciones de trainera de Orio, el que los fabrica, y se me ocurrió decir, vaya maderas más estupendas utilizáis ahora, qué flexibles. Él me dijo, del centro del remo hacia las manos el remo ha de ser durísimo, y del centro hacia el agua tiene que ser como un arco que se domine; y yo a él: ¿qué es mejor, ahora que van apareciendo los plásticos, éstos o los de madera? Y me contestó: todavía, todavía, ¿eh?, los de madera".
De todas sus figurillas populares, el remero es su fetiche. Infancia, la de Murua, frente a la mar: atalayeros, algas, calafates, naufragios, mareas vivas. Cómo no va a ganar Castro, si ahora la juventud no le da al tolete ni a la txanpla, si prefiere el surf de las antípodas. Esa infancia la narra y plasma Tomás en formas no exentas de investigación y de sensualidad, cuando las desnuda tanto que las ahueca en relieves insospechados. "La idea siempre te viene a dar en lo que tú sientes", define. "Incluso cuando estás dedicado a la obra más moderna", abarca unas baldas de abstracción, de expresionismo crudo. Como para sí: "Me gustaría hacer un libro con todo lo que he ido creando, de todos los estilos. ¡Un libro sin final, eh! El problema es que las fotos que conservo son de difícil reproducción y, para hacer nuevas diapos o digitalizarlas no tengo las esculturas que se han ido vendiendo por ahí; no, no guardo una lista de compradores. Vete a saber dónde pararán". Reconoce haber vendido mucho. "He tenido suerte con esto de la escultura, formatos grandes, de serie, bronces..." Una clientela muy suya, muy particular: indianos, vascoamericanos. USA, Colombia, Argentina. "Siempre que quepan en el avión, que ponen muchas pegas". Alemania, Venezuela, Francia, esconden asimismo muruas de anteayer. No se concebiría un Murua jubilado. Es persona dinámica y forzuda, bajo lo que queda de su tupé de 'hillibilly' maduro. Tenía, aquella mañana de 1996, las ágiles manos a la obra en su mariñel de novela o, al menos, de copla. No cupo en el espigón, para el que se solicitaban cinco esculturas. Los certámenes son lo que son. Los jurados, inescrutables. Curioso, que el joven Tomás comenzara de mooriano en el 'encuentring', para Oteiza 'encontring'. Recogía raíces y troncos muertos que el oleaje deposita en la playa tras un temporal. Les aplicaba "dos o tres golpes de gubia bien dados y una mano de barniz escogido" y los resucitaba. Su primera exposición tuvo lugar "en los bajos del Ayuntamiento de San Sebastián y la intituló: "Raíces y piedras". Y expuso eso, piedras y raíces algo maquilladas. "Cogí algunas también en el monte, donde hay más diversidad de formas". El crítico oficial del vespertino donostiarra "Unidad", que firmaba "Arramele", escribió por entonces: "Este joven escultor, Murua, ve formas donde no las hay". Que es, en suma, de lo que se trata. Algo tenía que decir ante una muestra que, en un Donostia austriaco, borbónico, chocolatero, rococó y finolis, constituía una actitud 'beat'. Pasó luego el performancista novel a hacer folklore primígeno y motivos populares -- no populistas -- de antropológica rudeza. Ello, una vez cumplido el bachiller de informal. Quien por esos mundos vagabundee hallará, téngalo por seguro, obra de Murua. Un Murua que ostenta el título francmasónico de Maestro Tallista del Arte de la Madera, Diplomado en Dibujo Artístico y Diplomado de Honor por Santiago de Compostela. Guardan piezas de su firma en el Museo de Lujbljana (Eslovenia), en el Diocesano de Donostia, en el ábside de la iglesia zarautzarra de San Pelayo (es imaginero tremendista): en la Diputación guipuzcoana, en el Banco de Navarra. En Ultramar, ya se dijo, permanece disperso. "Ahora trabajo por amor al arte. Y me dicen los hijos, sigue esculpiendo, sigue; ya adivinarás por dónde van..." Y guiña el ojo.


































































































































































































































































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martes, diciembre 02, 2008

Zumeta en Atallu

Pintar sobre el propio aliento
Comenta José Luis Zumeta en voz tenue que pronto cumplirá 70 abriles. Nadie lo diría y además eso no es nada en plena era filosofal. Del cofre donde guardo mis papeles del entorno otéicico, blocs, imágenes, catálogos, galeradas sin corregir, surge un escrito que data de su transición decisiva, 1985. Se le ve, en la foto de aquel ayer, entre rollos de papiros de embalaje como soporte alternativo. Luce más joven que en estas otras; pero no tan juvenil.
Rafael Castellano (texto y fotos-APGE)
Es propiedad-Rights reserved
Había roto Zumeta en aquella etapa con un pasado durante el cual se encarnizó contra una sociedad cursi, teleadicta, paellera, benidormiana, dentífrica y modrega que alquila limusinas blancas como ambulancias para hacerse la foto del casorio antes de la luna de miel en Venecia. Estampas aquellas, exhibidas en San Telmo, Donostia, que me entusiasmaron; pero de las que él desistió sin renegarlas. Sólo las relegó y ahora son joyas. Siguió a su catarsis la serie de los papiros, los llamaba, aunque se trataba de cartones de empaquetar. Se había puesto a abstraer como en duemevela, a reducir sus vehemencias en manchas donde bailan como volutas unas siluetas posiblemente más rigurosas en su trasfondo costumbrista, pero esta vez distanciadas del color. Ajenas, quiero decir, a un colorido explosivo que terminaría, en la vida interior de Zumeta, dominando la coreografía. Asomaba ya el fovismo, que es la pintura tiflológica: la de las personas ciegas. El personal invidente también se dedica al arte con pasión. En los tubos que estas gentes utilizan los colores basales vienen descritos en braille en la etiqueta. Pero el artista de las tinieblas, por razones obvias, rara vez se arriesga a la mezcla. Zumeta aplaca esas tonalidades, las transforma en fuegos fatuos. Permanecían, en esta época zumética surgida de mi viejo cofre, 1985, ya dije, ciertos perfiles humanoides a modo de flashes en sordina que emergieran de la danza flamígera, inasibles. Yo -- ejerciendo mi derecho a la percepción que algunos me niegan por no haber pasado por Bellas Artes -- las asimilo al ejercicio de la caricatura decimonónica, ácida, que fortaleció las artes gráficas del siglo XIX. Pintor en París tras pasar por Estocolmo y Londres, Zumeta tuvo que saber de Vernet, Pigal, Daumier -- sobre todo Daumier --Gavarni, Trimolet, Traviès. Sospecho que me repito, pero ni nadie ha leído todo lo mío ni está obligada a ello, y se hace imprescindible insistir en que el jovenzuelo (no juvenil) Zumeta fue dentro del Ez Dok Amairu pictórico uno de quienes obedecieron al axioma de Mendiburu: "Como el salmón del Bidasoa, nos llegamos a mares lejanos para concebir y desovamos aquí, río arriba". Tenían Zumeta y Joxean Artze una Vespa. Artze, en desalmado anonimato, es el letrista de Mikel Laboa, entre otros. Con aquel vehículo neorreal llegaron sin mecánico hasta territorios hiperbóreos. Museos, galerías, expos: más vividuras que vivencias. En Francia, más allá de la Gioconda, conviene observar a pintores callejeros y retratistas al minuto del Sena e inmediaciones de Saint-Julien-Le-Pauvre. O sumergirse en hemerotecas a partir de 1830, de La Otra Revolución que en esa fecha hizo el agosto de todos los caricaturistas y editores de estampas hasta entonces bajo censura. Se abría, ese año, la veda del prohombre. La colección de "La Caricature" resulta imprescindible para cualquier perspectiva histórica sobre el evento. Me dijo Zumeta cuando le interrogué sobre fuentes de inspiración que se había pasado horas y horas delante de la tele y de entrada no le comprendí bien. Ahora constato que estaba en su 1830 francés, ni mayo del 1968 ni vainas. Era "La Caricature" un caos bufo, sanguinario y desternillante. Qué son, si no, hasta la fecha, los acontecimientos políticos cotidianos, las ruedas de prensa precocinadas, los horóscopos de los economistas, la interviú al jerifalte con las impertinencias en dosis de escrúpulo, las moñoñas de ETB que usan el nos mayestático para incluirse en la turba chusmacera con eso de "la crisis que a todos nos afecta" sin perder el aplomo y sabiéndose blindadas para siempre; o las secciones obligatorias de cultura oficial traducida del cool neoyorquino y del Rolling Stone, o los editoriales del si-no-tampoco, el ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio, los pasteleos en los presupuestos. Etcétera. Además de los depósitos del arte que en vorágine napoleónica París y Estocolmo habían concentrado tras intensa rapiña de talentos (y de obeliscos), y no se olvide que los reyes suecos descienden de un mariscal gascón, Charles Bernadotte, en los tenderetes de los muelles parisinos abundan las estampaciones, grabados, serigrafías, hemerotecas de la decadencia. Como Pigal, por ejemplo, Zumeta supo recrear en algunas de sus muestras esa gente que frecuentó nuestras cocinas o salas de recibir. Eran, o son, o fueron, (in)certidumbres vulgares, pero (in)certidumbres al fin y al cabo. El fundamento del artista plástico, en todas sus épocas, hay épocas que duran un día, es que mirar es comprender. Y, si se es lo suficientemente hábil para explicar en tabla, lienzo o cartonaje lo que se ha comprendido, esa tarea entra de lleno en la riqueza sociológica de los pueblos. La Comédie Humaine, el balzacismo, el folletín de
Sue y Montepin siguen vigentes. Cuando uno mira en derredor muchas gentes se parecen a las pinturas y no al revés. No digo de Zumeta, cuidado, que aquel arranque paródico suyo fuese fruto de sus captaciones parisinas, sino que éstas se le asemejan. Muchos nos hemos vestido y peinado, rememoren, según lo dictaban, más allá del Vogue,
los posters de la pelu y similares, El Víbora, Makoki y TMEO. Hay gestos, actitudes o fisonomías que muchas veces nos hacen pensar, en una exposición, que lo que allí se exhibe en estriptís conductual es el respetable y no lo que cuelga de las paredes



En los días de la dubitación, los tardosetentas con un Franco grotesco y tan parkinsoniano que los nodos tenían mucho de cine de los Lumière, José Luis instala un inmenso mural de cerámica en su tierra natal, Usurbil. Es un impacto, un estallido de pelotazos que rompen en centelleos el frontón. Le llevó un tiempo manual, otro conceptual, además de los trámites para convencer a ciertas mentes monocarriles: fue de 1973 a 1974.
A partir de entonces la pintura sin acequias de Zumeta se aproxima (sin intención de seguir maestrazgo alguno) a la idea de la jamsession de un Oteiza -- alias Oteitza -- que transformado en estratega observa la línea de fuego con el catalejo al revés. Habré escrito muchas veces acerca de Zumeta y sus mudanzas de estilo, que no de esencia. Las he atribuido a sus estados de ánimo, lo cual no significa descubrir la pólvora. No quiero decir con esto -- por favor, huyan de la obsesión clínica a que nos obligan ciertos masmedia -- que la expo de éste nuestro esteta en San Telmo, tan sulfúrica, brotara de la aversión al spot y a los telediarios risueños como lavado de cráneo por dentro. Ni que el arte plástico sea una terapia. Zumeta es algo garduño, muy rural y jamás se ha dedicado a buscarse a sí mismo porque intuye que el sí-mismo es lo único que jamás podemos perder: lo llevamos puesto. Eso sí, vamos mutando las células y sus lienzos y estructuras no son ajenos al fenómeno. Todo trabajo, aunque lo insinúen como recibir un salario por hacer lo que a uno le gusta, obliga a un esfuerzo y un tejemaneje muchas veces inaguantable. En ocasiones resulta que es lo único que un sujeto determinado sabe hacer para sacarse los garbanzos. La travesía laboral de las bellas o feas artes conlleva un mareo, una angustia. Más aún, lo trascendental aquí es regresar a lo que se produjo hace años. Tampoco es que el tiempo también pinte, otra sinsorgada: quien pinta es, desde la distanciación, el ojo de quien creó los cuadros. Sólo con ese transcurso de las témporas se satisface. Bueno, se alivia. Parcialmente. Zumeta ha preferido dar paso a escritores para que expliquen, es un decir, sus inefables labores. Es incapaz de discursar en vacío, de toda cultilatiniparla, no se distrae en descripciones cartesianas de sus procesos creativos. Vlaminck, por ejemplo, el fauve radical, lanzó la frase cabreada de que "la peinture c'est comme la cuisine, ça ne s'explique pas, ça se goûte" ante la eterna y fastidiosa pregunta de qué-has-querido-decir-con-esto. Pero aunque su dicterio es un feliz hallazgo retórico, y dado que el espectador se negaba a catar su obra, tuvo que obligarse a escribir acerca de ella cuaderno tras cuaderno. Teoría después de la práctica. Muchos, como Vlaminck, han sacrificado tiempo de creación a esas labores de apologética. Zumeta, no. En ese catálogo para el Museo Municipal de San Telmo, 31 de julio de 1985, que se me ha deslizado entre los dedos al hurgar otras reliquias del baúl, el 'lehen feredikia' o proemio corre a cargo de Bernardo Atxaga. El epílogo me correspondió a mí.
Escribí entonces: "La nueva etapa de Zumeta es un viaje al plano, a los planos, con otra índole de armamentos; un safari con bala letárgica; un alegato contra la placidez, siempre: un cuadro debe desasosegar; Zumeta se ha colgado de la muralla y se entretiene en el vértigo porque la cumbre en sí no es un fin, lo es el trayecto; lo cual no significa que no nos anticipe un trailer polifónico de lo que va a ser el grito sin oxígeno una vez franqueado el repecho y mientras se consulta el mapa en busca de paisajes y eminencias más dilatados. Estoy seguro de que Zumeta me llamó para que escribiera estas líneas acerca de su sustancia exteriorizada -- sus cuadros no terminan en el cuadro -- porque sabe que lo suyo me gusta, me mola y sabe que yo sé que él lo sabe. El misterio está, fuera de todo apasionamiento, en que Zumeta me mostró anteriormente -- y de forma involuntaria, como siempre suceden estas cosas -- en qué se distingue un cuadro vivo de un cuadro muerto; hay trazos, signos evanescentes -- el dedo que se pasea sobre el cristal después de haber echado uno allí su propio aliento -- de mayor entidad y consolidación que otros trabajos minuciosos, virgueros y virgúlicos; porque en muchos casos el arte puede rayarse, rasgarse, quemarse, falsificarse: lo que no puede someterse jamás a estos procesos es el instante; Zumeta tiene algo de animista laico, sabe sugerirnos que está en posesión de arcanos y pócimas para lograr colores no convencionales situados más allá del otro cromatismo. Queda la vibración invisible, llámenlo neurona, ectoplasma o tesis. No se caiga en la tentación de imaginar que nos hallamos ante un Zumeta converso, antagonizado con sus calendarios y sojuzgado por la esperanza. Bajo la pata de terciopelo las uñas del artista felino, hermético, arrancan chispazos y volutas; lo suyo es demoler la cantera con barrenos mixtos de trilita y pirotecnia -- previamente se les extirpó la impertinente geometría a los sistemas --; y
de esta forma nos muestra paisajes ocultos, sublimados en la rutina de una memoria hacia delante; se suplanta la perezosa memoria genética por la memoria genital, la creativa; se recusan los pálidos entornos de la vida misma; Zumeta renuncia -- momentáneamente-- a la explosión en favor de la eclosión. No puede hablarse, pues, de un Zumeta recapacitador o reflexivo, a que este tipo de actitudes o circunstancias requieren de un quietismo que aquí no asoma por ningún lado, ni dentro ni fuera de los forzosos rectángulos u opérculos; un cuadro suyo sigue siendo algo, por lo menos, sobresaltante; un ejercicio de astronomía inmediata; una agregación enharmónica de signos que brillan y mutan sin coagularse jamás; un ejercicio caligráfico que hace la rúbrica inútil. Un Zumeta es ese grito en la noche -- dirigido a ti solo -- que nos arrebata al duermevela y nos impregna de tinieblas de colores. Eso fue lo que dije en 1985. No me desdigo. Agregué, sorprendentemente, un poema telegramático en euskara:
hats eta irrintzi/ zumeta zume/ izan zurrunbiloan/ amets bortitz/ intziri lehertu/ argilunen paradisoan/ margoen altzoan/harramaska/ geometriaren kaleetan/ kromatismoaren zorabioan/ taup/ zirriborro dardarti/ piroteknia salati/muturreko bat/ bide ertzean/ hodei miazka/ zutaz galdezka























































































































































































































































































































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jueves, octubre 09, 2008

Oteiza alias Oteitza XIV

Segundo Ruiz Roca
Deja memoria para largo.
Ha trascendido no sólo por su
prodigioso museo particular, sino en las habilidades de rastreo
intuitivo que supo inculcar en algunos discípulos a quienes ayudó en sus tesinas gracias a sus tesones. Con Segundo Ruiz Roca, albañil, trampero, alimañero y guía beduino de Nabarra la arqueología por libre pierde a un tozudo Livingstone --sin doctorado, supongo -- en Tierraestella y aledaños>>>>>>
Texto y fotos: Rafael Castellano (APGE)
(Es propiedad-Rights Reserved)
Fue Segundo Ruiz un pozo de ciencia intuitiva, un fisiócrata de los que no quedan, una inteligencia en simbiosis con los siglos. Dispuso de los reflejos mentales de un Sherlock Holmes – otro autodidacta -- y los recursos predatorios de un Robinson Crusoe o un Ciro Smith, el de “La Isla Misteriosa” de Verne. Segundo Ruiz Roca discurrió por toda una existencia, que se me antoja tan breve como intensa, recuperando las arqueologías y quimeras de ese gran filón del pasado que es la Merindad de Lizarra, Biana, Ioar y zonas adyacentes. No escaparon de su oxiopía de sherpa ni una punta de flecha, ni un blasón de fachada hidalga, ni una fíbula romana, ni un arpón fluvial, ni una estela discoidea, ni el lugar exacto donde se libró, con esqueletos que lo atestiguaban, una escaramuza de guerrillas. Coleccionaba calaveras de fraile. Quizás, de santo>>>>>>>>>>
Sabía, de paso, dónde levantar una liebre, cómo capturar a pulso grandes culebras, bicharracos que ni Linneo catalogó y lagartos del tamaño de un dragón de romancero que algún cómplice de lesa zoología se esmeraba en taxidermizar. Con idéntico instinto venteaba el paradero de una falcata ibérica, un azulejo de termas romanas, ajuares de los días del Bronce, un cachorrillo de bandidaje, osamentas de apestados o una tercerola de la Segunda Guerra carlista. Conoció toda grieta susceptible de revelar un hueso, una bala, una llave de barbacana, una momia eremítica o cualquier otra esquirla de la Historia. Y botánica: "¿Qué ramo lleva esa señora?" "La flor del espárrago, coñe, la flor del espárrago". En Biana me señaló la losa de Cesare Borja, "Aut Caesar Aut Nihil". A cien varas del interior de la catedral donde fue de primeras enterrado. Tras la excomunión sacaron sus despojos del recinto sacro, la iglesia de Santa María, templo y fortaleza que se edificó entre 1250 y 1329 y cuya portada, añadida en el XVI, dio sombra renacentista a su sepulcro. Éste quedó en mitad de la calle para que chusma, bestias, rebaños y carruajes lo pisaran. Cosa que hicieron durante siglos.
Borgia -- Borja, oscense, de Osca, de donde procede óskaro-eúskaro, algunos quieren que 'etrusco' sea la raíz -- había fallecido en combate, mejor dicho en asechanza, en Mendabia, 1507. Luchaba como agramuntés a favor de la independencia del Reino de Navarra contra ese puzzle imposible que se iba preconstruyendo, o se preconstituyó siglos después gracias al Florido Pensil, llamado España. Existe un monumento muy regio de Cesare Borja en bronce, obra de Fructuoso Orduna, posterior a los anatemas que sobre su persona se volcaron. Se erigió en 1965 y más vale tarde que nunca. La losa maldita, empero, seguía allá donde estuvimos y muy cerca se situaba una Fábrica de Antigüedades. Como se lo cuento. No era Segundo de ese cariz.Cuando el viudo y ya vejestorio Fernando alias El Católico pretende seguir reinando en una Castilla donde no rige la Ley Sálica (en Aragón, sí) se le insinúa que allí como consorte ya no pinta nada, que la Reina de la sangre es Juana, a saber si loca o enloquecida por los cronistas. El nuevo consorte es un joven austriaco apuesto y buen pelotari: Felipe el Hermoso. De regreso a su trono de origen, casaría el decrépito Fernando con Germana de Foix para intentar en vano que la descendencia propia impidiese para siempre jamás que Aragón y Castilla, de nuevo desunidos, y con cuyos cortesanos estaba cabreadísimo, volvieran a juntarse. Curioso que el Papa Borja llevara entre sus apellidos el de Santxonea, propio de más de un agote baztanés. Por eso las postreras fazañas de Cesare Borja, nombrado Condestable de Navarra por el bando de Agramont -- contrario éste a que Nafarroa y Castiella se integrasen en uno -- lo fueron contra el Conde de Lerín, Luis de Beaumont. Ordenó Lerín que se le hiciese emboscada a Cesare, contra la historia procastellana de que falleció en una refriega ocasional. Lo que sigue lo cantaban los beaumonteses cuando los Labrit hubieron de pactar con Beaumont:
"Labrit eta Errege/ aita semea dirade/ Kondestable Jauna/anaitzat artu".
Traducido: Que los Labrit acogieron como hermano a Borja. Allí, insisto, estaba la losa, y no creo que siga en su lugar porque Viana se estaba derruyendo de esa forma que tanto detestaba el albañil sostenible Segundo Ruiz Roca, rey del adreilu y las losas caravista. Sabía algo de euskara. Cuando le convenía. En una de las iglesias, a todas tenía acceso, me condujo hasta el sarcófago de vete a saber qué otra eminencia o príncipe renacentista. Solían acudir a él para alzar la tapa en caso de exhumación o traslado. “Se ve la figura en un segundo, como una estatua de polvo, y luego se desvanece y todo queda en ceniza, aquí había un infante, moví la losa y pudimos verlo”. En voz baja, reflejo adquirido que no logramos trasladar al patio de butacas del cine. Luego, señalando un convento de monjas a través de la ventana saetera: “Eso lo quieren derruir, también, es edificio de valor, ya se hará algo”. Contratista por oficio y para el sustento, conocía el límite sensato entre la necesidad de hormigón para edificar y su derroche en especulación territorial. Sólo hace unas semanas supe de su fallecimiento. Otro que se va muy joven. Malogrado ingenio. Nos puso en contacto Fernando Beorlegui, el eminente navarro de Eibar que además de pintor, o precisamente por ello, sabía rodearse de geniecillos de aldea, de pícaros sin biógrafo y de maritornes vasconas, modelos ulteriores para el lienzo y temple desde la memoria onírica. Se empeñó, digo, en que Segundo y yo nos conociésemos. Frikis declarados ambos -- Segundo y yo -- la sintonía fue inmediata y ya nunca me negaría información, ni una cita en exclusiva, ni una próspera caminata por sus dominios. Que la senda es de quien la transita. Tuve asimismo a través de Beorlegui noticia de Zurbano, otro filósofo de Lizarra.También, de la pareja de taberneros del puente viejo que lleva a la Rúa, la Judería, la barriada de Segundo. El ventero era un numismático que adhería sus billetes republicanos entre los vasares de botellas. Tratante en tagarninas, cuando quise saber de dónde importaba aquellos puros tagalos, helicoides, me respondió que crecían en Los Llanos, parque contiguo a su chiringuito, y que, como con las setas -- o los espárragos, o los pimientos morros de Lodosa -- había que ser experto en las épocas propicias. Ni guiñó el ojo. Supe de inmediato que aquellos vegueros asimétricos, hoy pecaminoso veneno, eran de contrabando. O sea, ajenos al monopolio. Acompañé a Segundo Ruiz en sus rastreos durante jornadas añoradas de mediados de los 1980. Aprendí de él a senderear siempre en busca de algo inconcreto que siempre aparece. Herraduras, piedras de honda, caracoles fósiles de tierra adentro, manzanas (este año, buena cosecha). Llegado el caso, sencillas pero exquisitas moras, 'masustak'. También, faltaría más, 'basaranac', palabra de la que procede 'pacharán' y que significa ciruela selvática. Pesquisábamos a brincos y pestañeos. Sin cronometraje ni esa fiebre lineal del fitting ciego, sucedáneo de la mili que algunas damas se imponen para ahuyentar el begizko que hoy es el estrés y ese birau que conceden los michelines y pistoleras. Undós, undós, mirada al frente. Eso no es pasear. Concedamos que cuanto más flaco y elástico, en más estrechuras de espelunca -- lezea -- cabes. Se corren riesgos yendo solo, aunque tampoco ayuda en nada una compañía gafe, timorata y sin fe en los hallazgos inesperados. La estepa pertenecía al estepario Segundo, las cárcavas rocosas eran su atmósfera de liquen y sílex, las marismas fluviales su espejo. “Eso es un jilguero, eso una chotacabras, eso un pardal, eso un azulón, eso un somormujo, y si vienes de noche se oye al buho que es gran duque; y eso un verderón, eso tordos en celo, me iba describiendo, señalando arbustos o copas de árbol, como quien enumera instrumentos de una orquesta intepretando a Strawinski. Un Von Karajan selvático, Segundo. Nervudo, córvido, infatigable, me invitó el primer día a recoger fragmentos de vasija en cerámica de la Edad del Hierro. Él marcaba la senda, ágil como un simio. Bueno es recordar que todos somos primates, que pasarán millones de años y seguiremos siéndolo. La ventaja, que nunca habrá dos idénticos. También buscábamos, me indicó, añicos medievales caídos al camino por un terraplén a raíz de unas excavaciones clandestinas practicadas en territorio de Los Arcos y que duraron, agárrense, dos años hasta resultar detectadas y paralizadas por los federales, qué digo: los forales. La ilusión del inexperto me movió a recoger un sugestivo cacho rojizo de cerámica o algo similar. “Eso no, cagüen el Diablo colorau, eso es un trozo de botijo”. No es tan fácil. Le enseño otra, al rato: “Eso es un cacho de teja, hombre: siglo XX”. Unas horas antes, Segundo, nada más recibirme en su casa-museo de la la vetusta Judería, con cuyo entorno encajaban sus rasgos, me condujo sin preámbulos hasta el último desaguisado por él descubierto. Se trataba de un escudo nobiliario desprendido al restaurar una casa antigua y que manos sin escrúpulos habían arrojado al Urederra. Nuestro trampero lo rescató con su cabrestante, poniendo a continuación el grito en el cielo y averno. Fue su debut en prensa, todo un scoop local. Dijo, sin fingir modestias, todo lo contrario: “Como yo, hay delegados en cinco zonas y en contacto con la Universidad de Navarra. Son las zonas de Zudaire, Mendavia, Sangüesa, Pamplona y Javier”. No tenía Segundo – por fortuna, quizás -- lo que suele entenderse por estudios. “Ninguno de los prospectores de la zona los tiene, excepto Ángel Elvira, que es maestro nacional, pintor y arqueólogo. Pero realmente se necesitan unos conocimientos grandísimos; porque te voy a decir la verdad, por aquí pasan licenciados y universitarios para hacer la tesina y nosotros les vamos enseñando las atalayas, los montes, los desfiladeros, las vaguadas, que no se los saben; ni si es una vía romana, que siempre se sitúa junto a ríos, riachuelos o mares, o de la Edad del Hierro o del Bronce, que suele ir por arriba; o del Neolítico, también cerca de los ríos y las montañas. Aquí en Montejurra, que es sitio extraordinario, se han encontrado puntas de flecha, hachas pulimentadas, la vasija con las cenizas...”
He aquí la trampa o truco de Oteiza alias Oteitza y su obsesión con el cromlech vacío que se hermana con la idea de Anaximandro de que el mundo es un infinito hueco con objetos que flotan en él. Nunca quedó absolutamente vacío ese microlito celta instaurado en zona de bascones y que se empecinan en atribuir a íncolas.
Es de necios, pienso, empeñarse en convertir a los vascos en alienígenas caídos de un aerolito e incapaces de migrar de zona circumpirenaica. Las escarpaduras de Biana, de Ioar (1.414 m) se presienten habitadas en principio por tribus subvasconas de berones y aquitanos. Es decir, preindoeuropea. Cierto, pues, que primero hubo castas indígenas a las que se mezclaron celtas, los de Stonehenge y otros santuarios hábiles para el cómputo de solsticios, o de imitación firmamental para calendarios de sombra. Los iberos son los últimos en arribar por mar a la Península. Cuando en Nabarra se asientan las razas híbridas, todas montaraces, ello tras varios desplazamientos y vaivenes del clima, quedarán sometidos a toda suerte de influencias exoculturales. Y no las desaprovechan. Cualquier inventiva ajena engancha en una civilización ávida, como hoy, de tecnologías punteras, de I+D+i que equivale a espiritualidad avanzada. De ahí la sucesión de herejías aceptadas en Vasconia porque desterraban creencias ya caducas. En el centro del cromlech se vertían los restos incinerados del difunto distinguido. Desde el inmenso instante neanderthal, especie que controló el fuego, o sea, la energía nuclear de uso doméstico e idolátrico, y más tarde, durante los milenios de coexistencia con el cro-magnon, se sepultaba al cadáver con ataduras. Para que no regresara a atormentar a los vivos. Así pues, no se comprende esa insistencia debida a Barandiaran -- cuyo aspecto era de homo calpensis -- de que un clan de vascones-berones descienden del Cro-Magnon, al fin y al cabo apreciación creacionista: Cro-Magnon es belleza, Neanderthal fealdada. Encima, apolíneo. Sólo que no hay generación espontánea de cromañones en zona cántabroaquitana. De otras castas precedente surgidas de otras más primitivas emergerían de forma, siempre, paulatina hasta lo imperceptible.
A saber cuándo, y debido a qué supersticiones o religiosidades, se pasa a hacer trascender el cuerpo difunto con el fuego, después con la tierra. Por consiguiente, nada de cromlech vacío. Nunca lo estuvo. Favorecía ese ilusionismo otéicico el que sólo aparatos tecnológicos avanzados, de los que pillan el desoxirribonucleico, las hubiesen discernido de la greda. Bajo el dolmen, en cambio, los restos incinerados se protegen con urnas toscas y pueden localizarse. Ilusionismo, pues, el 'erre ke erre' del de Orio. (Vean la etimología pasada a lo coloquia en castellano. Erre-ke-erre: quemar-humo-quemar). Todos los fines de semana – es oficio de solteros solitarios, el de ojeador de arqueologías – practicaba Segundo su huroneo como agotador reposo tras los cinco días de andamio y palustre. Vistiendo, desafío a quienes se disfrazan de boyscout, el pantalón de cristianar con raya bien planchada y un niki de cocodrilo. De mercadillo, que como los duros sevillanos llevan más ley que los auténticos. Repeinado y dandi. Era su casa un batiburrillo de vestigios, una almoneda paleográfica donde un caos euclideo -- hoy fractal -- se organizaba metódicamente. Poco a poco fui constatando que Segundo Ruiz peleaba contra la entropía cultural, el urbanismo bursátil y las visitas guiadas que prohíben que se deambule libremente, como antes, en los recintos con precinto. “Esto que ves aquí son los molinos, los tornos, todos encontrados en superficie” – que quede claro – “en Espronceda, en Los Arcos, en Estella, en Muniain, en Oteiza. Y luego, aquí tienes estelas funerarias y escudos del siglo XVI”. Sólo hacía de cicerone si se le pedía. Lo demás, dejaba al curioso subir y bajar las escaleras de su casón, examinar el botín, ¡tocarlo!
Me extrañó un cipo o idolillo que disonaba allí incluido, y pregunté a ver de qué época y procedencia era aquello. “Ése le he hecho yo”, sonrisa de raposo, de oreja a oreja. Según dijo, lo colocaba allí por si le venía un enteradillo de tres al cuarto y lo designaba como iconística cartaginesa, o totemismo del magdaleniense o musteriense. Para pillarlo en un renuncio. Qué hombre. Su predilección, el Neolítico y las Edades del Hierro y el Bronce.
“Y luego, lo medieval, que de eso en Estella hay cantidad, por ejemplo la Judería, aquí en la Rúa; y los castillos, lo que queda, que el Cardenal Cisneros se empeñó en demolerlos todos. Y aquí tienes los sílex de Cascante, y monedas también hay cantidad. La última que me encontré en Montejurra hace siete meses es de 1575, de Castilla y León”. Saltos de época en época, de era en era, en piruetas de milenios, mientras mostraba el surtido de bifaces, arsenales, osarios, culebrones en vasijas, cornucopias con fantasma dentro y bestiones -- gárgolas -- carcomidas por la desidia. Muy valioso todo cuanto rescató, si se ha conservado.
Había en la escalera espadones en panoplias, mosquetes, dagas, joyeles visigóticos, calaveras que acariciaba algo sardónico, como Hamlet con la del bufón Yock. Y grifos gigantes de embalse, y
una Santa Teresa con su pluma. Junto a ella, el famoso cartel
para lugares públicos de “Se Ruega Hablen Bien”. (Como el actual “Por Favor, Apaguen El Móvil”).
Tenaz hormiga humana, todo lo linceaba y recuperaba para después arrastrarlo a brazo hasta su vieja casa y almacén. “Yo empecé de chaval con la cosa de la paleontología, fósiles y eso. Los tengo a montones. Fíjate en éste, que bonito, un caracol que para mí es del Terciario: tiene ciento ochenta millones de años”. Se me puso cara de vértigo y Segundo lo malinterpretó: “Sí, hombre, palabra de honor”. Y exhibía otro, y otro, y muchos más. Nunca puso límites a sus rastreos. Desde el Terciario en adelante. Trilobites y trabucos. Conchas marinas de tierra adentro y tahalíes carcomidos. Bombas de bombarda y granadas de anarquista de tebeo, de las metálicas de mecha. Lo que hubiese. “Aquí, a dos kilómetros de profundidad, sacas cosas del Primario. Los alemanes, con unas cámaras para sacar petróleo, sacan las estrellas y los fósiles de esa época”. En Nabarra, efectivamente, se hicieron prospecciones de hidrocarburos en capas de bituminosos de la zona de Agoitz, y lo aproveché para la trama del guión de la película “Eskorpion” que dirigió Ernesto Telleria y protagonizaron François Beaukelaers y Jean Claude Bouillaud con Klara Badiola, AgnèsChateau, Antonio Resines. "Eskorpion" fue filme vapuleado con saña virulenta por el crítico Santiago Aizarna, cinéfilo detenido en Truffaut y Françoise Sagan. Tuvo éxito "Eskorpion" en Francia, donde por fortuna no se lee "El Diario Vasco". Vean de nuevo que lo que se crea con gran esfuerzo, tiempo e inversión fiduciaria e intelectual, lo tumba en media hora un comentarista borde. Quise cerciorarme, durante la investigación previa a la sinopsis, de lo que se me comentó una noche en Agoitz. Segundo me respondió en su jerga particular. “Yo creo que aquí hay cantidad de tapones” -- yacimientos petrolíferos -- “en Santa Bárbara, en Cirauqui, en la parte de Eguskitza; o sea, cuando yo salgo al campo veo los tubos ésos. Para el día de mañana, si pasa alguna guerra mundial, España ya sabe qué hay”. Me concedió así, a su manera, la solución al núcleo de la peli, la localización de exteriores y un plan energético de emergencia por entonces enfrentado a otras alternativas que todos temíamos y tememos. Hoy, lo que pasa, es que el crudo resulta más caro extraerlo que venderlo, porque va muy barato el barril. Es decir, exactamente lo mismo que en Senegal, donde los trapicheros globales prefieren los diamantes y el coltan.
Segundo estaba dispuesto a facilitarme datos al respecto, pero en ducha fría. “Los alemanes dicen que no hay”. ¿Intereses, mar de fondo? “Aquí en Estella se han hecho pruebas, por medio de unos cables iba un camión y según los movimientos lo iban dibujando”. De nuevo, la esperanza: “Entonces, sí que hay petróleo”. “Sí, sí, sí, yo creo que sí que hay. Gas, al menos, sale cantidad. Y otra cosa. Hace poco se anunció en Estella que había minas de oro y lo han denunciado a Madrid. Debe haber un filón desde la parte de Santa Bárbara hasta Berástegui”. Si antes lo pienso... Era lo que le faltaba a esta comarca bronca y fronteriza, a este Far West de la Nafarroa honda, para asemejarse a las descripciones noveladas de Pablo Antoñana: botín y fuego. Y uno veía ya a los lugareños con los calzoncillos totales, de batidor de auríferos, que siempre usó Jorge de Oteiza. ”Aparte de todo cuanto veo aquí, ¿tú has descubierto algún tesoro?” “Bueno, por ahora el tesoro que me he encontrado en Espronceda era un colgante muy bonito, un diamante que me robaron de la Casa de Cultura entre los días 1 y 10 de mayo de 1982. Levantaron la vitrina y se lo llevaron: lo estábamos exponiendo allí”. Yo: “Se supone que cuando pillas una cosa de ésas hay que dar parte a la autoridad”. Él: “Hombre, si es de superficie, realmente no. Tú te encuentras eso por el campo, por ejemplo en el yacimiento éste, y lo puedes coger perfectamente. Ahora bien, si excavas tienes que depender de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas de Madrid... Bueno, ahora no, ahora tenemos una Autonomía y dependemos de la Institución Príncipe de Viana”. Luego me revela una de sus añagazas para cumplir relativamente la ley: “En época de arar, voy detrás del arado y recojo lo que va dejando al aire, que suele ser mucho”. Raro sería dar con otro personaje más en simbiosis con su tierra, con toda la tierra, incluyendo los edificios, las catedrales y basílicas, los cánticos del alimoche, los héroes en neblina medieval, las viejas bordas de adobe con sus cicatrices de metralla de arcabuz. De repente localizaba un erizo huyendo hacia la quebradura más insospechada, o te identificaba los gorjeos, además de los ya citados, de la abebuta – abubilla – y el pálpala de la codorniz. O te señalaba una por una todas las plantas medicinales de la tundra navarra, engañosamente uniforme en
la zona de Lizarra y aledaños. Era la suya una ecología espontánea sin una brizna de retórica ni apocalipsis. Sin el evangelio mercantil, pisaverde y algo beato que ahora contiene el término.“Oye, volvamos a lo del robo del diamante”. “Pues estábamos exponiéndolo cuando hicimos la monográfica", rememora, "y en un descuido que hubo levantaron la vitrina y se lo llevaron. Había tres colgantes, que eran el de Espronceda, el de Ordoiz y el de Dicastillo. Y fueron a por el mejor, a por el azul, muy bonito, ya lo verás luego en fotografía. Me pidieron fotografías varios, e incluso una persona que no quiero nombrarla... En fin, que no sé más”. Claro que sabía. Pero otro de los atractivos de las jornadas con Segundo era su carácter que oscilaba entre la pedagogía caiga quien caiga y el enigma. Esta vez se desahogó: “Yo, para mí que es una norteamericana”. No facilitaría más detalles indiciarios. Me dejó más acá de la duda razonable y además la súbdita USA ya se había reintegrado a su país. Échale un galgo. Seguimos recorriendo la casona de Segundo Ruiz Roca, dos o tres veces, incluso en fiestas de Lizarra y yendo él con el pañuelico de los encierros sobre niki blanco de cocodrilo. Manía o talismán. El desorden, en el museo, era sólo aparente. Todo lo tenía fichado y etiquetado en archivos alfabéticos de cartón. Me enseñó, en efecto, la foto del diamante azul, un caso para Hércules Poirot. Era la joya, sin duda, tentadora. Olvidémosla. “¿Con qué medios cuentas? Me refiero a instrumental, porque traerse acá todo esto a brazo ya es tarea”. “Pues para lo único que he necesitado grúa ha sido para ese escudo que ya has visto, que lo han tirado al río. Este otro era de mi casa, y ese otro lo compré. Y éste me lo encontré, fígúrate, al hacer obra debajo de los desagües, enfrente de la iglesia de San Juan, aquí en Estella. Estaba todo cubierto de yeso, ya ves cómo lo ha atacado, lo tuve que cepillar”. Toda la comarca se asienta sobre reliquias. “En Estella he descubierto, por ejemplo, Merkatandoa, que significa en vasco 'mercado viejo'. Y Noveleta, la primera villa romana que hay en Estella, que se decía que había un gran núcleo, pero que nadie sabe dónde estaba hasta que un día en que fui a cazar pollas de agua vi que allí había sigilata. Sigilata y tesala, que es para vasijas finas, mira, aquí tienes una tesala. Y así encontramos aquello”. “¿Tú no crees, Segundo, que esto podría acomodarse mejor en un museo que aquí?”. “Sí, realmente se hará el Museo de Estella,
que se instalará en el Palacio de Navarra, donde la cárcel, y que contendrá el Museo Maeztu, el de Etnografía y el de Arqueología.
Y si no, pues mira, yo lo tendré en mi casa para siempre”.
Pensativo: “Aquí viene gente de mucha categoría, sí, incluso franceses, alemanes gente que muchas veces tiene más
cultura que nosotros”. Como es lógico, más de un visitante le ha propuesto a Segundo Ruiz Roca comprarle sus colecciones. “Pero yo esto no lo vendo por nada, aunque me den millones, porque esto es un orgullo mío. Ya te dije que no tengo estudios, y sin embargo me llaman a veces de la Universidad y hay cantidad de textos sobre los hallazgos”. Se exasperaba, como frente al convento en trance de demolición, ante tantos edificios derribados de cuyo interior desaparecían cuadros, armas, enseres y objetos valiosos que la Diputación no terminaba de recuperar. “Uno por el otro y la casa sin barrer. Se llevaron a San Andrés, se llevaron las antorchas, que las busca la Interpol, robaron en Lizarra, en San Miguel se llevaron el San Sebastián, en el Puy robaron las verjas y me parece que se las llevaron a Tolosa”. En cuanto al famoso escudo de blasón tirado al río, el anatema es total: “Ese señor no tiene cultura ni tiene nada. Ni un chaval de cinco años hace eso. Yo le metía cien mil pesetas de multa y le obligaba a la restauración. Y luego, con su grúa, a su sitio”. Así era Segundo Ruiz Roca, insólito jacobino capaz, que lo valiente no quita lo culto, de defender la heráldica. Pasamos juntos un día de junio de 1983, al que siguieron otras correrías entre cabañas de adobe como las antedichas, aún en pie. Ahora queda averiguar qué fue del fruto de sus días de ocio productivo. Queda conocer quiénes se beneficiaron de sus empeños.
Importante inciso : Qué útil resultaría en estas circunstancias en que Lizarra-Tierraestella busca con desespero rastros que conduzcan al paradero de Maripuy Pérez y por consiguiente a la inculpación de quien la hizo desaparecer, el instinto innato de Segundo Ruiz Roca.
En cuanto a los contenidos de su Museo de la Rúa y la herencia o donaciones del mismo, nos informaremos y un día de éstos se lo contamos todo. Dudo muchísimo que descanse Segundo en paz. Más bien me lo imagino haciendo pesquisas en el Averno y lanzando su “me cagüen el Diablo colorau”. ¿Que si sabía dónde, cómo, cuándo y a quiénes habían fusilado los cuneteros, y dónde yacían? La duda ofende.

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viernes, mayo 30, 2008

Old Bilbao's Trend




Potxo Onandia's Bilbao Before Guggenheim cityscapes (1992)
Bilbao Before Guggenheim
Somebody who widely knows Bilbao and his trends in collectionism told this correspodent that a spleen activism is goin' on Downtown. The hip vindicates what it's called 'Bilbao Before Guggenheim'. It includes paintings, drawings, watercolours of its Iron Fever, so engraved in collective memory as phantoms of meccano cranes, smelting furnaces, foggy skies. It's like saying Paris Universal Expo and its everlasting miracles, clattering industries, tugboats and shipyards. A Bilbao that versatile artist Potxo Onandia, with its expressionist brush, hurried to describe directly as the news of restructuring into tertiary way of life became henceforth an irreparable reality. Bilbao indigenes claim now for a specific exhibit at Guggenheim's with the slogan "Bilbao Before Guggenheim". Why not.


Potxo Onandia's Bilbao Before Guggenheim Cityscape 2 (1993)

Plenairist Potxo Onandia was exhibiting in 1996 his recent landscapes at Kreisler Gallery, Madrid. Most of them painted in his home's surroundings of Basque wilderness when he didn't travel around the world -- and the clock -- doing his frenetic painting against light. He felt bored that evening waiting for visitors when he suddenly thrilled. Being a tall guy himself, he saw entering the hall a gang of actual giants.<<<<<Among them, not so collosal left wing Biriúkov, a soviet-glasnost adquisition -- 1,98 -- for Real Madrid Basket Club. Soccer crack Butragueño, a.k.a "El Buitre", a conspicuous collectionist, had transmitted his adiction to nearest locker rooms. Biriúkov Aguirregabiria, also a Basque by motherline said: "I like this one, it's Ukraine". Onandia: "No, no, it's Itziar". "Ukraine". "Itziar". "Ukraine, how much?". "Well...OK. Yo win, pal">>>>>>>

He sold all the batch in Madrid, Onandia. Like some years before, 1992-1993, he had sold like hotcakes at Arteta Gallery, Bilbao, all the canvas serial with nowadays ghostly mirages, some of them showed in this entry, of this Biscay city as it used to be before controlated explosions and precocious retirements for the blue dungarees tribes took place. Stablishment had decided the destiny of a Basque Southampton bound to metamorphosize. From bodyworks in heavy metal and shipyards, Bilbao looked up -- a huge majority thinks that down, and still tells the press the contrary -- to gastronomics, art museums, conventions, stem cell and neutron spallation laboratories. Also, Queen Elizabeth's cyclic anchorages and, in a word, tourism. It's the epidemic mall-syndrom of economics and environmentalismania.

Nostalgy has always implemented another industry, between camp, kitsch and the blues. Young Bilbao needs retrospection perhaps just for an indigenous identity lost 15 years ago.Therefore, the trend of jurassic skylines as a window in the wall or a kind of time-machine became cool. Icy. I wrote an essay about that time of him, Potxo Onandia, and now I need to recall it and also tell his fans that I recently met him in the street and that told me that he's still got some of these paintings, forgotten -- by him-- in the garret. Also, pencil drafts about Bilbao-Before-Guggenheim. So let's hurry once again. I said I wrote it, but an old journalist told me once that an interview is a reporting kind where one writes and other takes up the dough. One of those nice and cynical reporters of typesetter's and Leica era, you know.

Back in the dockyards

When I attempt to get Onandia to recount to me his lifetime, as one would tell it when suspended between two floors in a skycrape elevator or in the hall of a strike-bound airport, or as if we were back in Bilbao's smoggy dockyards, this fierce expressionist painter says that he doesn't know how to express himself, when all his canvasses are pure expression, or expressionist impressionism, or whatnot, let's spare him the tags. So Onandia sums up with an "I remember that I coloured my brothers' paintbooks with 'Alpino' pencils". That's a quite nice start.

They still sell them, alpinos, you can see it in shop windows and it's quite true, you can visually breath them as Marshall Mac Luhan himself should accept as an olfative remembrance. It is a very concrete stroke upon which to base his self-fullfilment. All plastic art, no matter how personal can it be, emerges from the simplest root: 'Alpino' pencils, 'Milan' rubbers and 'Guarro' paper are data of a memory laden with trademarks. Just like bread and chocolate, in Basque Country they're not already used to teatime, nor -- it's a question of time -- to junk food or snacks.

Mathematical idiom

Bread and quince jelly skies, that's it. In before-Guggenheim-Bilbao era, a nice, cheap and nutritional humpback. Everybody, I mean, has lived a fairy teenstory and therefore now feels like an adultescent. Melodramatic (Dickens), Sadomasochist (Tom Thumb, Cinderella). The battle in the aftermath of the war. The Civil War, Corea, Vietnam, Afghanistan, Malvines, Irak, Afghanistan, Somalia and so on. Young Onandia coloured untiringly everything he saw in black and white, or gray scale, that fell into his hands.

He would say later, at last: "Painting is light, colour is light. In ancient times perspective and geometry remitted to the absolute, Galileo said that the great world of Nature was written by the mathematical idiom". So did Fibonacci, and don't forget the Golden Number's worshippers. Onandia would occupy a period of his posterior life, in between two escapes to the horizon, painting meticulous geometries. In that still juvenile that is to say embryo painter, art continued to be a process, and if the results are beautiful it doesn't matter at all; that comes given as an addition. Moreover, the work once finished loses interest to the voracious creator; he throws it to the wolf pack of fetichists and inmediately seeks for other paths.

"On thursday afternoons", he says, "there was drawing class and that subject really interested me; I was mesmerized by the older students of the National School of Berango who performed marvels. They were actually merely copies, but it still dazed me". A vocation, as one can see is not a rocket, not a lightning in the way which strikes you down. It is rather the inavoidable need to emulate some overgrown children who to top it all do their opera badly and fraudulently.

Living photocopies

"It is terrible to say, but almost one hundred per cent of what is nowadays painted and sold is made by copying photos rather than from real life", he sights. We live in such a cybernetical life that it's no more that time is gold -- which it indeed is -- but to hurry itself as gold. Blatant copy as done by the fellow students of Potxo, today Onandia, has become legal tender. Exalted artists paint landscapes directly relying on the kodachrom or the photoshop.

However Potxo continues to board his jeep with its box, palette and easel. A road-story and maybe a beatnik attitude, never a pose. The value of his art, consequently, is that its works are artisan and energetic. He knew, he knows how to roam alone and recognise that it's a parody. He will paint this and that always on site but never makes pastiche nor instant, digital photography like portraits, and that's why a friend in common and also a painter, Juan Garro, portraited by him, said to us that "Potxo's portrait's are landscapes". We easily could say the viceversa, also.

Non-decorative art

The gaze of the artist from beneath the skin, the base of all the expressionism and to say expressionism is to say non-decorative art, can only arise from the face to face in two or ten days. Photography, and it's a photograher (also) who now writes, usually stops there in the hide and in the shirt, and for that almost all photoportraits seem to be after a few years like obituary photos you can find in tombstones under the scent of cypresses and sempervivums.

The introverted and telepathical Onandia portraits, otherwise, spring from the very focus that gives light to the eyes. It's the definitive brushstroke of the optical brilliance that so few know how to execute; a brushstroke which in the workshops of the Quattrocento was reserved for the master. The folds could be done by any. Yet, even the Greeks and Romane did them.

Watercolour time

"Then came watercolours", Potxo recollects. "I did many watercolours until I discovered oils". First, so, the box with its wells for indigo, ochre, vermillion, emerald green. Then the ultramarine blue and straight yellow. The combinations. The heady effluves of turpentine and the world as an everghanging casement; so kaleidoscopic that the attempts to ensnare it end up as a mythological race not against the clockworks of time, but rather against the sun, the cosmos, which is less controllable.

In the stimulating, suburban surroundings of Atxuri the neophyte Potxo Onandia attended Arts and Crafts. "I also studied mechanical drawing and descriptve geometry in the School of Quantity Surveyors. They wanted me, at home, to become a Quantity Surveyor because of family tradition in the matter of construction; but I wished to paint, to study Fine Arts. When I announced it to my parents there was a terrible row, it was a catastrophe!" Hereditary predestination uses to fail out, it upsprings a black sheep determined to discover its own pastures-- that is to say the eternal meadows of Euskal Herria, Asturias, Avignon, Segovia; wherever he should decide to halt using his big hunting boot as a brake.

"It's not learned"

Fine Arts was a form of initial selfaffirmation because "there I didn't learn to oilpaint; it's not learned, the truth is that you learn from what you go along observing". Potxo's father, he is not the only one, thought that Art was a profession for bohemians and he was not far out of the concept, only of the word. What really happens is that nobody stops to analyse exactly what is the significance of bohemian , nor of that other stern expression, "to be a man of gain", which to many of us seem so logical and sensible although it emanates from the most primitive social anthropofagy.

Chalk graffittist

That doesn't mean that to study in Quantity Surveyors did nor serve him for anything (although he was not there told that projective geometry is a prophane and arabic form of the sacred). But to enter into Fine Arts in Bilbao, where he finally enroled as the familiar storm abated, already constituted a desired trajectory ad a badge of identity.

It did'nt lead to anywhere, because universitarism and its following titulations, diploms and masters fulfills are no more than an admitted mixtification. Or alleatory beatification. Or a social standing. But as we have yet stated Onandia doesn't give a damn about the definite results of things. He is only keen on the creative art. The finished work nearly always has the sore pleasure of postcoitum. "When I enrolled in Fine Arts I felt the restlessness inside me but I didn't know where to direct it. In Quantity Surveyors some fellows told me... I also carried a copy book to class, full of drawings, and while we waited for the arrival of the teacher I used to fill the blackboard with drawings". Those coloured chalks were also a temptation for an Art hiperactivist.

Grafitti, also, we could say. The teachers inmediately took up note of that future Buonarotti who illustrated the common Sistine Chapel of a school for future building contractors and real state brokers. And as they ha plenty of common sense they openly said to him: "Why don't you enrole in Fine Arts?" Those were the days when the academies treated 18 years old youngsters formally. Onandia, the blackboard painter, soon changed rooms and his destiny.

Chakrasaramvaramandalas

"Except when I paint geometric figures those geometric drawings weren't of great use to me, I make my settings in a systematic manner". They don't suit. Those petty details remain for cave paintings like Leonardo's. "When I pass by a place and its images cause an impact on me, then I know what I'm going to paint. Sometimes I restraint myself, but it is something instintive and I'm more and more unattached to conventions. What I try to achieve is a unified balance of colours". He means an instantaneous perfectionism. An oil-done snapshot. Utopia.

The formula, also, rather than the image. Formulas to be drawn up. "Although, of course", he precises emphatically, "you can't digress from the pattern if you are going to introduce anything representational; still, and above all, comes the colour". His great geometric canvases are not an atonement. Nor a premise.

Although he doesn't try to analyse or stop to meditate about what could originate his drift or favoritism toward those entangled chakrasamvaramandalas in an euclidian version of fleeting symmetries, it seems to be, instead, a somewhat perverse revenge on the school of Quantity Surveyors. "At times when I had spent some days painting them", he explodes, "I had to paint a portrait of the first person who entered my vision land, just to act as a counterwight: I used to get very tense". No art without tension, let's remember.

Cyclope eye

Onandia's landscaping is the contrary. Freedom and aesthetic ease when his daily teaching hours, now he's a High School drawing teacher himself, finish. Teaching can be educative, he believes, and although highly stressed and anxious for a retirement that's not near he continues to believe so. "To leave class and start painting a landscape, that should be fine", he muses.

It is not that the live nature drawings of Onandia are placid or relaxing. Quite the contrary. In them even the rocks move and you find in them a disquieting, planetary absence of human beings on the settings. He places portraits out of the socalled ecologic milieu of the individual (anthropocentrism) and removes him, or her, from the Nature. Lost paradises.

Spectator imagines a cyclope eye, that of the author, covering all nuances for him alone. To communicate -- without devaluing it -- this enormous loneliness of nature as a momentary possession (ownership would exterminate magics: ownership is akin to marriage in the Garden of Eden) acquires betraying dimensions.

Great open spaces

"Of course, I idealize", he confesses without false outrage. "I idealize the landscape, and the cityscape, although in recent times I have a fixed idea: to paint parking lots. This will be done", it's his obsession, his mythological war against clepsydra until he gets 48 hours days, "when I have more free time". Onandia says that the teaching of high level technical drawing has given him liberty. He explains that it permits him to remain as a painter and relieves him of being the misunderstood bohemian to which his father was reffering.

He yearns, whatsoever, for the other out-of-cliché bohemian, the one that has no need for a lectureship to live on air soaked with turpentine. He symbolically states: "What most appeals for my imagination is the vegetation and great open spaces. I went to Castille searching for yellow colours".

Colour jamsession

As it was to be expected from the hyperactive, vigorous artist emerging like a firework display from the egg, conventional colours fell short for him. There is a base yellowish, and another chrome, and another lemon and so on up to the hundred. With green we suffer, in Basque Country, a similar illusion. So it is in Ireland, and "How Greeen Was My Valley" is just a synthetic retrospection of blue, gray, black and amaranth. He defines: "Thy don't sell in paint shops the yellows of Castille in september at six in the evening or thereabouts". Onandia is no realist, but for him reality is interpreted by the painter's eye for colour and it could be said that we all are somewhat daltonic when placed close to those doors of perception.

The artist's retina, then, improvises in-a-jiffy mixes. It's the jamsession of expressionism, the ragtime of postimpressionism, a mechanism born of an incessant search, brushstroke by brushstroke. Then another glance identifies itself where it has never been. But when it revealed where it has really beeen -- like when Moscu born and biscayan by origins basket crack Biriúkov identifies Basque Country, his mother's country, whith Ukraine -- then realism is produced that is not the real aim of Onandia. Although he has nothing against it.

A progressive enthusiasm
Returning to socalled yellow, Onandia admires "those tremendous wheatfields of the road from Valladolid to Segovia". Inborns, by the way, call them when the summer wind gets strong "The Sea of Castille", and you can see actually and down the mountains vegetal wawes. In our painter Potxo, it's an unequivocal feeling, everything constitutes progressive enthusiasm. He was intoxicated with the one-horse towns of France. He penetrated the mystic light of Asturias. He brought back home the Mexican exoticism and gulliverian mural paintings. Each day he receives a new revelation through the very window that awakes him.

He's able to hadle all the routines; he breaks, discovers and dynamizes them. He is sometimes a postbeatnik globetrotter -- "On the Road" -- and also sometimes donjuanish in his temporary settling downs. He eternizes each time and place that present themselves against his windscreen knowing that something is bound to crop up that will place previous pleasures that will put previous pleasures in the shade. And when he is forced to observe a sedentary existence he exercises the hereinbefore referred techniques of imagining that what is daily in permanent revolution.

The painter of landscapes or skylines just because of his function must be as the theatre actor, even radically shakespearian, who never recreates the same character even if he or she has been interpreting it for years and without adding or cutting a word of the original script. I'm not talking about Stanislawski or Bertolt Brecht or Actor's Studio, it's just because he or she who actually varies is the spectator. And if the spectator is always the same -- say the paintbrush-- he or she notices that the same is not identical to itself.

Says Potxo: "In painting, when an element or detail upsets the harmony of the layout, you ignore it, you eliminate it, you don't paint it and you sketch without it. I never go for a very figurative result, tying myself to what is seen; I try to sublimate it a little". Over the ensuing months of the long interwiew -- silence also talks -- he has at times used a key word: "self-restraint". And it was surely a restraint against his own audacity which bit by bit took charge of his creative, perceptive reins. The inhibition dissolved and with it all temptation of moralising and, of course, setting codes.

At present houses are the nearest to human things that this lover of wild nature reproduces in them. Bilbao Before Guggenheim canvases containings, moreover, seem paradoxically human --perhaps because we do perceive robotics behind them, and robots never walk alone --than desertic but inhabitated towns in the mountains or beaches. He couldn't, when he did his plenairism of a feery Bilbao bound to evanesce, obey to his predilect mania: "I don't avoid houses, but I do avoid people. Neither do I paint animals, I made an exception in the Square of Segovia: there are a kiosk and some persons there. But the remainder were walks. The Cathedral from all angles. I went above all looking for the light of Segovia from my base in a village called Zamarramala".

'Isms' and 'ismings'

Those are Onandia's objectives. The light of Segovia in Zamarramala, the changing lights of Bilbao in a process of destruction/constructivism and nothing else. He has never extracted from painting any other type of concession or compensation. When anyone, such as the writer of this essay, has heard so much nonsense about cosmic echoes, social rupturism, methapsychic vibrations, structures of the I-Myself-Project, earthly predestinations and other psychodramatics about ism and isming to which artists and now litterary people are inclined as if asking for permission to walk on earth (which is as much theirs as it it is of a nomad salesman or a pilot of boeings); when one has made an involuntary path into this mixtificated and mystificated cicle of pretexts, texts and contexts, meeting Onandia is like discoveing a kindred spirit.

Art doesn't need to explain itself in further terms than what it transferes, an let's insist in objective vision of spectator: any artist must walk the world with the spectator or the reader in the kit. When we talked, Potxo was not abducted by the trend, the trend came by itself, he hasn't fully noticed it and he hasn't changed.

"Be posthumous, Macbeth"

Precisely for this reason they began looking for him, they put him on show, they transported and transport him from Deba to Madrid, Bilbao, the Americas. "I have never proposed selling my first painting: up till last 1990s I have given the majority as gifts. But now I sarted to sell because obviously the paints, canvases and journeys by car from place to place..." He says it very seriously and nterwewer whishes to stress there is not the least hint of cynicism in these statements.

One has heard to believe. As it is never superfluous to add on a certain emphasis to increment the credibility, and let's listen to the following paradox, another, from the mouth of he that was originally destined to occupy a workpost in construction sector: "When I had to pay for this house I was left penniles. Teaching helped and gave me possibilities up to a point because I had to save from then on every dime and I passed throuh moments of not havingh dough even to buy paints". He points his finger to the garret: "I still have an abstract pinture which I painted with two little brushes and very little paint, one of that brushes having only two or three cadaveric hairs is still in my possession".

The baldness of necessity. A relic, we both hope. The bad examples are those failed eminences that the History of Art -- and Sotheby's -- puts on a pedestal with the impuding purpose of manipulating our sensitiviness. Be posthumous, Macbeth, they say, and thou wilt be rich!" They want us to imitate their penury, vices, crazyness and disastrous lives and deaths. In oblivion that the lives of saints are moreover good for other manners of seeking the absolute. Onandia is, as he himself autodefines, introverted. He likes to reside in the mountains; he is nevertheless no hermit.

Bad examples

An Art Gallery advised him so as "in Art one must make concessions..." It is a mercantilist point of wiew that even we bloggers suffer. And journalists, fiction writers, talk show stars and radio-TV commentariat: "We're short of time, ladies and gentlemen, be laconic!" It happens to Hollywood scripters. So it's up to us to imitate, again, the vangoghs and virginiawolves, the bad examples who died in misery because people who bought culture and puritans didn't understand them, and now are worth a fortune. Their skeletons are tycoons.

Our great challenge, having now a Guggenheim, an Artium, a Kursaal, a Reina Sofia and a joyous number of Intellectual Rewards, consists in that self-restraint to which Onandia stretches. Since Potxo said that he'd make concessions, but lied, and reaffirmated his way of doing what he wanted to do without interferences, he sold, as we already said, all the batch. It's the same that those editors who ask for easy writing "because folks don't read": it's better for the world to insist in your own style than to publish readings for illiterates.

Onandia draw his pictures of a Bilbao bound to radical restructuration because mind, dendrites, instinct or sensibility demanded it. Now, Bilbao Before Guggenheim skylines are trendy the same way as they were when he showed and sold them all at now forever closed "Arteta" Gallery. The boom, 1993, surprised him. Not me. You'd always be surprised when confronted with the afterwards of things you do by your bodymind satisfied exigency.

Baroja, Regoyos, Beorlegui, Oteitza...

The eye of an art broker is never orientative. Some dealers will resent this evidence. To them I can reply that they could never orientate the hirsute Ricardo Baroja, the vitriolic Beorlegui, the indomitable Regoyos, the iracund Van Gogh nor the rebel Oteiza -- a.k.a Oteitza -- because, among other reasons, the fact that all of them are, as living entities, prior to nowadays techniques of marketing and merchandising with intangible assets. They are -- they were -- of high value in their own right and that's precisely because they did no concessions. Nobody can give advice to the images of creativeness, nor to the greek poiésis.

Being authentically eccentric, Onandia still continues awaking to the reality that the matter of paintings, drawings, oil pictures -- his own -- enmeshes with an industry that once upon a time constituted the artisan's, the guild's and the freemason's expression of the Absolute. Then savvy Templar Knights came from the Crusades carrying with them all the architectural knowledge of Palestine muslims and instructed the Masters so to build Cathedrals. In Bilbao San Mamés soccer stadium is still known as "The Cathedral" of football.

If you read today's papers, you'll find in them the protest demostrations of peripherial inhabitants, because Guggenheim, the BEC, the River and all the core of the nowadays city is no more than a stage machinery with its Deus Ex Machina of Art and Intellectual divinities downstairs, while so much suburban infrastructures remain untouched and visibly underdeveloped. "We live in ghettos", those Bilbao's citizens denounce to the not so liked Major, Azkuna (PNV). So you've got now the touroperator's Bilbao, Abandoibarra, and the real Bilbao in margination. Sure, it happens anywhere, and perhaps it's the plug of nostalgies of an Old Bilbao rich in internal idiosincrasies, but without a so strict gap between neighborhoods.

Covetable goods

Time went by and expression in sculpture, paintings, carving, stained glass and all that candid expressionism of the primitive artists on board and panels gradually began to achieve the testimony of its universal moment and by the same way converting itself into covetable goods and legal tender. Onadia muses again: "I didn't realize then, but now I know it, now I'm aware". Anyway, today he' s more flexible, he evolves, but in his home made Daedalus. More proteal in his own tendency of making of his work his own inviolable world.

In a certain manner he is being invited ad incited to denude himself before lascive chimeras such as critics, art brokers, experts, collectors, exhibition (exhibitionism?)commissionaires, investors, museum jetset and sacred alchimists of truth. Not to mention specialised press, what's-cool-and-in tarotists and professional catalogue compilers. He realizes that things cannot be different because in the upshot painting is essentially communication in a world where conversation, communication and oral wisdom is no more vis a vis, but filtered through the media, that is, the mediums of glamour, and where oil-sheiks begin to crave for Art as they did long time ago for yatches and jewels.

In a figurative sense Onandia resides calmly in his own private Francocantabric cavern and now sees and hears people enter the mouth of the grot. One has to be strong for that kind of task. In spite of all the remains untouched, he may become the success-story of the new art which is alien to brands. Perhaps he doesn't know, but his now Bilbao Before Guggenheim paintings are high on middle citizens desire's underground stock changes. Only cattle are branded and Onandia continues still unbranded and untamed. His pictures are the proof.

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